No da lo mismo aprobar para reformar, que rechazar para iniciar un hipotético nuevo proceso constituyente. Aquello, además de calificar la actual propuesta como “partisana”, probablemente sea el gran error en que incurre el expresidente Ricardo Lagos en la misiva donde la desacredita, sin pronunciarse por ninguna de las dos opciones, con la interrogante abierta de cómo votará en el plebiscito.
En el primer caso, el país contará con una nueva constitución que tiene importantes avances en materias tan relevantes, como los derechos sociales – entre ellos los de las mujeres, la infancia, tercera edad y los trabajadores -, la declaración de Chile como un estado social y democrático de derechos, el reconocimiento de los pueblos originarios, la descentralización y regionalización. Avances a partir de los cuales es posible perfeccionar sus inevitables insuficiencias.
Con la apuesta por el rechazo volveríamos a fojas cero, concediéndole a la derecha el poder de veto -que no consiguió en la convención constituyente – para negociar una hipotética transformación, sin garantías de su voluntad de cambios sustantivos, como ha sido la constante histórica desde el retorno a la convivencia democrática hace más de 32 años.
Los mismos que ejercieron su poder de veto para limitar las reformas impulsadas por el propio expresidente Lagos durante su mandato, reiterándolo ante la propuesta de nueva constitución elaborada durante el gobierno de Michelle Bachelet y que cuestionaron el trabajo de la convención, hoy proclaman una voluntad para impulsar un nuevo proceso constituyente, bajo sus propias condiciones.
Nadie puede llamarse a engaño o pecar de ingenuo. Nunca los representantes de la derecha en la convención constituyente estuvieron disponibles para construir un consenso que los incluyera. Desde la primera hora, incluso antes de su puesta en marcha, desplegaron una intensa campaña de descrédito sobre el proceso constituyente, construida en base a falacias e inexactitudes, apostando por el fracaso del proceso. Y todos conocen, o debieran saberlo, cómo negocia la derecha cuando tiene la sartén por el mango.
Algo distinta sucede con aquellos sectores que apoyaron el proceso constituyente y, genuinamente, están convencidos de que la actual propuesta, más allá de sus méritos, es deficiente porque podría dividir al país, conteniendo elementos riesgosos para su futuro, apostando, en consecuencia, por el rechazo, con la resuelta voluntad de reformar.
Seria un gran error, y muy nefasto para el país y el progresismo, que se tendiera a demonizar las opciones en torno al rechazo o el apruebo para reformar, generando una brecha insalvable entre el centro y la izquierda, que se unieron para recuperar la democracia y sustentar un largo periodo de estabilidad política, paz social e importantes avances en materia de desarrollo y protección social los últimos treinta años. Pese a sus inocultables diferencias, existe un sustrato que permite pensar en un reencuentro para seguir impulsando las transformaciones que el país necesita. Triunfe el apruebo o el rechazo, se impone la necesidad de dialogo y búsqueda de acuerdos entre quienes genuinamente comparten la convicción que el país requiere de una nueva constitución progresista y democrática
La derecha, con un conveniente pragmatismo, apuesta por ceder el protagonismo en la campaña por el rechazo a sectores de centro y algunos movimientos sociales, sosteniendo que el triunfo de esa opción sería el del país.

Con todo, el rechazo es una apuesta tan arriesgada como un salto al vacío. No tan sólo porque le devuelve a la derecha su poder de veto, sin garantías de su voluntad reformista, sino porque un eventual triunfo de aquella opción genera mayor incertidumbre e inestabilidad institucional, con la reanimación de tensiones sociales y políticas, que estuvieron en el origen del proceso desencadenado el 2019, reproduciendo la polarización del país con sus severos y reconocidos costos.
El camino mas seguro para que el país pueda tener una buena constitución, redactada en democracia, que se constituye en la casa de todos, es aprobar la propuesta de nueva constitución elaborada por representantes de la ciudadanía, con quórums que superan los dos tercios, como estaba establecido. A partir de allí, es posible y necesario afinar y perfeccionar todo lo que sea necesario, en base a un consenso que incorpore el quorum de los 4/7 de parlamentarios en ejercicio.
El expresidente Lagos sí tiene razón en un tema relevante. El 4 de septiembre no culmina el proceso constituyente. Más bien es el inicio de una nueva atapa. Mucho más incierta y riesgosa si se impone el rechazo, pero igualmente desafiante si gana la opción por el apruebo. La implementación de la nueva institucionalidad tomará tiempo e ingentes esfuerzos y recursos, así como una intensa actividad legislativa, que necesariamente debe incluir afinamientos para su entrada en vigencia. El plebiscito ratificatorio no es un punto de llegada sino un nuevo punto de partida, que puede permitir el reencuentro de una gran mayoría nacional.
La Junta Nacional de la Democracia Cristiana y la profecía de una ruptura

Aunque no es el único partido de la ex concertación atravesado por tensiones en torno al próximo plebiscito, ciertamente las mayores y más críticas se concentran en el PDC. Al punto de arriesgar un nuevo quiebre interno que, en el actual contexto, bien puede definirse como terminal. La subsistencia y recuperación de ese partido dependerá de su capacidad para renovar su proyecto histórico, clarificar su política de alianzas y concursar por el apoyo de la ciudadanía.
La opción por el apruebo sostenida por la directiva partidaria presidida por el alcalde Felipe Delpin, con apoyo mayoritario de representantes regionales, la JDC, su frente de trabajadores, la expresidente de la falange Carmen Frei(con una destacada intervención durante la junta, marcando distancias entre la resolución colectiva por un partido en comunidad o una “montonera”, apostando por un nuevo pacto social y una nueva constitución que acoge los valores humanistas cristianos), los senadores Huenchumilla y Yasna Provoste, enfrentó la resistencia de sus pares Ximena Rincón y Matías Walker y la mayoría de los diputados en ejercicio, partidarios del rechazo, o de la libertad de acción, cuestionada de antemano por la cúpula del partido, sosteniendo que ello condenaba al PDC a la intrascendencia política.
El contundente triunfo (63,6%) de la opción por el apruebo, fortalece a la actual directiva, más allá de cualquier predicción, dejando en incómoda postura a su oposición interna que, disminuida, enfrenta la disyuntiva de someterse a la decisión colectiva o perseverar en su adhesión activa y pública al rechazo, rompiendo la disciplina y asumiendo la virtual ruptura partidaria.

En estricto rigor, la DC estaba quebrada desde hace algún tiempo. El plebiscito ratificatorio no ha hecho mas que sincerar este quiebre, que se profundiza desde el fin de la concertación, dividiendo aguas entre sus sectores conservadores y progresistas.
El proceso actual tiene continuidad con un desgaste y debilitamiento crítico del PDC de larga data. Se hace más evidente en la actual coyuntura con las definiciones públicas por el rechazo de exfalangistas como Soledad Alvear o Mariana Aylwin. En cualquier caso, la desafiante conducta previa de Ximena Rincón, anticipando su resistencia a la decisión mayoritaria que pudiera adoptar la Junta Nacional, reinstaló el clima rupturista de escisiones anteriores.
Reconociendo las diferencias insalvables, el senador Huenchumilla llegó a proponer un divorcio o quiebre amistoso y que cada uno de los sectores siga su propio camino. No deja de ser relevante quién – pese a los cuestionamientos asociados a una crisis de esta envergadura – queda con el título y timbre legal del partido.
El contundente pronunciamiento de la instancia partidaria por el apruebo de la nueva constitución, con la decisión de contribuir a su perfeccionamiento, se vincula a un perfil más nítido en su relación con el gobierno presidido por Gabriel Boric, sin descartar alguna fórmula futura de integración.
Ciertamente las señales previas a la decisión institucional del PDC se anticipaban en los límites de una fragmentación evidente. Así, la bancada de diputados, presidida por Eric Aedo, del sector más conservador, ha buscado una alianza con la bancada del partido de la gente (liderado por Franco Parisi) no descartando incluir a Evopolis, para crear un bloque de al menos 20 parlamentarios, que militarían en oposición al actual gobierno, aun cuando sea inviable sumar a todos los diputados y senadores que continúan en las filas del PDC. Con todo, en los márgenes de sectores escindidos de otras filas partidarias se abre un espacio para especulaciones sobre nuevas agrupaciones con pretensiones electorales futuras.
En lo más sustantivo, aunque sus alcances parezcan menores, la crisis falangista profundiza la dispersión y disgregación que hoy incide en las mayorías parlamentarias en el contexto del proceso constitucional. El PDC durante mucho tiempo jugó un rol protagónico en la política nacional. Pero ningún partido puede subsistir por las glorias del pasado. Los tiempos cambian, planteando nuevos desafíos a los partidos políticos y a todas las organizaciones de la sociedad civil. Y ello exige capacidad de renovación y definiciones claras hacia el futuro. Un fenómeno que trasciende la situación actual de la democracia cristina.