Por Fernando Balcells
Me he equivocado en mucho. Llevo un rato escribiendo que el Gobierno se debate entre un énfasis policial y una inclinación por la democracia. El error es creer en la transparencia del apego a la democracia. Es un error no reconocer que los viejos nos hemos acomodado en nuestras vidas y hemos olvidado el aliento de justicia que nos reunía. Nos queda un humor cínico, desprendido, algo amargo y que se destila con una pretensión de altura que constituye una bajeza. Es un error querer conversar con los que optan instintivamente por la policía y por el camino más corto para defender sus derechos adquiridos y su comodidad.
Hay formas de sentirse ajeno y por encima de los acontecimientos. Entonces se los aborda como comentarista en vuelo, pero sin consciencia de la extrañeza de haber dejado de pertenecer a la comunidad que formábamos. Yo nunca hice esa ruptura del todo. Siempre creí que el cinismo de mis amigos podía ser una protección contra la frustración y la impotencia. Me doy cuenta que muchos han regresado a formar parte de esa elite de la que se habían fugado.
Aquí se despide una generación notable que se perdió en los tapizados del poder. La última oportunidad la han gastado en la insignificancia y en el respaldo a un diálogo de monólogos cruzados. La oposición añosa olvidó lo que se siente al dejarse elegir por los más débiles. Puede que se hayan quedado contemplando a los pobres en su pobreza y se hayan sentido satisfechos por los avances en el índice de Gini. Los tiempos en que se luchaba con la justicia a la vista y por la recuperación de la democracia quedaron sepultados en algún lugar polvoriento de la cajonera de su memoria.
Aquí se despide una generación notable que se perdió en los tapizados del poder.
Amigos, cocinen un plebiscito constitucional y salgan de escena con elegancia.
La autosatisfacción de la clase media tirada a tres cuartos impide ver lo que pasa en el vecindario, en las plazas y en las calles. Es la desigualdad acumulada dicen los más engolados. Reparten así las responsabilidades entre todos –empezando por los excluidos- y postergando la consideración de las máquinas de abuso concretas.
Amigos, cocinen un plebiscito constitucional y salgan de escena con elegancia.
Un acontecimiento como el que vivimos no es un espectáculo ni un simple evento. Es un fenómeno que nos enfrenta a nuestra estupidez. Ante lo inesperado y lo enorme que rebalsa nuestro entendimiento, las limitaciones de nuestra ‘visión’ se manifiestan para todos los que no son esclavos de su comodidad y de sus certezas. Esos son los que han marchado en estos días, sujetándose las caderas y asombrados ante tanta belleza.
Lo que viene ahora en Chile, después de la policía y de los militares haciendo de policía, no es la democracia que conocemos, ni es el reino de la sensibilidad social sino esa segunda naturaleza de las autoridades que es la especulación, el estiramiento del elástico, la deformación, el desgaste de la rebeldía, la erosión de la energía y la recuperación indecente de la fuerza de la gente a través de ‘las soluciones’ y la degradación del movimiento de protesta.
A mis amigos razonables no les afecta lo que se vive en el país. No lo entienden porque no les duele. La lógica de la técnica es redonda. Permite no ver lo inconveniente y satisfacerse en la convicción de que lo razonable, a la larga, es bueno para la gente, aunque le pese. Para ellos la calle sigue siendo la alcantarilla de la sociedad. He escuchado decir que cuando se despeje la polvareda cada cosa y cada uno volverán a su lugar.
La calle son las líneas de fuga por las que desfilan los cuerpos inertes desde sus funciones laborales a sus funciones familiares. Las funciones viajan por millones y durante horas entre puntos de origen y puntos de destino para alimentar los egos patéticos de mis amigos encaramados en el saber, en el reconocimiento social y en la autosatisfacción con la deriva de sus vidas. Las trabajadoras de empresas formales y el mar de los emprendedores informales; los profesionales, los ambulantes, los técnicos independientes, y los que viven en el ancho límite que une a los legales y los ilegales no entran en la baraja de las funciones que sustituyen a la comunidad.
Los maricones sonrientes
Los alegres despechados del poder. Los corruptibles. Los que no ven más allá de sus narices y eso lo ven desenfocado. Los que son incapaces de mirar desde la gente. Los que se plantan ante un millón de personas y ven la bengala que está encendiendo el vándalo de la Garra Blanca.
Los que creen que es el momento de consolidar el botín y piden urgencia para la reintegración tributaria. Los que dicen querer que se respeten las instituciones, pero no aceptan que su salud viene de la calle. Los que quieren barrer rápido el polvo bajo la alfombra para retomar la Apec, La Cop y la Chup.
Los que regatean con la lista de concesiones y los que quieren hacer trampitas de última hora para cambiar sueldos parlamentarios por reducción de la representación. Los jóvenes que llevan dos años tratando de asimilar su posición de autoridades y olvidaron -o nunca supieron- como enlazar la calle con los pasillos. Los que creen que estamos ante dilemas que se resuelven conspirativamente.
A todos los que se ofrecen a liderar este movimiento les hago saber que lo mejor que ha pasado es que no hay organización, no hay líderes, no hay discurso, ni hay demandas. Los que añoran el ‘liderazgo’ están desconcertados, los innovadores que no ven en la digitalización más que trompetas modernas, han quedado en silencio. Nosotros los viejos no somos capaces de entender cómo se mueve un movimiento social que lo quiere todo y que no tiene nombres para nada.
Lo mejor que ha pasado es que no hay organización, no hay líderes, no hay discurso, ni hay demandas.
Los que creen que la fuente de conocimiento está en el anarquismo universitario se equivocan. Aquí la ausencia de jerarquías no forma parte del discurso sino de los hechos. Aquí nadie aspira al poder. Todos quieren acceder a la política, pero los que quieren instalarse en ella como ‘representantes’ son una minoría. No hay duda de que las instituciones políticas y los representantes están llamados a jugar un papel decisivo en el cumplimiento de las demandas o en la traición al acontecimiento.
Este es el reverso del modelo político. Es el modelo invertido que, sin embargo, necesita acceder a la política. Su esperanza es entrar y salir. Imponer cambios en la estructura política y mantenerse al margen, alerta, con capacidad de movilizarse y con iniciativa política autónoma.
La gente no aspira a la democracia directa y al sopor de las asambleas. Quieren la flexibilidad del sistema y la apertura de la participación. Esta no es una insurrección anarquista, ni popular-populista; esta es la demostración de un descontento profundo y resistente. El Gobierno tiene razón; todo esto ha sido un exceso. Un lujo de fuerzas desatadas, un acontecimiento imprevisible y descomunal; una manifestación que se debe vivir a nivel del suelo o arriesgarse a perderla desde el aire. Por esto he preferido caminar más que escribir.
El único deber que nos queda es abrir caminos a la energía, la imaginación, la fuerza, la determinación y la modulación del lenguaje de los jóvenes de hoy. Ellos, los que uno encuentra en las esquinas de las manifestaciones y en las jaulas policiales, sobrepasan en mucho a los rebeldes de ayer. Y no me refiero a los jóvenes parlamentarios sino a los pobladores que viven en el pliegue entre la informalidad y el orden social que les hemos impuesto.