Dejando caer nombres. Por Mario Valdivia V.

por La Nueva Mirada

Dicen que en el templo de Apolo en Delfos (Siglo VI AC) estaba escrito “Conócete a ti mismo”. Un mandamiento – advertencia de un dios muy terrestre, que posiblemente conocía sus limitaciones. Muy valioso, se me ocurre, para personas con poder, o que creen tenerlo, como nuestras constituyentes.

¿Qué imagino que podría aconsejarles a ellas? No hacer leyes que, personalmente, terminen por no poder cumplir, o no estar dispuestas a hacerlo. Leyes que, después de escritas, las superen a ellas mismas.

Una segunda máxima en el mismo templo recomendaba “Nada en exceso”. Sabía el dios que el humano es capaz de extremos ilimitados de ascetismo y depravación. Le recomendaba   cuidarse de sí mismo. Contener su tendencia a inventar normas angélicas y castigar con sangre. Muy aristotélico buscar el justo medio. Muy precavido, quizá hasta sabio. ¿Le dirá algo esa máxima a nuestras constituyentes? Que inventen una constitución cumplible, tal vez. Para seres humanos comunes y corrientes. Medianos. Ni dioses ni demonios.   

Años después, (Siglo XV DC), Pico de la Mirandola, un humanista, interpreta los designios de su dios, uno muy distinto a la deidad terrestre griega, con estas palabras: “La naturaleza encierra a otras especies dentro de unas leyes por mi establecidas. Pero tú, a quien nada limita, por tu propio arbitrio, entre cuyas manos yo te he entregado, te defiendes a ti mismo… No te he hecho ni celeste, ni terrestre, ni mortal ni inmortal, a fin de que tú mismo, libremente, a la manera de un buen pintor, o hábil escultor, remates tu propia forma”. Pienso que los viejos griegos reconocerían la desmesura de inmediato. La hybris que garantiza la perdición de quienes tienen poder, o creen tenerlo.

El dios que Mirandola recluyó en un geriátrico, dedicado a cantar alabanzas al humano, no solo terminó asesinado, sino que el deicida se declaró heredero único de su poder infinito. Elevó su desmesura a potencia. Por fin podremos ser Césares con el alma de Cristo, dijo Nietzsche, el primero en reconocer el deicidio. (Se me ocurre que el filósofo no se conocía muy bien a sí mismo; y que soñaba con excesos)

Años más tarde, después de la carnicería feroz del siglo XX, el de La Liga de las Naciones, el de las Naciones Unidas, el de la Declaración de los Derechos Humanos, una filosofía más humilde nos recuerda que somos seres situadas y finitas. No somos dioses ni diosas, ni heredamos poderes divinos, sostienen pensadores conscientes de nuestra historicidad. Antes de actuar o pensar, ya somos acarreadas por el pasado. Opera en nosotras una memoria que no podemos recordar por completo, ni controlar. Somos de aquí. Somos de ahora. Pertenecemos a la historia hasta el último hueso. Lo que es posible para nosotros es cuidar eso que somos. Inventarlo de cero, comenzar en blanco, no le es dado al humano.

Conócete a ti mismo = Hazte cargo de que te posee una historia. Sintoniza con ella todo lo que puedas. Cuídala.

Nada en exceso = No exageres, recuerda que tu mirada no llega muy lejos ni durará mucho.   Da espacio a otras miradas. De ellas aprenderás. 

¿Podría resumir así las dos máximas apolíneas para hacerlas relevantes hoy día? Creo que sí.   

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