La democracia está en peligro. El populismo abre camino al fascismo. Por Andrés Palma

por La Nueva Mirada

Es difícil distinguir, a veces, el populismo del fascismo, pero más difícil es no caer en su juego de suma cero: criticar la democracia y la política sin proponer soluciones a sus problemas.

El 5 de octubre de 2018 celebramos los 30 años del triunfo del No, que marcó la derrota de la dictadura y el inicio del retorno a la democracia. En la preparación de dicho acto no hubo acuerdo en que hubiera un discurso tradicional, sino que se leyera un texto entre las presentaciones de los distintos artistas. Ya entonces costaba ponerse de acuerdo. Pero sí hubo discursos.

Varios de los artistas se hicieron escuchar dando a conocer sus posiciones, más allá de las interpretaciones musicales. Lo insólito fue que esos discursos, en lugar de celebrar lo que se conmemoraba, se centraron en criticar a la política, los políticos y los partidos políticos, asumiendo como propio un discurso que caracterizó a la dictadura y en general a la derecha.

En su momento me pareció un discurso fascista, y la manifestación de una derrota cultural de los demócratas, pero no entendí la magnitud de lo que ahí se manifestaba, ni el signo de lo que después vendría, menos aún cuando destacados dirigentes políticos les aplaudían.

Vinieron después el estallido, el acuerdo para cambiar la Constitución, la pandemia, el plebiscito y la segunda ola de la pandemia, y ese discurso se ha hecho cotidiano. Algunos dirán que es popular. Sin duda ha dado origen a un fuerte movimiento populista.

Lo cierto es que quienes celebraban el discurso de entonces ya no celebran. Pero tampoco tienen claro que hacer frente a ese fenómeno.

El historiador argentino Federico Finchelstein, en su ensayo “Cuando el populismo potencia al fascismo”, señala: “Si bien el fascismo y el populismo proponen cosas muy distintas —la dictadura el primero; una democracia autoritaria el segundo—, fascistas y populistas comparten algunas características vitales: la demonización del adversario, apelan a un pueblo homogéneo y presentan a un líder mesiánico que todo lo sabe y que habla por la mayoría a la que llaman “pueblo”, pero que en realidad solo está constituida por sus seguidores.”

Por su parte, José Ángel López, en el artículo “Fascismo y populismo ¿dos caras de la misma moneda?, dice que “de hecho, el populismo moderno nació del fascismo, asumiendo la política de masas de este último, pero reformulando la continuidad de éste, en clave democrática y renunciando a la experiencia totalitaria que se tradujo en prácticas de violencia política y en el genocidio.”

Tanto en el fascismo histórico como en el populismo contemporáneo sus militantes y adherentes surgen entre estudiantes, pequeños propietarios, desempleados y, en gran parte de las clases medias empobrecidas y amenazadas por las crisis, y atemorizadas por el desorden público, que en ocasiones ellos mismos provocan.

El origen social de sus líderes ha sido muy diferente, muchas veces han sido personas de origen popular, pero también los hay de origen aristocrático, y no menos han sido militares, pero con características comunes; tener una fuerte personalidad y reivindicarse como representantes típicos de los marginados, lo que en casi todos los casos ha significado reescribir la propia historia.

Umberto Eco

Ambos, populismo y fascismo, desdeñan las instituciones del Estado republicano y sustituyen el voto como expresión de la voluntad popular por las expresiones masivas de apoyo al líder, que en el fascismo se traducían en grandes actos, y en la modernidad digital en seguidores en las redes y las encuestas de opinión. Se auto asignan la identificación con el pueblo y sus líderes se presentan, por ello, como únicos portavoces de este,  reforzando otro de sus elementos comunes: el «liderazgo carismático». El líder es intocable y su liderazgo no es racional.

Umberto Eco sostuvo que, además, le anima el miedo a la diferencia. En ambos casos el miedo es un factor aglutinante, por eso surge con fuerza en medio de las crisis y de los procesos de cambio de época como el que vivimos. En este tiempo de globalización y cuestionamiento de las instituciones representativas, en que aflora un sentimiento de angustia abrumadora contra la que nada valen las soluciones tradicionales, no presentan propuestas pero, de manera novedosa, “en vez de simplemente imponer silencio a los ciudadanos como había hecho la tiranía clásica desde los tiempos más remotos, hallaron la técnica para canalizar sus pasiones dejando a un lado la democracia, y el procedimiento debido en la vida pública, en favor de la aclamación de la calle”, como diría el historiador Gaetano Salvemini, citado por Robert Owen Paxton.

Paxton identifica “pasiones movilizadoras” de estas corrientes, entre ellas la creencia de que el grupo de uno es una víctima, un sentimiento que justifica cualquier acción, sin límites legales y morales, y la superioridad de los instintos del caudillo respecto a la razón abstracta y universal. Pasiones que toman fuerza en democracias que se encuentran debilitadas por fenómenos como la corrupción o el hecho de que cada vez hay menos debate de ideas o propuestas. Gracias a esta combinación de factores, sostiene, el populismo ha encontrado una rendija para vincularse al fascismo e introducirse al sistema democrático para minarlo desde adentro.

El discurso de la inutilidad de la acción política y la promesa eterna de soluciones fáciles a problemas complejos, se establecen como respuesta a la angustia globalizante (cesantía, abuso, resentimiento, indefensión) y reforzados con gestos rupturistas, meramente simbólicos, dan fuerza al liderazgo populista.

Los verdaderos demócratas debiéramos estar atentos. Los posteriores avances populistas o fascistas hacia el poder dependen en parte de la gravedad de una crisis, pero también en muy alto grado de las decisiones de quienes detentan poder económico, social y político.

Hay que tomar en serio a Pamela Jiles, también a otros.

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1 comment

Salvador Urrutia mayo 7, 2021 - 2:53 am

Un oportuno análisis de un fenómeno político antiguo que está reapareciendo en Chile y en muchos países.

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