Luis Durand y “La picada”: letras más allá del olvido. Por Tomás Vio Alliende

por La Nueva Mirada

El cuento chileno narra lo que le sucede a un campesino pícaro y alcohólico que vende cuero que proviene de animales contagiados por una epidemia de carbunclo bacteriano.

Siempre es bueno explorar en la literatura chilena y tratar de ver más allá. En varias antologías del cuento chileno aparece destacado el relato “La picada”, de Luis Durand (1895 -1954). Se trata de un relato escrito en 1933 que narra la historia de Pedro Andaur, un campesino buscavidas y alcohólico que, acompañado de su fiel perro Calluza, se da cuenta que puede ganarse unos pesos, sacando cuero de vacunos que han muerto afectados por una epidemia de carbunclo bacteriano. Feliz con su descubrimiento, Andaur extrae el cuero de algunos animales y lo vende para seguir tomando, lo que desata una serie de alteraciones en su vida.  La gracia del cuento es el ritmo desinhibido con que se cuenta la historia y los chilenismos campestres con los que está narrado. El lugar donde se encuentra el protagonista no podría ser otro espacio que la zona rural chilena.

Durand refleja muy bien con su pluma el espíritu del criollismo literario al que adscribe su estilo. En su relato es el campo el que manda en las costumbres y modismos campesinos protagonizados por un Andaur, pícaro, bueno para el vino y la vida sin compromisos. Sin más patrimonio que su perro Calluza, es capaz de beber y, muchas veces, amanecer ebrio, botado en el camino, al amparo de la naturaleza:

“Pero Andaur estaba decidido. Sin ninguna repugnancia trazó con el cuchillo un círculo alrededor de aquella vejiga y enseguida con una expedición y una facilidad asombrosa empezó a descuerar el animal.

-Ta intautito tuavía- monologó alegre, pensando en los pesos que obtendría en la venta del cuero -; ni van a rochar que es de la picá que ha muerto.”

Andaur, en su estilo, se refiere a la epidemia de carbunclo bacteriano como la picada, la feroz enfermedad, también llamada ántrax, que arrasa con el ganado. Durand rescata en el protagonista la individualidad del hombre rural humilde, del sobreviviente, el que cree que se las sabe por libro y hace de todo con tal de levantarse y ganar algo de dinero.    

La vida de Durand al igual que la de Andaur, guardando las respectivas distancias, nunca fue regalada. Nacido y criado en Traiguén, en el sur de Chile, hijo de madre soltera, el escritor desde pequeño sintió atracción por la literatura. Por falta de recursos le pedía prestados folletines al zapatero del pueblo y asistía a lecturas nocturnas en francés que se dictaban en su localidad. Ya un poco mayor, viajó con mucho esfuerzo a Santiago para estudiar en el Instituto Nacional, pero echaba de menos su pueblo natal. Regresó y se siguió instruyendo en una escuela agrícola donde nunca terminó sus estudios. Trabajó en la zona como administrador de fundos, profesor y tenedor de libros hasta que decidió volver a Santiago. Corría 1920 y en ese entonces Joaquín Edwards Bello y Mariano Latorre, entre otros escritores, animaban la escena literaria en tertulias que organizaba Carlos George Nascimento. Así, de a poco, con un trabajo tiempo completo en Correos de Chile, Durand comenzó a publicar sus incursiones literarias en la revista Zig- Zag y trabajó como periodista en El Mercurio, El Diario Ilustrado y Las Últimas Noticias. Después fue director de La Nación y de la revista Atenea, de la Universidad de Concepción. Publicó varios libros entre ellos “Frontera” (1949), una de sus novelas más largas y discutidas.

Falleció en 1954, dejando una obra inconclusa “Un amor”, que recién fue publicada en 1957. En internet se pueden encontrar sus obras en Amazon y en PDF. También se venden usadas en algunos sitios web, pero no existen ejemplares nuevos de sus libros impresos en las librerías, al menos en las más conocidas.  

Especialistas en su obra, dicen que los textos literarios de Durand fueron antecedentes directos para la gestación de la Reforma Agraria en Chile. Calles en Santiago, Villarrica y Temuco llevan su nombre y sus colegas destacaban, especialmente, su carácter afable. Una de las gracias de este escritor criollo era que hacía prevalecer el factor humano más allá de las descripciones de paisajes o costumbres que caracterizaban al resto de sus compañeros de movimiento. Andaur y el perro Callucita, entraron directo dentro de mi corazón por la delicadeza con que los describe Durand, a pesar de tratarse de un cuento duro que también muestra la descarnada precariedad del antiguo campo chileno. Letras más allá del olvido, son los personajes humanos y animales los que con una solvente presencia quedan en la retina del lector. Ese es, para mi gusto, el imborrable legado de este interesante cuento narrado por el escritor sureño. 

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