La frase del título parafrasea una definición que un personaje de Jorge Semprún enarbola en una novela. Él decía que pudiese haber guerras justas, pero no existían ejércitos inocentes. Cuando la leí por primera vez, me pareció muy lúcida. Hoy día tiendo a pensar que hoy, tampoco, hay motivaciones tan justas que ameriten los pecados de la guerra.
Una vez más, en el breve lapso del siglo XXI que hemos vivido, nos conmueve una guerra. En esta oportunidad, Rusia ha invadido a Ucrania. Fue, qué duda cabe, la crónica de una invasión anunciada. Como nos ha acostumbrado el nuevo siglo, en esta ocasión también los medios de comunicación masiva, regidos la gran mayoría de las veces por los grandes consorcios periodísticos, han transformado la tragedia en una especie de show continuado que se va entregando por capítulos. De información sobre el curso de la guerra, propiamente tal, se ve poco, o mucho menos de lo que los enviados especiales y las pautas editoriales enfatizan en cada jornada. Son los testimonios humanos los que se privilegian, todos observados desde una esquina del teatro de operaciones. El guion está armado y no hay divergencia posible.
Pareciera que ya nos hemos acostumbrado a que, con cierta frecuencia, aparezca en nuestros televisores, redes sociales y cualquier tipo de pantalla disponible, las “breaking news” de algún conflicto producto de la invasión de un territorio. Seguro se nos viene a la memoria la transmisión televisa de los primeros ataques de una pequeña coalición (me refiero solo al número de países, ya que el poder de fuego fue brutal), liderada por Estados Unidos, que invadió y bombardeó sin misericordia a Irak, con la excusa de que este último país tenía armas de destrucción masiva (ya sabemos, tiempo después, se demostró que nunca existieron y que, probablemente, los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña lo supieron siempre).

Nuestro mundo (ese regido por las transnacionales de la información) pareciera extremadamente conmovido con el drama humano de la guerra y queda la impresión que estamos asistiendo a una injusticia inédita. Tal cual: asistimos a una guerra inédita, aseguran los medios. No enfatizan que es “una más de las guerras injustas” que hemos vivido en el siglo XXI. Y no recuerdo ninguna que haya sido especialmente limpia, indolora, inocente. La violencia ejercida por un estado contra otro siempre será injusta, porque las víctimas de ellas suelen ser personas inocentes. El daño colateral no nació ayer y los militares hablan de él como un elemento sustancial de cualquier confrontación. Resulta entonces violento el bombardeo mediático asociado al conflicto, tratando de proponer un conflicto entre halcones y blancas palomas. En el escenario actual, las grandes potencias tienen incorporado entre sus potestades ejercer de guardianes impunes del orden mundial.

¿Cuáles son las intenciones de Putin? ¿La defensa irrestricta de una nación amenazada? Cuesta creer que esta sea la motivación. Más bien pareciera que Rusia y su actual liderazgo tienen un proyecto tendiente a consolidar una esfera geopolítica de influencia y, de paso, afirmar una sociedad autocrática con bajos estándares democráticos. ¿Cuáles son las intenciones de Estados Unidos y buena parte de Europa al correr la frontera hacia el este, persistiendo en una lógica de guerra fría que se suponía muerta con el fin de la misma? Ciertamente, no me compro que sus motivaciones solo sean altruistas y quieransolo defender la integridad y soberanía de Ucrania. No me extrañaría que, de aquí a poco, se haya producido un dramático giro en el mercado de combustibles en Europa. En resumen, ni una ni otras razones me parecen suficientes como para declarar una guerra.
No creo en la violencia como forma de resolución de conflictos y, ni mucho menos, en las guerras. Desde mi perspectiva, ninguna es justa, a lo más, inevitable. Y lo es en función de ciertas formas de mirar el mundo, cuando se privilegia la confrontación de fuerzas por sobre la colaboración. Y esto vale, me parece, para cualquier situación, sea entre estados o al interior de un estado. ¿Por qué se mantienen conflictos bélicos por años o décadas, cuando supuestamente hubo derrotados y hubo asimetría de potencial bélico? ¿Por qué perduran conflictos al interior de algunos países por décadas o siglos? Piensen, a modo de ejemplo, en el medio oriente, en algunos países de África, en las Coreas o los Balcanes, incluso en el sur de Chile, donde los enfrentamientos bélicos persisten, ya sea larvados, esporádicos o en situación de crisis aguda. En América latina –continente que ha tenido poquísimos conflictos entre estados durante las últimas décadas- ha tenido decenios de dictaduras, guerrillas, guerras civiles, abiertas o sumergidas.

Las soluciones construidas desde la violencia suelen perpetuar la violencia. Los conflictos, cuando un bando es derrotado y no hay alguna forma de colaboración o acuerdo político entre derrotados y vencedoras, suelen terminar repitiéndose, como una suerte de ciclo perverso. Lo que nos están mostrando como si fuera un show es probablemente la peor experiencia que puedan vivir los países. El despliegue mediático nos debiera ayudar a pensar que, en Chile, en estos momentos, tenemos la posibilidad de hacer un giro en nuestra actividad pública hacia una lógica de colaboración y no de guerra. Tenemos un nuevo gobierno conformado por una inédita colación política. Hay un proceso constituyente que puede ser glorioso o un desastre. El éxito y fracaso, para uno y otro, dependerá de la capacidad que tengan las nuevas élites –de gobierno y constituyentes- para trenzar las colaboraciones. Aunque hoy sean los vencedores y, como le pasó hace ya algunos años a la dictadura, les entren las ganas de arrasar con los derrotados.