La segunda dosis de la vacuna contra el covid, para quienes por las razones que correspondan hayamos podido tenerlas, me permite reflexionar sobre su impacto en la noción de futuro y el imaginario terrorífico de que esta pandemia no termine nunca de terminar, al igual que nuestra crisis social y política.
Cuando mañana se haya subido a las redes esta edición de Lamiradasemanal.cl, si todo anda bien y los dioses, del tipo que sea, se hayan hecho los lesos, estaré haciendo la fila para ponerme la segunda dosis de la vacuna Coronovac o, lisa y llanamente, ya estaré cien por ciento vacunado. Es un momento crucial. Hace un año cumplido, el 15 de marzo decidimos con mi compañera confinarnos voluntariamente y pasaron muchos meses antes de que volviéramos a circular –en forma discreta y casi disfrazados de astronautas- por las calles de la ciudad. Tuve la suerte de poder migrar al teletrabajo y no estar obligado, como la gran mayoría de mujeres y hombres chilenos que tuvieron que mantener sus trabajos fuera de sus casas, empezando por la verdadera primera línea de este tiempo, los trabajadores de la salud. La inminencia de la segunda dosis –ahí, a menos de veinticuatros horas- me produce una emoción contenida. Por un lado, me seduce la idea de que alcanzaré en solo dos semanas un estado de inmunidad, y podré caminar nuevamente con la confianza de que estoy en mi territorio, y volveré a recorrer mis calles sin el temor de que, en alguna esquina como de Pedro Navaja, me asalte un virus y entre en un túnel de salida incierta. Pero por otro, hay una voz soterrada que me dice: “ojo, no te puedes confiar”. ¿Y si la inmunidad no es tan efectiva, o las mutaciones del virus caminan más rápido que los avances de la ciencia, o simplemente surge algo nuevo y desconocido, al estilo de Alien, que no nos deja salir de la pesadilla?
Un amigo historiador, muy lúcido, comparaba nuestro estado existencial como la constatación –más allá de cualquier literatura- de que el eterno retorno está ahí, a la vuelta de la esquina. El comportamiento impredecible del sars-cov2, lo poco que sabemos de él (y no habló de los pobres cristianos que nos remitimos al mundo de las noticias, sino de los investigadores que echan el bofe por entender y anticipar) no nos deja descansar. Es desconcertante. Mañana, seguramente me sentiré contento, respiraré, literalmente hablando, con más confianza, pero no seré capaz de responderme a la pregunta de hasta cuando conviviremos con la pandemia. Incluso uno puede imaginar (aunque es imposible precisarlo) que, si seguimos vacunándonos como hasta ahora, en algunos meses más la situación estará más controlada. Pero seguiremos sabiendo todos los días de aquellos lugares del mundo que ni siquiera sospechan si podrán vacunarse algún día o, que cuando les llegue el momento, estarán tan atrapados en la desilusión, el dolor o la rabia, que no podrán creer lo que podrían llegar a vivir. Ni las más optimistas o más pesimistas posibilidades de imaginar el futuro serán creíbles. Porque nos habremos instalados en la certeza del eterno retorno.

A veces pienso que nuestro estado emocional colectivo es como la realización plena de una proyección del futuro posmodernista: no logramos asirnos a un sentido que vaya más allá de nuestro día a día, o que nos conduzca irremediablemente hacia el recuerdo. Otro amigo querido, porteño del otro lado de la cordillera, que pasó muchos, incluso demasiados meses, condenado a un encierro solitario durante el largo confinamiento de Buenos Aires, ha sobrevivido con gran dignidad y fortaleza, rescatando desde su memoria, a través de la escritura (pueden buscarlo en Facebook: Alejandro Robino) el mundo entrañable y afectivo de los tiempos de su niñez y adolescencia, instituyéndolo en un refugio protector donde todavía la Argentina de los sesenta era capaz de verse a sí misma como parte de un proyecto progresista. Justo ahora, cuando es difícil imaginar el futuro, la historia de los orígenes nos recoge y nos sostiene.
De hecho, la columna vertebral del combate a la pandemia en Chile ha sido el sistema de salud pública (que en los momentos sanitarios más críticos se integró al sistema privado), vieja gloria de los tiempos republicanos, cuando en nuestro país se erigieron como patrimonio nacional los servicios sociales provistos por el estado (educación, salud, previsión). Sin embargo, la emocionalidad que nos ha atravesado durante todo este año, fundada en la rabia y el descrédito de los demás, posiblemente ha hecho más difícil afrontar el desafío de terminar con el Covid. El tiempo antiguo, ese anterior al 73, tenía un hálito de ciudadanía simple y cotidiana que entretejía toda la vida social, donde el espacio público se compartía y se usaba (y se cuidaba), donde la colaboración ciudadana era el eje de un cierto sentido nacional. “La entereza del chileno en la adversidad”, “la solidaridad propia del chileno”, “la emoción de ser todos parte de un mismo proyecto nacional”, fueron ideas que, aunque las desigualdades y privilegios de larga data las desmentían en buena medida, estaban inscritas en un cierto imaginario colectivo. Hoy, hemos pagado el precio de la imposición de un individualismo personal y grupal o corporativo que instaló la dictadura en nuestro país, y que hace muy difícil la colaboración entre sectores que piensan y miran el país en forma diferente. Así como las personas nos hemos ido encerrando en nuestras casas (villas, condominios, pasajes enrejados, guetos urbanos) y en los proyectos personales del tipo que sean (profesionales, materiales, espirituales), los grupos sociales y políticos se han ido encerrando en sus propias agendas, haciéndose cada vez más intransigentes y, obviamente, todos mucho más dispuestos “a ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio”.

El predominio en nuestras sensibilidades colectivas de una actitud negativa, de incredulidad, de sospecha permanente, oposicionista per se, descalificadora de los adversarios, agresiva en el lenguaje, dominada por la emocionalidad al punto muchas veces de tergiversar la historia (¡he leído a personas muy respetables que afirman que las políticas culturales durante la democracia son la continuidad de la dictadura! Increíble), pareciera sintonizarse con la nueva desconfianza en el futuro que nos ha instalado la pandemia. Y este estado emocional no es un buen augurio para que nuestra Convención constituyente (gran logro de las movilizaciones del 2019; y me refiero fundamentalmente a los millones de chilenos que en las calles y en las urnas declararon su voluntad de cambio) recupere el futuro y no se vuelva una versión más del “eterno retorno” que, para estos efectos, es equivalente a que cada grupo o sector se atrinchere en sus posiciones y se blinde para eliminar al otro, en vez de disponerse a escuchar a los otros, expresar lo propio y buscar un espacio común.
Mañana me pondré la segunda dosis y estaré un tiempo con la ilusión de que, al menos yo en mi calidad de adulto mayor, estoy algo menos expuesto a los más graves efectos del Covid. Y me gustaría que nos vacunáramos contra los sectarismos, las intransigencias, las ideologías cerradas y absolutas (Ufff, hablo de las mías, las varias que derivan del marxismo, por supuesto; pero también y hoy principalmente, de las ideologías de la derecha). Por eso, en lo que a mí compete, me vacunaré con mi segunda dosis y votaré por el o la candidata que me proponga ir a la Convención a dialogar y buscar los mejores acuerdos para que la nueva constitución nos permita construir un país inclusivo, con derechos sociales garantizados, que se haga cargo del futuro del planeta y ofrezca un espacio político democrático, participativo, equilibrado entre los poderes y regionalizado de verdad.