¿Quién es el sujeto en la relación que tenemos mi celular y yo?
Obviamente el celular no es el tele- fono del que metamorfoseó. Para mí es un portal a la mano a miles de mundos-plataforma; terrenos digitales en los cuales invento mi existencia actuando junto a otras personas, como lo hago en el mundo terráqueo al cual pertenece el artefacto como caparazón. Al usar el celular parezco ensimismado a las demás habitantes del terreno terráqueo, pero convivo con otras personas en los terrenos plataforma: comprando y vendiendo, intercambiando opiniones, insultos, ofertas, recomendaciones, citas, requiebros, narrativas, mentiras; conspirando, jugando, coqueteando, trabajando. Lo que hacen los seres humanos. Camino por la calle como el punto de intersección de un paralelo y un meridiano terrestres. Con un celular, me convierto en el punto de intersección de miríadas de líneas de entrada a otros mundos. Puedo verme como una estrella en desplazamiento, que modifica constantemente su titilar.

Habitúa habitar en los mundos digitales. De manera Invisible produce nuevas habilidades. Nuevas formas de comportarnos socialmente, que crean nuevas identidades sociales. Es lo que ocurre al manipular el pequeño aparato. Por eso, creo que no sirve pensar en el celular como un objeto en relación con nosotros como sujetos, a pesar de la sensación de controlar totalmente una cosa externa cuando lo agarramos con la mano. Los mundos plataforma que accedemos con el aparatito cambian quienes somos. Adquirimos habilidades e identidades, pero también un sentido íntimo de ser quienes somos. Las plataformas son espacios en los cuáles centenares de millones de personas adquieren nuevas preocupaciones íntimas. Los juegos crean nuevas pulsiones lúdicas. Plataformas musicales y de video crean nuevas emociones y sensibilidades, moldeando nuevas subjetividades. El celular nos produce a nosotras mismas, cuando solo creemos estar manipulándolo. Sé que me ocurre a mí, no creo que sea muy diferente con las demás.
A veces intento visualizar la conexión muy material y continua que hay entre mi celular, las torres de enlace locales a la vista en techumbres y cerros, las grandes redes transnacionales de electrones y bits, terrestres, aéreas y marítimas, y los data centers, esos campos de computadoras interconectadas que cubren hectáreas, donde existe La Nube, el lugar terráqueo de residencia de las plataformas. Oculta en edificios deshabitados de viejos centros urbanos, en galpones indiferentes sembrados en medio de la campiña, en cavernas de minas abandonadas, incluso en instalaciones submarinas oceánicas, La Nube procesa el incesante ir y venir entre los mundos plataforma y mi celular. Convierte día a día la conveniencia en necesidad, creándome constantemente en forma invisible.

Mirando desde La Nube, veo que cuelgo de ella atado a sus extremos por el celular asido firmemente en mi mano. El aparatito me agarra con las gravitaciones múltiples de los mundos plataforma, al agarrarlo entre mis dedos. Más que una estrella brillando, me siento como un planeta enredado. Cogido en un sistema-malla estelar de centenares de millones de planetas.
Creo que más vale avisparnos un poco con las limitaciones de nuestra autonomía individual, de la soberanía que tenemos sobre nosotros mismos. Igual que con la del soberano de los territorios terráqueos nacionales. Ambas autonomías, por lo demás, emergieron juntas en la historia, si no me equivoco. Han sido condición de posibilidad recíproca, una de la otra. Entenderlas mejor puede ayudar a no perderlas por completo. O a aprender a dejarlas atrás.