Tras el debut en Netflix de la serie 42 días en la oscuridad –basada en la desaparición y muerte de Viviana Haeger, quien fue encontrada en el ático de su casa luego de mes y medio de búsqueda- renace con fuerza el rol del investigador, ese personaje creado por la novela policial decimonónica y cuyas características tan particulares han sobrevivido a los embates de la modernidad, posmodernidad, boom latinoamericano, cultura y contracultura.
Rompiendo el esquema tradicional de presentación-desarrollo-desenlace, la serie producida por Fábula TV parte con la confirmación de la muerte de “Verónica” (Aline Kuppenheim), dándole paso a sus protagonistas para que, fraccionando el orden cronológico, narren los hechos. Un punto de vista lo entrega su hermana “Cecilia” (Claudia di Girolamo); y el otro, el abogado “Víctor Pizarro”, encarnado magistralmente por Pablo Macaya.

La familia se rompe una vez que “Verónica” desaparece. El caso se hace público por la connotación social que tiene un secuestro en la alta sociedad de Puerto Varas. Y es en este punto donde toma relevancia el rol del abogado, pues por un lado es un personaje agudo, capaz de ver más allá de la literalidad de los hechos, obsesivo y terco; pero por otro es un sujeto que vive en la decadencia y la pobreza, con una vida familiar paupérrima y rayando en la adicción a los opiáceos y el alcohol.
Y la noche se hizo luz: los inicios de la novela policial

“Mi interés por la escena fue profundizándose a medida que avanzaba la noche, ya que no sólo cambiaba materialmente el carácter general de la multitud (…) sino también la luz de las farolas de gas que (…) arrojaba sobre todas las cosas un lustre irregular e intenso”. (Edgar Alan Poe)
Así, la noche se volvió el escenario que el criminal hizo suyo para montar su obra, que puede ir desde el robo más simple a un siniestro asesinato. Junto con la luz en las calles nació el género policial, en 1841, cuando Edgar Allan Poe escribió Los Crímenes de la calle Morgue. Género que une, como si de siameses se tratara, a un investigador que va tras las pistas de un crimen, dos componentes esenciales que, aunque hayan pasado 181 años desde la primera publicación, han permanecido intactos como eje del relato.
Eje, que no por ello no busca que cada autor imponga su sello.

Así lo destaca Martín Cerezo, en La poética del relato policiaco, en donde afirma que el buen escritor, por un lado, debe adherirse al género, pero por otro proponer algo nuevo. Si el lector es capaz de predecir el final, el autor está obligado a innovar.
Esta creación se ve inmersa en medio del auge de la burguesía, clase social en donde la razón, el diálogo, la avasalladora tecnología -que deja a los más pobres fuera y analfabetos- y la vida bohemia de los cafés, son vistos como valores que buscan ejercer el control en nuevas ciudades que se adaptan a los cambios, con calles numeradas, rincones con nombres y apellidos, casas de té y tugurios nocturnos, que sirven de pistas para un investigador sediento de la verdad.
Componentes
Sin crimen no hay novela policial. Si bien se puede tratar de un robo, estafa, rapto o violación; es el asesinato el delito favorito de los escritores de este género, por su “conglomerado de fuerza y pulsión individua y social que (…) desata”, explica Cerezo.
De la mano al crimen va la víctima. Cerezo identifica tres tipos, en donde está aquella que de frentón se merecía morir y la empatía del lector se genera con el asesino. Por otro lado, está aquel que, si bien era una mala persona y su muerte era una forma de castigo, de todas maneras, logra “ganarse” el apoyo del “público”. Y finalmente está esa víctima indefensa, común y corriente, que puede ser cualquiera, lo que logra la empatía total con el lector, pues se pone en su lugar y siente que si no fue él el muerto pudo serlo un hijo, un padre o un hermano, como ocurre en la serie 42 días en la oscuridad.
El investigador es un personaje deslumbrante con gran capacidad de deducción. Una especie de genio inserto en la novela policial que en sus inicios se publicaban en las revistas enfocadas en el público de masas por lo que despertaban la admiración fácil del lector, características que llevan a convertirlos en arquetipos.
El investigador a través del tiempo
Poe implantó la idea de un relato intelectual (que posteriormente tomó Borges) y su protagonista es “Chevalier Auguste Dupin”, quien se introduce en la mente del criminal para resolver el enigma, sin jamás envolverse en una pelea ni ensuciarse las manos. Los datos que lo llevan a la resolución del crimen -acontecido en París- los obtiene de los periódicos, lo que resalta la importancia de la prensa a mediados del siglo xix. El narrador de las novelas policiales de Poe es un personaje anónimo que, si hacemos un paralelo, sería el rol que cumple “Watson” en las historias de Arthur Conan Doyle.

“Sherlock Holmes” puede saber mucho sobre venenos, química, anatomía y literatura sensacionalista, mas no es un filósofo como “Dupin” y, como es un experto en boxeo y esgrima, el encuentro corporal con el enemigo es una posibilidad cierta en el proceso de investigación. Estas características del personaje son un paso para humanizar al investigador, tema que con Poe se ven mucho más lejano.
Con la repercusión del Psicoanálisis, el siglo xx se ve conmocionado con el rol que cumple el inconsciente en las acciones del sujeto –tanto investigador como criminal-, por lo que “Hércules Poirot” (y “miss Marple”) revolucionan el espacio policial, de la mano de su autora Agatha Christie quien publicó en 1920 la primera de sus novelas, El misterioso caso de Styles.

La humanización del detective llegó con Gilbert K. Chesterton quien introdujo con el “padre Brown” y “Valentine” un relato psicológico en el sentido moral.
Es interesante destacar que siempre el personaje –ya sea un detective, un abogado, un médico- es alguien que trabaja al margen de la ley, tal como el personaje de Macaya en la serie nacional. Además, si bien posee habilidades casi sobrenaturales para resolver el enigma, es un inepto a la hora de manejar su vida personal.
A lo “House”

La serie norteamericana Doctor House hace revivir al investigador clásico, en donde el protagonista es un obsesivo que más que importarle el devenir del enfermo-víctima, le Interesa la resolución del caso-crimen.
Si bien “Pizarro” empatiza con las víctimas, su obsesión por resolver el secuestro y muerte de “Verónica” lo hace romper con cualquier norma ética, escoge a un culpable en base a su “olfato” y no pruebas concretas, y no soporta el fracaso profesional.
El caso lo lleva a perder la confianza y cariño de su hijo. Recién en el último capítulo la relación se recupera. Sin embargo, el guion se encarga en dejar en claro que “Pizarro” ya tiene un nuevo proceso por desaparición en mente, esta vez en Santiago. ¿Se tratará de un guiño para una nueva temporada de la serie del detective investigador?