Anita, José Luis y un diario de vida: la tríada que dio vida a Papelucho

por Karen Punaro Majluf

Marcela Paz creó el personaje en 1947 dando inicio a una saga de doce novelas infantiles – y tres póstumos- que trascienden al tiempo, los países y las generaciones.

Esther Huneeus recibió de regalo un diario de vida y no supo qué hacer con él. En realidad, no quería escribir sus secretos, pero tampoco quería dejar de lado el obsequio. En medio de la disyuntiva de usarlo o dejarlo, le llegó un chispazo de creatividad; pensó en su marido José Luis Claro, imaginó a un niño, y sin esperar aprobación del público, se lanzó a redactar:


Lo que sucede es terrible. Muy terrible y anoche me he pasado la noche sin dormir pensando en esto. Es de aquellas cosas que no se pueden contar porque no salen por la boca. Y yo sé que mientras no la haya contado no podré dormir. Le pregunté a la Domitila, que hacía ella cuando tenía un secreto terrible. -Se lo cuento a otra -me contestó. -Pero ¿si es algo que no se puede contar a nadie? -Entonces lo escribo en una carta. -Tú no entiendes nada -le dije-. Es algo que no puede saberlo nadie. -Entonces, escríbaselo a nadie -me dijo, y soltó la risa. Otra vez es de noche y ya debería estar durmiendo. Pensando en lo que dijo la Domitila, he decidido escribirle a «nadie», como ella dice, y que es lo que otros llaman su «diario». Cuando esté escrito, me habré librado de seguir pensando.

 (Fragmento Papelucho).

Así nació Papelucho –una unión de Pepe Lucho (su marido)- un niño de ocho años que se mete en un tremendo problema porque cree haber envenenado a la Domitila, la empleada de la casa, y para sacarse la culpa decide escribirlo en un diario.

Los niños no piensan igual

Esther Huneeus nació en Santiago el 29 de febrero de 1902, la segunda hija de Francisco Huneeus Gana y Teresa Salas Subercaseaux. Perteneciente a una familia acomodada, sus estudios los hizo en casa, de la mano de institutrices, a quienes a los siete años ya sorprendió por su gusto por la lectura de Stefan Zweig, Selma Lagerlöf, Fedor Dostoyevski y Anton Chejov. A la misma edad escribió su primer cuento, «En el país de Faberland«, mostrando una clara afición por el arte.

Desde siempre fue una niña solitaria refugiada en su imaginación; sin embargo, su mundo se derrumbó con la muerte de su hermana mayor, Anita, tras una larga enfermedad. Su hijo, Francisco Claro, contó cómo este momento en la infancia de su madre la marcó para siempre: angustiada ante la enorme tristeza de Teresa Salas por el fallecimiento de su primogénita, Esther, de once años, pensó en realizar una fiesta “para evitar que sufriera más por la pérdida de la niña. Por supuesto que los adultos no festejaron la idea. ¡Por el contrario!», señaló.

Esther aprendió dos cosas; la primera es que el dolor por una muerte no se quita con una celebración; y la segunda –que marcó su carrera como escritora- es que los adultos y los niños no piensan igual. 

A diferencia de muchos escritores para niños, Marcela Paz tenía la capacidad de escribir como tal, y este es el sello distintivo de quien ganara el Premio Nacional de Literatura en 1982, sólo tres años antes de morir”, señaló su hijo.

La autora creció sin conocer a otros niños –solo compartió con sus hermanos y familias cercanas- por lo que cuando comenzó a salir al mundo todo parecía impresionarla. Fue a los 18 años cuando se encontró en la calle con una persona ciega, de su misma edad, pidiendo limosna. La imagen la impactó, por lo que convenció a un grupo de amigas para que la ayudaran a organizar una reunión para no videntes. El anuncio se hizo a través de la prensa convocando en el Teatro del Colegio Sagrados Corazones. Las jóvenes pensaron que no llegarían más de 20, sin embargo, el llamado fue un éxito con más de 500 asistentes. Esto la llevó a buscar apoyo público y donaciones para, en 1920, fundar la Sociedad Protectora de Ciegos Santa Lucía; y en 1947 crea el Colegio Santa Lucía, el primero exclusivamente para alumnos con discapacidad visual -luego nacerá también la Fundación Luz, institución que hasta el día de hoy continúa su legado-. 

Con 20 años, Esther Hunneus comenzó a asistir esporádicamente a cursos de escultura y pintura en la Escuela de Bellas Artes. Al poco tiempo partió a Europa para especializarse, y además comenzó su trabajo literario bajo el pseudónimo de Marcela Paz, en honor a la escritora francesa Marcella Auclair y a la palabra paz. Su primera publicación fue en 1927, Pancho en la luna, obra que recibió el premio del Concurso Sanidad.

Entre 1927 y 1934 su carrera literaria fue en ascenso cimentando el camino para lo que vendría. Colaboró en las revistas Lectura, El Peneca, Ecran, Zigzag, Eva, Margarita, La Nación, El Diario Ilustrado y La Tercera, usando diferentes pseudónimos. Además, fue directora de la revista Pandilla y de Editorial Zigzag. En 1929 hizo un alto para retomar por un breve tiempo sus estudios de escultura en Francia. Y ya en 1933 comenzó a ser reconocida por la crítica, primero con Tiempo, papel y lápiz y, un año más tarde, con Soy colorina –conjunto de cuentos, uno de ellos acerca de una niña de siete años cuyos padres están separados- obra que fue galardonada con el premio Club Hípico.


¡Parece que a nadie le importa lo que sienten los niños cuando los matrimonios se desarman! Yo inventé al Papelucho con el fin de remecer la conciencia de todos estos señores que querían aprobar la Ley de Divorcio. Pero como el tema era bastante espinudo, nunca pude publicar mi libro tal como lo había concebido.

(Fragmento de entrevista a Marcela Paz realizada en 1985 por Lorena, hija de la periodista Zayda Cataldo)

Niña traviesa-mamá comprensiva

Esther Huneuus y José Luis Claro se conocían desde niños, pero los estudios, viajes y ansias literarias “retrasaron” el matrimonio hasta 1935 cuando se casaron en Pirque. Durante los 19 años que estuvieron juntos (él murió en 1954), tuvieron cinco hijos; Raúl (1936; fue sacerdote hasta la primera mitad de los años 1960; después se casó en Alemania), Marcela (1937), Paula (1939), Andrés (1940) y Francisco (1942; físico, autor de libros de divulgación científica). Es este último quien ha entregado una visión cercana de su madre, a quien describió como callada, intensa y traviesa al igual que cuando era una niña.

 «Cuando pequeña era como una niña traviesa. Sus maldades eran, generalmente, sin querer. (…) Ella escribió como niño, pero utilizando los recursos que poseen los adultos. (…) Como madre utilizaba la misma psicología. No se trataba de moralizar a la fuerza, sino que tenía la capacidad de entendernos. Le gustaba que nosotros imagináramos cosas. Siempre nos impulsó a trabajar con las manos«, señaló.

Francisco comentó que el amor entre sus padres era “algo más allá de lo humano, incluso cuando ya no estaba”, por lo que para todos los hijos se convirtió en un modelo difícil de alcanzar. Esther fue para ellos padre y madre, y si bien en ocasiones era distante, su buen carácter y expresiones auténticas la llevaron a ser siempre cercana. «Ella era una persona extraordinariamente entretenida, nunca hablaba tonterías, pero tampoco cosas trascendentales. Sólo decía lo que se le ocurría. (…) De manera constante diálogo con mi pasado y ella siempre está presente, quizás la relación era más estrecha porque tenía que hacer el rol de padre y madre y era ella quien respondía todas nuestras preguntas«, contó el menor de los hermanos.

Cuando Francisco tenía cinco años fue que Marcela Paz publicó Papelucho, recibiendo el premio Los Andes y el premio de honor de la Editorial Rapa Nui. El primero de los libros cuenta con más de 70 reediciones -y el conjunto de los 12 (Papelucho, (1947); Papelucho casi huérfano, (1951); Papelucho historiador, (1955);Papelucho detective, (1957);  Papelucho en la clínica, (1958); Papelucho perdido, (1960);  Mi hermana Ji, por Papelucho, (1964); Papelucho misionero, (1966);  Diario secreto de Papelucho y el marciano, (1968); Papelucho: Mi hermano hippie, (1971) Papelucho en vacaciones, (1971);  y Papelucho: Soy dis-leso, (1974) )superan las 400-, y ha sido traducido al francés, griego, ruso, inglés, italiano y japonés. 

Enero 18

Resulta que un caballero que pasó en auto me llevó otra vez a Viña y ahora estoy en la casa. Yo pensaba que mi mamá iba a llorar de gusto al verme, pero fue todo lo contrario. Resulta que ella venía llegando de Zapallar con el papá y ni supo que yo estaba perdido. Javier me retó porque había vuelto; porque ya que me había ido, ¿para qué volvía? Y también me amenaza a cada rato con que le va a contar a la mamá o al papá, y tengo que hacer todo lo que él quiere. La Domitila es tan buena, que me compró helados y me regaloneó mucho cuando volví.

(Fragmento Papelucho).

Este primer Papelucho termina con un quiebre interesante en donde el niño tiene una interacción con un editor de libros, quien había encontrado en la basura su diario de vida. Este hombre le cuenta que sus escritos se publicaron y le propone seguir escribiendo. Acá el lector se enfrenta a una disyuntiva: ¿es el protagonista un niño real, que perdió sus escritos en mano sus malvados compañeros de internado? ¿O se trata de un personaje de ficción que traspasó la barrera entre lo que escribe, quien lo lee, por qué lo lee y quién lo publica? 

La obra adquiere un carácter metaliterario al referir a la escritura y al libro, como también se aprecia en parte del título del libro seleccionado, ‘por Papelucho’”, explica Ximena Troncoso en su trabajo Experiencias de lectura literaria en educación básica: Papelucho de Marcela Paz, un estudio de caso.

“Quedé paralelo”

Papelucho tiene una forma única y particular de hablar en donde los neologismos se comprenden perfectamente aún cuando carezcan de significado literal. Palabras y frases como «cataclíptico«, “quedé paralelo”, «astronáutico«, “boniteaba” y «chirimpoya«. Además, detrás de cada una de sus aventuras hay una conciencia social vista con ojos de niño, en donde reconoce las diferencias sociales y enfatiza su deseo de querer igualar las condiciones de vida de los demás niños.

Troncoso, en su análisis, señala que Jorge Rojas Flores – historiador chileno, dedicado al estudio del movimiento sindical, la infancia y la cultura de masas- es “quien se percata de que Papelucho (1947) sería una de las primeras narrativas que intenta la construcción discursiva de una voz y perspectiva infantil. Rojas, además, identifica los discursos sobre sindicalismo e inequidades sociales. También contrasta las relaciones familiares en la serie con patrones de crianza en la década de 1960 y 1970”. 


Estaba completamente muerto porque ni chistó. Y lo más raro es que a nadie le importó nada que lo enterráramos sin coronas. Ni preguntaron por él. Sólo que en ese momento al Chirigüe lo llamó su tía y entramos al rancho. Ella le dio un coscacho en la cabeza y lo insultó. —Pelusa… que te llevai palomillando en vez de hacer lo que te mandan -le dijo. —Pero si jui onde me dijo —alegó el Chirigüe. —¿Y cuál es que lo trajiste? —Pero sino estaba el julaho… —¿Y quién te manda a ponerte a jugar con este pijecito? —Pero si apenita llegué no má… —¿Trajiste algo pa’l desayuno? El Chirigüe se dio la vuelta los bolsillos rotos y se rascó un pie con el otro.

(Fragmento Papelucho detective).

Es común encontrar en la literatura infantil palabras que los autores acuñan y que, si bien no existen, pueden comprenderse por su similitud al léxico. Un ejemplo es cuando Papelucho, estando perdido, dice: “Por primera vez me pareció linda la guagua. Era su felicidad que la boniteaba”.

El lenguaje “papeluchiano” nace de su protagonista, quien cuenta los eventos que vive, no hay intermediarios para conocer la historia, lo que vuelve directa la relación entre narrador y lector.Nace así un léxico alejado de la normativa lingüística, pero cercano al mundo infantil, pues su creación es rica en recursos literarios y lingüísticos, lo que permite finalmente comprender que cuando Papelucho dice haber quedado “paralelo” se refiere a estar perplejo ante un evento inesperado. 


La Ji tenía aferrada la guagua gorda y resbalosa de ojos azules y olor de membrillo, pero se le caía de los brazos. Y la mamá de Jolly tenía angustias y terrores de los zangoloteos y apretones que le daba la Ji a su guagua importada.

It is my baby- le decía con voz de ronda.

It is my baby- contestaba la Ji furionda pegándole en las manos que se la querían quitar.

Yo me puse delante y le hablé con voz de honor.

Ji, esa guagua no es tuya ni tampoco sabes ingles.

¿What? – gritó la Ji y me miró perpetua…

                                            (Fragmento Mi hermana Ji, por Papelucho).

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