A quién no le ha sucedido, que, cuando escucha una melodía o una canción, dice: esta canción me recuerda a alguien, algo, un momento, nuestra infancia, mi juventud, los tiempos de militancia política, un viaje, un trabajo, un amigo, un antiguo amor. Esa melodía dando vueltas en la memoria, como los olores, más conocido como engrama, que es cuando a alguien un olor le recuerda algo. Del mismo modo, la música posee un fuerte poder para añorar recuerdos porque activa el hipocampo, una región del cerebro crucial para la formación y recuperación de recuerdos. Activa áreas clave del cerebro relacionadas con la memoria y las emociones, la música puede actuar como una llave que abre la puerta a un montón de recuerdos vívidos. En neurociencias, cuando una canción evoca recuerdos específicos, se conoce como memoria autobiográfica. Esta son experiencias comunes que todos hemos vivido más de una vez.
El poeta Jorge Montealegre (1954) compiló en un libro titulado, Wurlitzer: cantantes en la memoria de la poesía chilena (Asterión Ediciones, 2018). El trabajo de Montealegre reúne poemas de 170 poetas, desde Gabriela Mistral (1889-1957) a poetas nacidos en los años 90 del s. XX y de este siglo XXI. En el libro se puede encontrar a más de 170 cantantes, canciones y grupos musicales. El poeta Ernesto González Barnett (1978) hace algo parecido con su poesía en el libro Playlist (Editorial Plaza de Letras, 2015). Así volvemos al principio. La poesía nació como canto, versos que se cantaban con el acompañamiento de una lira. Mi canción recoge el diapasón de la sombra que canta. Escribió la poeta Winett de Rokha (1892-1951)

Por ejemplo, Rainbow, el álbum recopilatorio de versiones grabadas por Neil Diamond entre 1969 y 1971, me recuerda mi infancia. Los días domingo, trasladándonos en auto de desde la casa de mi padre en Ñuñoa a la población Juanita Aguirre en Conchalí, donde vivía con mi mamá, mis hermanas y mi hermano. Otro ejemplo es Milonga del ángel de Astor Piazzolla (1921-1992) me conecta profundamente con la obra de teatro Primavera con una esquina rota de Mario Benedetti (1920-2029) en el teatro ICTUS. Recuerdo que estuvo en cartelera por varios años. Repaso en especial ese 28 de marzo de 1985 en el fragmento que comparto de Banda sonora incluido en mi libro Golpe, cuadernos de 1983-1993 (Rumbos Editores, 2023).
Siempre que íbamos al teatro o al cine, nos encontrábamos con las manos en la oscuridad. Ayer me acordé del teatro La Comedia a oscuras buscando tus manos mientras sonaba el bandoneón de Astor Piazzola de fondo.
Durante la actuación de Roberto Parada, el monólogo dolió en el hijo que faltaba: la vida es eso, otro dolor sobre el dolor, otra música sobre la música… ¡Es tantas puertas!
En la calle caminamos tomados de la mano por Merced hasta José Miguel de la Barra. Te pregunté si era tarde para ir al motel de calle Mosqueto como habíamos quedado. El deseo es tantas cosas. «Milonga del ángel» se quedó para siempre sonando junto al acorde quebrado del bajo y el casi distraído sonido del bandoneón, como la banda sonora de nuestra juventud, acordándome, años después, que cuando íbamos al teatro o al cine, siempre nos buscábamos con las manos en la oscuridad.

Era común dedicar canciones mediante la radio, especialmente en programas de música en vivo a través de líneas telefónicas abiertas al aire solicitando una canción para amigos, familiares o parejas, casi siempre expresando sentimientos o celebrando momentos alegres. Presagiando el WhatsApp, YouTube y Spotify, sin saberlo, la música fue el mejor de los consuelos. Nos relacionábamos con las canciones a través de la radio, las cintas de casete de un modo especial. Imagina por un momento que, a una amiga, un amigo, o a esa persona a la que no te atrevías a hablar, estaban escuchando lo que les habías grabado en un casete. O darte cuenta de cómo, aquellas canciones prohibidas por la dictadura se iban multiplicando de casete en casete. Fue mantenernos maravillosamente conectados, “en línea”, hace cuarenta años atrás. Como aquella vez que entré al salón comedor de la residencia donde pasó sus últimos años mi querido Ginés. Recuerdo que tenían puesta una canción de José Luis Perales. Cuando me crucé con una de las cuidadoras me dijo: Cantar una canción es algo más, alivia; dicen.
Volver a las canciones de la mano de la poesía, regresar a los recuerdos que nos emocionan, como la canción de Luis Eduardo que me empujó a escribir esta nota: Miro el instante que ha fijado la fotografía / pero queda la música, ah-ah-ah / queda la música, ah-ah-ah / queda la música, aah-ah-ah / queda la música, ah.
Y tú que me lees, lectora, lector de poesía, melómano, ¿cuál es tu banda sonora?
Leer notas anteriores de Dante Cajales Meneses
2 comments
Que conquistador relato de tanta certeza….cómo siempre un agrado en el escape de la turbulencia. Un abrazo
Excelente!!