El hombre acongojado

por Juan Enrique Piedrabuena

Un hombre acongojado,

vestido de terno y corbata,

se sentó en la barra del bar,

mirando derrotado

la punta de sus zapatos.

Como era su costumbre

pidió un café y el diario,

revisó afanosamente

las noticias y sus intersticios,

nada nuevo en el horizonte.

Miró a su alrededor

y enamorado le sonrió a

una bella camarera.

Nadie se percató de su presencia.

Estaba solo en

medio de una multitud vociferante.

Las miradas le traspasaron

como si fuera un vidrio transparente.

Escuchó tambores y pitos en la calle,

todo estaba pasando en otra parte

y había esperanza en el aire.

El hombre acongojado analizó su agenda,

no tenía nada que hacer,

no tenía donde ir.

Entonces se levantó de su silla hueca

y uniéndose a la multitud,

marchó con ellos a otra parte.

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