20
Un hombre acongojado,
vestido de terno y corbata,
se sentó en la barra del bar,
mirando derrotado
la punta de sus zapatos.
Como era su costumbre
pidió un café y el diario,
revisó afanosamente
las noticias y sus intersticios,
nada nuevo en el horizonte.
Miró a su alrededor
y enamorado le sonrió a
una bella camarera.
Nadie se percató de su presencia.
Estaba solo en
medio de una multitud vociferante.
Las miradas le traspasaron
como si fuera un vidrio transparente.
Escuchó tambores y pitos en la calle,
todo estaba pasando en otra parte
y había esperanza en el aire.
El hombre acongojado analizó su agenda,
no tenía nada que hacer,
no tenía donde ir.
Entonces se levantó de su silla hueca
y uniéndose a la multitud,
marchó con ellos a otra parte.