Las niñas y niños del 70

por Dante Cajales Meneses

Septiembre, septiembre: La llegada de septiembre para los de mi generación es una mezcla de emociones, una carga afectiva significativa que nos conecta con un pasado doloroso colectivo y personal en nuestro país. Se mezclan los días luminosos para subir cerros verdes, hacer un asado, encumbrar volantines, compartir con la familia, los amigos. Por otro, de silencio, cuando pasa un helicóptero o una avioneta por el cielo azul de Santiago. Recordar abre heridas profundas no cerradas del golpe de Estado cívico-militar de 1973. Aún, después de cincuenta y dos años, continúa siendo una extraña combinación de alegría festiva y solemnidad histórica que se juntan cuando comienza septiembre.

Para las niñas y niños de mi generación que entonces teníamos cuatro años en 1970 y siete en 1973, siempre se nos habló en tono casi mesiánico. Porque eran los tiempos del “hombre nuevo”. Las calles fueron tomadas por una juventud como la de París del 68 y por un bando u otro local para captar el voto de los electores de entonces. Nuestras madres, padres, abuelos, abuelas, hermanos mayores que podían votar. Ese “hombre nuevo” fuimos, ni más ni menos los niños y niñas de los 70. Una generación con futuro que, al término del mandato de Frei Montalva, se promulgó la ley que creó la Junta Nacional de Jardines Infantiles y, a principio de la administración de Salvador Allende, se materializó en ley la medida número 15 de su programa de gobierno: la entrega del medio litro de leche para los niños y niñas de Chile, sin importar su condición social. La medida es uno de los aportes más significativos en materia de salud pública y nutrición que se le reconoce al presidente Salvador Allende. Vates como Raúl Zurita, Gonzalo Millán y Claudio Bertoni bautizaron a los poetas adolescentes de los años ochenta como “Generación del medio litro de leche”. 

Cartilla informativa a las madres 1971(Memoria chilena) / Afiche de promoción en 1971 (Diseño de Vicente y Antonio / Larrea y Luis Albornoz) 

Septiembre, primavera, fiestas patrias, golpe de Estado. Una mixtura de sentimientos. Ello ocurrió en un contexto de sueños y compromisos con cambios rápidos en el modo de vivir, lo que incluía la niñez, nuestra niñez.  Se hablaba del “hombre nuevo”. En el contexto de las navidades de 1970, cuando la señora Hortensia Bussi presidió el Comité Nacional de Navidad, se refirió al momento como “el comienzo de la formación del niño nuevo”. 

Los niños de los 70 hemos tenido que aprender a convivir con muchos cambios. La reconversión a los nuevos formatos de vida ha sido una constante en nuestra generación. Fuimos testigos de la llegada de televisión en blanco y negro primero, y a color después. A fines de los ochenta tuvimos que aprender a reemplazar la máquina de escribir por las computadoras y el teléfono fijo por el teléfono móvil. Vimos pasar cinco papas, un alunizaje, el término de la guerra de Vietnam y la crisis de los misiles cubanos en plena Guerra Fría, varios transbordadores espaciales, una dictadura, ocho presidentes, la primera presidenta. Tres terremotos y la mirada global cuando apareció internet colgándonos de la línea telefónica de nuestras casas. No estábamos solos, no éramos los únicos con nuestros miedos.

Puedo escribir que nuestra generación fue parte de prácticas que buscaron mejorar la calidad de vida nutricional, emocional y cognitiva de las infancias en los 70. Pasamos por el Silabario Hispanoamericano, el libro de castellano Montes y Orlandi, el de ciencias Futuro y de francés Orly Passeport. Integraciones inspiradas en Montessori, Paulo Freire y el p. Gerardo Whelan, que la casta criolla rehusó “mestizar”. Somos los niños y niñas que leímos El niño que enloqueció de amor de Eduardo Barrios y Piececitos de niños de Gabriela Mistral. Reímos con Don Gato y su pandilla, Manotas, El lagarto Juancho, Los Picapiedras o La Hormiga atómica. Aprendimos con Pin Pon y el tío Valentín. Los que estudiamos en la educación pública pasamos del liceo fiscal al municipal. Usamos cotona, tomamos distancia, cantamos el himno nacional los lunes, llevábamos el pelo corto, nos hablaron del pecado y la culpa. Aun así, muchos tuvimos que ser autodidactas para mejorar nuestra formación de base. Tuvimos una infancia marcada por la libertad y la autonomía; pasábamos mucho tiempo fuera de casa jugando en la calle en grupo, con menos supervisión de adultos, y desplegamos una mayor tolerancia a la adversidad y los errores. Todo lo memorizamos. Lo cierto es que las niñas y niños de los setenta fuimos, como escribe el poeta Marco Antonio Bugueño en su libro “Niños del olvido”: una fila encadenada de niños viejos / por bendición mudos / por el dolor yertos.

Nosotros, los niños y niñas de los 70, los que jugábamos en la calle hasta tarde, bebíamos agua en la misma manguera y no pasaba nada. Nosotros, los que nos daban el vuelto en dulces. Los envejecidos de nosotros mismos. Fuimos una generación que comenzamos a desafiar las normas establecidas en un mundo lleno de tensiones morales, sociales, políticas y económicas. Septiembre, septiembre: Oh primavera / devuélveme a mi pueblo / Qué haré sin ver mil hombres / mil muchachas. (P. Neruda) Con infinito amor termino esta nota y escribo: el hombre nuevo no llega por decreto. Algún día, nos perdonará la primavera, algún día.

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1 comment

Roberto Hormazábal Pérez septiembre 10, 2025 - 9:44 pm

GRACIAS DANTE!!!!!…. Por mantener en la memoría, recuerdos, sensaciones y emociones de una generación adoctrinada y violentada sistemáticamente (aunque no sé si ha cambiado mucho el escenario), GRACIAS por NO OLVIDAR….

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