En la izquierda y ciertos sectores de la ex-Concertación han dado vueltas y más vueltas respecto de la “transición”, ya sea para explicar o explicarse el que aún no hayamos culminado determinados objetivos programáticos; para exigir su cumplimiento (con lo cual supuestamente culminaría) o excusarse por no haberlos alcanzados en virtud de que aún estamos en transición.
Quienes suscriben estos conceptos, harían bien en recordar que conforme a esta categoría el país llevaría ¡52¡ años en transición : de 1970 al 1973 la transición al socialismo; el 73 nos dijeron que el Gobierno Militar era transitorio; luego los ideólogos del régimen decían que con la Constitución de 1980 comenzaba el proceso de transición; después con el plebiscito de 1988, donde se aprobaba o rechazaba la permanencia de Pinochet a la cabeza del gobierno, ahora sí se iniciaba en serio la transición.
Pues bien, transición, dice el diccionario, es la “acción o efecto de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto”. En nuestro caso cabe consignar que el proceso de tránsito se inicia con la victoria del NO –por cuanto allí se expresa con el sufragio y se constituye una mayoría ciudadana que quiere un cambio democrático para el país- y concluye con la asunción del gobierno de Patricio Aylwin, elegido democráticamente.
De allí en adelante lo que tenemos es un proceso de democratización de la sociedad chilena. Se podrán argumentar toda suerte de críticas al curso democrático, pero no se puede sostener seriamente que estamos en un tránsito donde lo “nuevo” aún no emerge y la vieja situación no se resigna al ocaso.
A contar de 1990 tenemos un estado de cosas cabalmente distinto al de antes del Plebiscito-1988. Desde el momento que existe un poder ejecutivo, legislativo y municipios elegidos por sufragio universal; que no se practican desde el estado el asesinato político, la desaparición de personas, la tortura, el exilio; que nadie puede ser detenido sin orden judicial; el ejercicio de las libertades de reunión y expresión; etc., etc. Estas son diferencias esenciales entre un estado de dictadura y un estado de democracia
En respuesta a opiniones del general(R) Ernesto Videla, el ex Presidente Aylwin señaló: “Fruto de esas deliberaciones fue el proyecto de reforma constitucional que el país aprobó en el plebiscito de ese año (1989)…En esas negociaciones lo único que se convino fue el texto de las referidas reformas constitucionales…ni se convino acuerdo alguno aparte de los que se hicieron públicos. No hubo nada secreto, reservado, ni tácito o implícito”.
Concluye en que: “Por tanto, asevero formalmente que en las negociaciones entre la Concertación de la que yo era vocero y los personeros del régimen anterior no hubo ningún acuerdo secreto ni tácito, sino solo lo que el país conoció”. (El Mercurio,18–abril, 2000).

El general Videla replica expresando que: “Con posterioridad a una respuesta a contradictores de opiniones mías vertidas en una entrevista en “El Mercurio” en la cual sostuve que nuestra transición se hizo conforme a un pacto de carácter transaccional, el ex Presidente de la República don Patricio Aylwin ha afirmado que no es tal…Las partes -con patriotismo, inteligencia y realismo- transaron y convinieron lo que era fundamental y posible en aras de la paz.” (El Mercurio, 25-abril, 2000).
Por su parte, coincidiendo con Videla, Daniel Jadue señaló: “En síntesis, impedidos de usar las armas, se dotaron de un conjunto de dispositivos de control que le aseguraron, a la extrema derecha, en una transición absolutamente pactada, el poder controlar los destinos de la nación a pesar de ser minoría”. (“Chile Actual: crisis y debate desde las izquierdas”, pg. 93).
La “transición pactada” nunca se realizó. En todo caso dejemos en claro que si tal “pacto” se hubiera efectuado no habría en ello nada de reprochable puesto que en ningún plano de la vida es a priori negativo hacer una transacción. Sin ir más lejos, la transición española se realizó bajo el “pacto de la Moncloa” que, entre otras condiciones, estableció que no se realizaría juicio a los crímenes políticos perpetrados durante el franquismo.
Pero esa no fue la situación chilena, acá lo explícito es que todas las fuerzas democráticas (incluido el PC) decidimos reconocer la Constitución de 1980, al concurrir al plebiscito de 1988, por cuanto evaluamos que por el camino institucional de ella era posible desalojar a Pinochet y a la derecha del gobierno e iniciar así el proceso de democratización del país.
Tal evaluación y decisión fue correcta (de lo contrario Pinochet habría sido presidente “institucionalizado” por otros ocho años más) y ella no implicó convenir con el régimen ninguna clase de pacto.

Por lo demás, es bien sabido que los partidarios de la dictadura no tenían, antes del resultado del Plebiscito-88, disposición a conceder nada y que, por lo tanto, el conjunto de reformas a la Constitución que se logra después de ese resultado fue producto de la modificación de la correlación de fuerzas a favor de la opción democrática.
Especular con una supuesta “transición pactada” es subvalorar y menospreciar nuestros propios esfuerzos y opciones estratégicas. Todo lo avanzado lo ha conquistado la mayoría de chilenas y chilenos en virtud de su voluntad democrática.
Si no hemos avanzado más y más rápido es porque no hemos sido capaces de acumular fuerzas aún más mayoritarias y coherentes programáticamente para doblegar a la minoría conservadora. Pero debe estar claro que nadie nos ha regalado nada.