«La madre debe tener el hijo, aunque este salga anormal, aunque no lo haya deseado, aunque sea producto de una violación o, aunque de tenerlo derive su muerte». (Jaime Guzmán, 1974)
Con esta frase debería bastar para entender qué significa un ser humano de sexo femenino, para quienes abrazan como guía ideológico a este difunto elevado por ellos a la máxima categoría de los pensadores nacionales: para ellos, la vida de una mujer solo vale como vehículo para la reproducción humana.
La poeta y pensadora estadounidense Adrienne Rich, nos llama a recuperar el valor de cuerpo de la mujer, que “ha sido máquina y territorio, desierto virgen para explotar, y cadena de montaje que produce vida”. Antes de morir, nos legó su esperanza de que la mujer vuelva a presidir su propia entidad corpórea y pueda transformar la existencia humana hacia una nueva relación con el universo.
Las geopolíticas determinan si hay que aumentar la población o disminuirla. Esas decisiones se materializan en los cuerpos de las mujeres, y el Estado tiene instrumentos y estrategias para lograrlo: máquina y territorio.

Señoras y señores, amigas y amigos: la maternidad no es el destino de las mujeres, es una opción. Es su derecho comprometerse o no con ella. No estamos transgrediendo la Naturaleza al no querer tener una prole que no deseamos, aunque arbitrariamente lo digan por ahí, unos venerados libros, editados convenientemente por algunos, que predican a los cuatro vientos su dominio sobre las mujeres (aunque sean ellos infinitamente inferiores). Tanto la condena religiosa, como la criminalización del Estado, han demostrado ser ineficaces a la hora de atajar a las mujeres que han resuelto abortar. Algunos seres de sotana llegaron al límite de violar, obligar al aborto, y celebrar la misa de la difunta que murió durante las maniobras de eliminación del feto ya hecho embrión. Bueno, son cosas de la fe…
¿De quién son las mujeres?
Primero, tengamos en cuenta que las frases contra el derecho al aborto son contra las mujeres y a favor del control social sobre ellas. Sobre esto, basta pensar en los intereses geopolíticos y lo que se requiere de ellas.
El principal botín de guerra siempre han sido las mujeres, pues resulta una perfecta humillación para el enemigo que siente que han violado su propiedad, ”nuestras mujeres”, como le gusta decir al discurso gobernante. En segundo lugar, el “vencedor” avasalla a los vencidos y viola a sus mujeres para imponer sus genes en los que vendrán. Los españoles inseminaron a las mujeres de nuestro territorio y que ellos llamaron indias, inventaron el mestizaje español-mapuche y … ahí estamos. Muchas familias chilenas se fundaron a partir de una violación. Resultado: Iglesia contenta, padres contentos, violador perdonado, y una mujer atada para siempre a su violador.
La Iglesia Católica y su pensamiento histórico sobre el aborto

Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, no nos proveen de muchas referencias sobre el aborto, y las que hay son algo enredadas. Durante gran parte de dos mil años de cambiante existencia, la catolicidad no miró al aborto como equiparable al homicidio. Para Santo Tomás de Aquino (1225-1274 dC), “el alma no es infundida antes de la formación del cuerpo”. Por su parte, San Agustín (354-430 dC), quien fuera el obispo de Hipona y el máximo pensador del cristianismo, consideraba que el embrión no tenía alma hasta 45 días después de la concepción. Por eso, distinguía entre el aborto realizado sobre un feto animado (que consideraba homicidio), del aborto practicado sobre una materia amorfa e imprecisa, sin alma humana, que igualmente repudiaba pero que tenía una pena menor.
Al parecer, la tradición cristiana y las escrituras sagradas son interpretadas una y otra vez por las distintas generaciones, para apoyar sus intereses y discursos propios según el momento, manteniendo, claro, la idea de sumisión de las mujeres a lo masculino.
Es así que hoy en día, moros y cristianos (muchos moros posando de cristianos), intervienen en la discusión sobre el proyecto de ley de despenalización del aborto, enfocándose en la humanización del feto o embrión, aunque sabemos que raramente los fetos abortados reciben sacramentos antes de ir al container de desechos.
El embrionismo o fetismo
El embrión, hasta la diferenciación celular que conduce al feto, nos decía el filósofo chileno Jorge Palacios, es solo un conglomerado de células indiferenciadas que no posee órganos ni atributos humanos. Agregaba que los embriones al inicio de su desarrollo son idénticos en todas las especies, y que “una hora después de la fecundación, todos los embriones –el de un pejerrey, de un pollo, de un perro o de un gorila– son iguales; que a. los tres meses de gestación, el feto de un chimpancé sólo se diferencia de un feto humano, en que ya es peludo”. El embrión de un chimpancé comparte con los de la especie humana, el 99% de los genes, nos recuerda Palacios. Sólo la teoría de la Iglesia Católica, en el sentido de que el embrión humano conlleva un “alma inmaterial”, y por ende indemostrable, los diferenciaría radicalmente, asevera. Santo Tomás de Aquino y San Agustín, nos dice el filósofo, opinan que, en el Juicio Universal, cuando resuciten hasta los nacidos muertos, no participarán los embriones.
¿Qué es un hijo o una hija, para las mujeres?
Para las mujeres ser madre de familia es de enorme transcendencia y no la ven como objeto de improvisación. La maternidad no puede acogerse en medio de penurias, de violencia, de dignidad humillada, con la emocionalidad quebrada; no quieren traer hijos a un entorno adverso, escaso de bienestar y posibilidades de desarrollo. Para algunos, carentes de empatía de clase/género, es difícil de entender.
Otros, cuando insisten en forzar el nacimiento de fetos inviables, parecen ignorar que el cuerpo materno sufre un sinfín de trastornos durante la gestación y la lactancia, haciendo que durante el posparto deba recuperar las condiciones altamente alteradas del sistema endocrino, respiratorio u otros. Por eso no es tan fácil que una mujer quiera vivir todo eso, para conseguir una maternidad sin bebé.
Hay circunstancias en que las mujeres no desean tener hijos(as) porque el momento de la concepción ha sido forzado por las pautas sociales y, o, por un violador, incestuoso o no.
Nuestra chilenidad de mente subdesarrollada no es capaz de hacerse cargo de sus camadas humanas en forma más hospitalaria. La sociedad les ha fallado a estos seres obligados a nacer por ella misma, y se obsesiona con la construcción de encierros para quitarlos de su vista. Jóvenes “antisociales”, se les llama cuando crecen malformados por el abandono y el menosprecio, olvidando que es ella misma una comunidad antisocial, en contra de la vida digna, justa y humana.
El fervor “moral” de perfil fundamentalista, que practica y promueve el Vaticano, en torno a la defensa de las “potencialidades” de embriones y células-madres, debiera centrarse en los millones de niños que mueren cada año en el mundo, por enfermedades que se pudieron prever o curar, por desnutrición, por maltratos en encierros del Estado, o por la desesperación de padres desplazados que hoy cruzan desiertos y otros infiernos. Y no son seres humanos potenciales, sino reales.

Diariamente sabemos de niñas y niños que viven abusos y torturas domésticas, abandono y otros maltratos a manos de sus padres, abuelos, el “tío-vecino” u otro agente abusivo. Estos hechos reprobables y dolorosos suelen tener origen en paternidades y maternidades no deseadas, no preparadas para recibir a estos polluelos.
Históricamente, se han dedicado más esfuerzos a encarcelar a las mujeres que intentan no llevar a término la concepción de nuevas criaturas que ellas saben que no podrán proteger, o que no quieren recibir. Obligamos a nacer a inocentes que nadie desea ver, a los que no tenemos nada que ofrecer como grupo humano. Hay quienes se ufanan porque “la obligué a tenerlo” y que luego se han desentendido del futuro de esa criatura, con elegante indiferencia.
Es un argumento socorrido, ese de que tienes la alternativa de dar a la criatura en adopción a personas que “podrán cuidarlas y hacerlas felices”. Pero eso es solo reducción de daños, y promoción de un mercado de adopciones.
Quienes se autoproclaman “partidarios de la vida”, suelen ser partidarios del inicio de esta, pero no de su continuación con estatus humano. Necesitamos fortalecer una cultura de dignidad para las mujeres y su potencial reproductivo, de respeto por su opinión y su libertad personal, disminuyendo al máximo las posibilidades de que sean víctimas del sometimiento sexual y otros abusos de poder.
Las mujeres deben dejar de vivir al vaivén de los dogmas, de culturas hegemónicamente masculinizadas, o de las necesidades demográficas del período.
La Iglesia Católica ha ido mutando sus posturas, lo que nos sugiere que quizás puede seguir cambiando a medida que evolucione la perspectiva de los derechos, los que no siempre estuvieron presentes como hoy. Nadie anhela un aborto, pero muchos creemos que los niños y las niñas tienen derecho a nacer deseados, porque sin él no es posible el cumplimiento de todos los demás. Cuando se habla de legislar sobre la interrupción del embarazo, saltan las voces de siempre diciendo que aquello fomentará el aborto y el libertinaje. Probablemente haciendo uso de sus bolas de cristal para adivinar un futuro que no ven.
Seremos un gran país cuando la necesidad de abortar sea sólo un mal recuerdo. Por ahora, no podemos criminalizar a las mujeres que han sido obligadas a hacerlo, con responsabilidad y honestidad.
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Muy buen aporte Mónica. Felicitaciones… eres total . Son necesarias miradas lúcidas sobre este tema.