Cuando era más joven militaba con el propósito de cambiar la historia. La del mundo. La de la humanidad. Estaba convencido de que dejar atrás el capitalismo y embarcarnos hacia el socialismo no podría hacerse en un solo país. Menos todavía en uno del tamaño de Chile. Hacer política enfocadas en Chile no tenia sentido. Las que militábamos sabíamos que no conduciría a nada. No quedaba otra: había que cambiar el mundo.
No se había inventado la globalización en aquellos tiempos. En rigor, había dos globos. La pugna entre ellos definiría el futuro de la historia global. Con mis camaradas éramos parte de uno, comprometidas a pesar de los defectos que percibíamos en nuestro lado. Estábamos seguras de que Inventar algo propio en Chile era ilusorio.

Quimérico, si se quiere, percibido con el ánimo que dan los años, y el giro que dio la historia. Sentirse, cada una, agente necesaria de un gran movimiento en lucha por la transformación epocal de la humanidad. Hasta delirante.
Pero realista, aterrizado, maduro y sensato, ¿qué más sinónimos puedo usar?, en lo que respecta a considerar fundamental la pequeñez de Chile en el mundo. Su impotencia en el mundo ancho y ajeno. Hoy global – global.
Echo de menos esa madurez. Puede ser la edad.