Azar y decadencia humanitaria. Por Sergio Canals L

por La Nueva Mirada

Crisis humanitaria (y del humanismo). Violencia emergente en la manifestación contra los emigrantes ilegales desalojados en Iquique. Quema de sus enseres. Nacionalismos regionales. Microfacismos. ¿Hechos azarosos e imprevisibles que sencillamente ocurrieron? ¿Sólo desconocimiento sobre lo que pensaban y sentían las personas de Iquique sobre esta nueva convivencia y su realidad? ¿Temor frente a la alteridad del otro? ¿Incapacidad política para su manejo? ¿Fenómeno global complejo? Todas las anteriores, y más.

En noviembre de 1958 se celebró un encuentro coloquio en el Teatro-Museo de Dalí de Figueres, al que concurrieron diversos científicos de primer nivel como René Thom, Ylya Prigogine y otros investigadores, físicos teóricos, matemáticos y biólogos con el aporte del propio Dalí. Dirigido por Jorge Wagensberg, fue presentado al público en un libro llamado “Proceso al Azar”.

¿El Azar ontológico, como derecho de la naturaleza? ¿O el azar epistemológico, como producto de la ignorancia? Libertad, determinismo y creación de lo nuevo en juego. Dos visiones del universo, el mundo, la vida, la destrucción y la realidad entrelazadas.

Finalmente ¿Azar o ignorancia? Fue un arduo debate con soluciones abiertas y complementarias.

“Las dos son correctas. En mi opinión lo que llamamos azar es en realidad caos y parece ser parte esencial en la evolución en los seres vivos (la huella de lo vivo). Pero también tiene sentido decir que nace en la ignorancia, ya que el caos es determinístico, y a pesar de ello (en general por su sensibilidad a las condiciones iniciales) somos incapaces de predecir su trayectoria (ignorancia)”.

Incapaces de predecir la trayectoria de la violencia y el fuego. Masa y fuego en tiempo real. Ya lo vimos en plena intensidad el 2019, y lo seguiremos viendo. Elías Canetti insiste en que la masa se representa en el fuego. “El fuego como símbolo de masa ha entrado en su economía psíquica y conlleva una parte inalterable de ella”. Cuando emergen el fuego y la masa, amenazan por todas partes con intención hostil y destructora. Avanzan al compás del espantoso viento emocional. Luego, la fascinación por su poder de vida y muerte arquetípicos. Se contempla. Y después, a limpiar las cenizas para que no queden rastros de lo hecho. Se ha llevado a cabo la purificación. La adoración del fuego.

En Iquique la tribu local se levantó contra la tribu de extraños que sienten los invaden. Usurpan y destruyen su territorio y los bienes. Antaño, la llegada de los desconocidos con sus formas y maneras culturales diferentes, eran sinónimo de peligro. Habitualmente venían en son de guerra a robar el alimento y las mujeres.

Estos miedos atávicos permanecen en el inconsciente mítico simbólico, y fácilmente pueden representarse en el imaginario colectivo. Pueden ser azuzados ideológica y políticamente, borrando de un plumazo el barniz socio cultural humanitario. Si las condiciones se crean -y que mejor que una masa “autoconvocada” a través de las redes sociales-, pueden emerger fenómenos violentos caóticos y destructores. El temor y la rabia como impulsos primarios. Objetivo final, destruir y hacer desaparecer el rostro peligroso de un otro distinto, hoy agravado por la connotación de apestados por el virus. Me pueden contagiar. Me pueden asaltar. Me van a dejar sin trabajo. Llegan todos los “vicios”. Drogas y sexo sin control. No respetan nuestros valores familiares. Van a robar. Aún más, pueden ser sicarios y asesinos. Todos los males de hoy, nuestros propios fantasmas y monstruos, representados y encarnados en este otro distinto. Ese otro distinto, que también es igual a uno.

Quizás, lo que está de fondo, es el miedo a mirar cara a cara el rostro distinto del otro que nos interpela con un mensaje devastador. Tu eres, nosotros somos, el primer responsable solidario de todos los demás, especialmente de los más vulnerables y sufrientes. Del prójimo, mi hermano. En eso consiste el sentido primero de lo humano en su humanidad y dignidad esenciales.

La crisis humanitaria, la decadencia actual de la humanidad, va a la par de la desaparición del amor a la vida y a lo humano. Al temor a reconocer nuestro propio ser de lo humano. A la negación ética espiritual del otro y de nosotros mismos.

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