El retiro de los fondos previsionales ha sido reconocido unánimemente como una mala política pública que hace recaer el costo de la crisis en los propios afiliados y supuestos propietarios de ellos. Ante el vacío de un apoyo estatal a los amplios sectores sociales afectados por el desempleo y bajos ingresos postpandemia surgió como una salida de emergencia que se fue desnaturalizando con desastrosos efectos para las expectativas futuras de una gran mayoría a la deriva.
Tras el sorprendente rechazo en la cámara de diputados de un quinto retiro, extendido también a la fórmula “acotada” del nuevo gobierno, abundan las interpretaciones tan encontradas y cruzadas como la votación misma del pasado lunes. El diputado Carlos Bianchi aventura que ganó el gobierno y perdió la gente. Otros afirman que el Ejecutivo sufrió una dura derrota al no contar con los necesarios votos del oficialismo y de la DC. Otros apuntan contra la gestión del ministro Jackson o apuestan que, a fin de cuentas, el titular de Hacienda respira más tranquilo.
Ciertamente no pasó inadvertida la reiterada advertencia de Mario Marcel sobre los efectos perversos de un nuevo retiro que podría sumar cinco puntos adicionales a una inflación que ya se proyecta en torno a un 10 % para el presente año, haciendo más gravosa el servicio de la deuda externa y poniendo en riesgo el cumplimiento del programa de transformaciones de la nueva administración.

Más allá del ruido mediático, explicaciones cruzadas, pasadas de cuentas y el esperable anuncio de un nuevo proyecto de retiros de fondos por parte de los conocidos de siempre, llega la hora de superar el círculo vicioso vía transformaciones y reformas largamente postergadas. Como una integral del sistema previsional, que asegure pensiones dignas y una reforma tributaria que permita financiar el ambicioso programa de gobierno ofrecido al país. Y hacerse cargo de desafíos mayores que estuvieron en la base de apoyo con gran votación en segunda vuelta al Presidente Boric y, antes, en el surgimiento del proceso constituyente como salida de emergencia al colapso del gobierno de Sebastián Piñera. Entre ellos, las listas de espera en salud, las brechas educacionales acentuadas por la pandemia, la naturalización de la violencia y el avance del crimen organizado, la crisis migratoria y la compleja tensión en la Araucanía.
Volviendo al origen del debate sobre fondos previsionales se refuerza el desafío para detener o mitigar el proceso inflacionario y mantener el poder adquisitivo de los trabajadores. Nada fácil. La inflación es un fenómeno global, en buena medida explicado por la pandemia, agravado por la guerra en Ucrania, con fuerte impacto en el precio de los alimentos y combustibles. Las economías desarrolladas registran cifras históricas de alta inflación y el fenómeno se reproduce en la región y nuestro propio país con los estímulos ya señalados.
El (des)orden oficialista
Es mayor el desafío del gobierno para articular sus disímiles bancadas parlamentarias. El “discolaje” las cruza transversalmente. Las recientes votaciones lo dejaron al desnudo. Más allá del PC y el Frente Amplio, con honrosas excepciones cunde el desbande, particularmente en el PPD y muy marcadamente en el PDC. Se refleja la ya reconocida crisis de la política y sus protagonistas, con directivas partidarias limitadas para ordenar a sus propias bancadas.
El fenómeno de díscolos con “agenda propia” para satisfacer electores cunde con ojos puestos en una próxima elección. No por extendido en otros países este fenómeno deja de tener gravedad para el juego democrático. Así, algunos no parecen tener otra agenda que los retiros, aunque la justifiquen como “la vía más expedita para terminar con las AFPs”.
Los tradicionales partidos ideológicos atraviesan por una profunda crisis, con pérdida de credibilidad en la ciudadanía y evidentes pugnas internas, facilitando el espacio a los llamados partidos instrumentales o “vientres de alquiler”, con ideologías difusas, nucleados en torno a caudillos, generando una fuerte disgregación política, que hace cada vez más difícil la gobernabilidad del país. Ello pone una nueva nota de alerta respecto del nuevo sistema político que hoy se debate en la convención constituyente.

Así se hace más desafiante para el gobierno su sustento parlamentario en dos coaliciones de difícil convergencia en el corto plazo. El único tránsito viable reside en un creciente compromiso con las transformaciones que lidere el Presidente Boric. El éxito o fracaso del gobierno es muy determinante para el futuro de la izquierda y el progresismo, con la amenaza latente de una alternativa de derecha o ultraderecha.
Así el mayor desafío para la nueva administración, sorteando escollos no exentos de “autogoles” políticos es impulsar su programa para convertir su mayoría electoral en una mayoría social y política, que trascienda la frontera de las actuales coaliciones partidarias, tal y cual se manifestó en la segunda vuelta que instaló a Gabriel Boric en La Moneda
La suerte del proceso constituyente
Para bien o para mal algunos sostienen que la suerte del proceso constituyente ya esta jugada. Especulaciones no exentas de una fuerte campaña de desprestigio para el intenso proceso en sus días decisivos ya constituyen un dato de la causa. En tres semanas más el pleno de la convención deberá despachar las propuestas de las comisiones y preparar el borrador de nuevo Constitución, que deberá ser sometida al llamado proceso de armonización, con atribuciones mas bien limitadas, hasta ahora. Un proceso que no ha estado exento de criticas cruzadas y en donde las encuestas resaltan un fortalecimiento de la opción por el rechazo.
Así el principal desafío que hoy enfrenta no tan sólo la convención constituyente, sino todos aquellos sectores que viabilizaron una salida política e institucional al estallido social (incluyendo al gobierno, organizaciones sociales y partidos progresistas) es trabajar por el éxito del proceso y una masiva aprobación en el plebiscito ratificatorio.
Ello exige un ejercicio de realismo y responsabilidad política de parte de los propios convencionales para culminar una propuesta de nueva constitución que aspire a ser la casa de todos y todas. La suerte del gobierno y los partidos que lo apoyan está indisolublemente vinculada al éxito del proceso constituyente.