Julio Jung: la inolvidable voz de Tarzán

por Cristina Wormull Chiorrini

Hay voces que no se olvidan. Voces que se instalan en la memoria como un territorio propio, incluso antes de que sepamos a quién pertenecen. La de Julio Jung fue una de esas voces: grave, cálida, inconfundible, capaz de poblar la imaginación de miles de niños y niñas que, como yo, crecimos escuchando Las aventuras de Tarzán por Radio Corporación. Mucho antes de convertirse en uno de los actores más versátiles y queridos del espectáculo chileno, Jung ya habitaba nuestras casas sin que lo supiéramos

Cuando era niña, escuchaba cada tarde Las aventuras de Tarzán por Radio Corporación. No sabía entonces que aquella voz profunda que me tenía hipnotizada —la voz que hacía vibrar la selva desde un pequeño parlante doméstico— era la de Julio Jung. Quizás por eso, al recordarlo hoy, siento que su historia también atraviesa la mía: una vida hecha de voces, retornos y escenas que marcaron a un país entero.

Murió hace apenas unos días, el 6 de junio de 2026, a los 84 años, y con él se fue una parte luminosa y contradictoria de la cultura chilena. Pero su voz —esa primera marca, ese timbre que parecía venir de más atrás que él mismo— quedó suspendida en el aire, como si aún buscara la frase justa para volver a hablarle al país.

Julio Humberto Gonzalo Benito Jung del Favero, conocido simplemente como Julio Jung nació en Santiago en 1942, en un país donde la radio era un ritual familiar. A los 18 años ya era protagonista de radioteatros, y su interpretación de Tarzán lo convirtió en un ídolo juvenil sin haber pisado aún un escenario profesional. Esa precocidad no fue casualidad: Jung tenía un instinto natural para la escena, una mezcla de humor, intensidad y humanidad que lo acompañaría toda la vida.

Cada generación tiene sus motivos para reírse. Lo que importa es que la imaginación siempre esté viva. Lo importante es que no paremos de sorprendernos. Julio Jung

Su verdadera escuela fue el grupo Ictus, al que llegó casi por azar, recién salido del colegio. Allí aprendió el rigor del teatro, la disciplina del ensayo, la observación del país que cambiaba. Actuó en repertorios clásicos —Asesinato en la catedral, Santa Juana— y luego en las creaciones colectivas que marcaron a una generación. Ictus era más que un grupo teatral: era un laboratorio político, un espejo incómodo, un espacio donde el humor podía ser resistencia. Jung absorbió todo eso como quien respira.

A comienzos de los setenta, Jung se convirtió en uno de los rostros emblemáticos de La Manivela, un programa humorístico que mezclaba sátira política, crítica social y un humor que hoy parece adelantado a su tiempo. El elenco —Patricio Contreras, Delfina Guzmán, Jaime Vadell, entonces con su muy cercano Andrés Rillón aún fuera de escenarios— formaba una constelación que retrataba al Chile de la Unidad Popular con ironía y lucidez.

Pero el humor también tiene enemigos. En 1972, con Raúl Hasbún a la cabeza de Canal 13, el programa fue removido por su “tendencia política”. Se trasladaron a Canal 9, donde resistieron hasta agosto de 1973. Luego vino el golpe, el silencio, el miedo. La pausa que se tomaron se convirtió en un receso forzado. 

Para Jung, ese quiebre fue definitivo.

En 1973, como tantos artistas, debió partir al exilio. Venezuela lo recibió con trabajo, con público y con una inesperada popularidad televisiva. Allí nació Rumildo, un personaje que lo convirtió en ícono cultural y que lo acompañó incluso al cine. Rumildo era humor, pero también era memoria: un espejo de la vida cotidiana latinoamericana, con sus absurdos y ternuras.

En Caracas también enseñó, actuó, creó, sobrevivió. Fueron casi diez años lejos de Chile, años en que la nostalgia se mezclaba con la necesidad de seguir haciendo lo que sabía: contar historias. El exilio no fue solo un desplazamiento geográfico: fue una fractura emocional, un aprendizaje forzado, una forma de crecer en medio de la pérdida.

Su matrimonio con María Elena Duvauchelle, con quien compartió doce años y un hijo, que sería su único hijo, también atravesó ese período. Juntos construyeron una vida en movimiento, hecha de escenarios, aeropuertos, teatros pequeños y grandes, y un país que se miraba desde lejos.

“…hablar nuevamente como habla nuestro pueblo”. Julio Jung al regresar a Chile

Regresó a Chile en 1984, autorizado por la dictadura, junto a Duvauchelle. El país era otro, y él también. Pero el teatro lo recibió como se recibe a los que vuelven con cicatrices: con respeto, con expectación, con la certeza de que algo había cambiado para siempre.

Juntos estrenaron obras decisivas, entre ellas la versión original de Ardiente paciencia de Antonio Skármeta, semilla de lo que luego sería Il postino. Fue un regreso intenso, lleno de trabajo, de reencuentros, de silencios que no se nombraban.

«Solo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres». Parte de su reflexión de Pablo Neruda, extraída de Ardiente Paciencia

Más tarde, Jung compartiría su vida con Tessa Aguadé, su compañera hasta el final. Con ella vivió sus últimos años, más serenos, más domésticos, pero siempre ligados al oficio.

Aunque su debut cinematográfico fue temprano, su madurez llegó en los noventa. En Amnesia (1994) interpretó a un oficial en retiro que escondía una historia de atrocidades. Jung construyó un personaje inquietante, casi entrañable, cuya humanidad hacía aún más brutal la revelación. Esa actuación le valió premios dentro y fuera de Chile.

Luego vendrían Coronación Cachimba, ambas dirigidas por Silvio Caiozzi, que consolidaron su lugar como el actor chileno más premiado internacionalmente. Tres películas bastaron para fijar su nombre en la historia del cine nacional.

Jung no fue solo actor dramático. Fue humorista, conductor ocasional, rostro de teleseries, figura de programas de conversación, protagonista de avisos publicitarios, creador de personajes populares. Su versatilidad era un sello, pero también una forma de sobrevivir en un medio cambiante. En medio de esa vida televisiva tan diversa, protagonizó una escena que pocos recuerdan pero que revela su temple y su oficio: fue el único artista que reemplazó a Don Francisco en Sábados Gigantes. Ocurrió el 31 de agosto de 1974, cuando Mario Kreutzberger se ausentó por la muerte de su madre. La producción llamó a Jung y él aceptó sin dramatismos, con esa mezcla de profesionalismo y arrojo que lo caracterizaba. Condujo el programa junto a Armando Navarrete, “Mandolino”, sosteniendo en vivo un formato que movía a medio país. Años después recordaría ese día con una frase que lo retrata entero: “Había que salir a escena, no más. La televisión no espera”.

Marcarían historia con Andrés Rillón en diálogos insuperables por su absurda espontaneidad para registrar la convivencia social cotidiana.

En los años dos mil, su vida tomó un giro inesperado: fue concejal de Providencia en dos períodos y luego consejero cultural en Barcelona durante el gobierno de Ricardo Lagos. Para algunos, ese tránsito hacia la política fue una sorpresa; para otros, una consecuencia natural de su compromiso con la cultura.

Veo lo que piensa la gente, Julio Jung aclarando el por qué de usar Tinder y las redes en su campaña a concejal.

Como todo artista de larga trayectoria, Jung conoció también los fracasos: obras que no funcionaron, programas que no cuajaron, proyectos que se diluyeron sin dejar rastro. Pero nunca dejó de trabajar. Su carrera es un testimonio de persistencia, de curiosidad, de una energía que parecía inagotable incluso cuando el medio cambiaba de piel y las pantallas se volvían más veloces, más voraces.

En entrevistas solía repetir que lo que más le importaba era “hablar nuevamente como habla nuestro pueblo”. Esa frase, sencilla y profunda, resume su ética: un actor que no se alejaba de la gente, que no se refugiaba en la solemnidad, que entendía que el humor y el drama son parte de la misma respiración. Jung sabía que el oficio no era un pedestal, sino un lugar de trabajo: un espacio donde se entra con humildad y se sale, cuando se puede, con verdad.

Pocos recordamos que, a finales de 1987, en el ocaso de la dictadura de Pinochet llegó una carta al sindicato de actores y actrices de Chile (Sidarte). En la carta, una amenaza: “A contar de esta fecha: 30 de octubre, los siguientes testaferros del marxismo internacional tienen un mes de plazo para hacer abandono del país. Por un arte y una cultura libre de contaminaciones foráneas”, y, a continuación, un listado de 78 artistas. Ninguno abandonó Chile y convocaron a la solidaridad internacional que junto con mensajes la activista Rose Styron y actores de la talla de Robert Redford, Jane Fonda y Robert de Niro entre muchos otros, se concretó el viaje de Cristopher Reeve (Superman) a Chile.  Esta gran campaña de solidaridad evitó que alguno de los amenazados fuera expulsado o asesinado, pero no impidió el hostigamiento.

“El voto es secreto. El futuro de su país está en sus manos”. Cristhopher Reeve (Superman), campaña previa al plebiscito 1989

Hoy, mientras se revisan archivos y se rescatan escenas de inolvidable e insuperable La Manivela, mientras vuelven a circular sus películas y sus entrevistas, queda claro que Julio Jung no fue solo un actor prolífico. Fue un puente entre generaciones, un intérprete capaz de moverse del drama al humor sin perder humanidad, un hombre que entendió que la cultura también es resistencia, memoria y conversación.

Su voz —esa primera marca, ese timbre que lo acompañó desde los 18 años— queda ahora como un eco que no se apaga. Un eco que recuerda que, incluso en los tiempos más duros, siempre hay alguien dispuesto a contar, a reír, a volver a hablar como habla nuestro pueblo.

Y quizá ahí esté su verdadero legado: en esa mezcla de coraje y ternura, de oficio y riesgo, de humor y herida. Julio Jung vivió muchas vidas —la del actor, la del exiliado, la del maestro, la del político, la del hombre que amó y fue amado—, pero todas ellas compartían una misma raíz: la necesidad de estar presente. De mirar al país a los ojos. De no callarse. De volver, una y otra vez, incluso cuando el escenario cambiaba.

Era un viejo mañoso.” — Definición cariñosa compartida por su exesposa y actriz, María Elena Duvauchelle, madre de su hijo actor Julio.

Su voz ya no está, pero su manera de decir sigue entre nosotros. Y en ese decir —tan suyo, tan nuestro— hay algo que todavía nos convoca: la certeza de que la memoria también se construye así, con voces que vuelven.

Te despedimos con amor, con respeto y admiración. Los que tuvimos la suerte de compartir la actuación y también la amistad contigo, te vamos a extrañar, frase final de la despedida del grupo Ictus

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