Magnifica Humanitas

por Mario Valdivia

¿Vale la pena escuchar la voz del Papa católico? Seguro que sí. Se hunde en una tradición de dos mil años, y más. De ella han nacido quizás las mejores expresiones políticas de siempre en Europa y América, y más allá. Por lo pronto el liberalismo y el socialismo, las más típicas del siglo pasado. El liberalismo, desde el momento en que según la tradición cristiana Dios creó al hombre en su imagen y semejanza. Vale decir, el ser humano, el individuo, tiene algo sagrado, de ahí los derechos humanos, de ahí el respeto a los derechos del individuo y a su dignidad. De ahí también, por ser imagen y semejanza del Dios creador, el individuo tiene razón, autonomía, libertad para decidir, actuar, pensar, y solidaridad con los demás. Y de otro lado, el socialismo encuentra profundas raíces p. ej. en el Sermón Del Monte, con su preocupación por los pobres, los desposeídos, los sin identidad. Eso de que aquello que hacemos al más humilde se lo hacemos a Dios. 

Vale la pena escuchar esa voz precisamente ahora cuando el liberalismo está tan machucado, tan golpeado por todos lados, con tan mala fama como neoliberalismo, como liberalismo woke, como liberalismo tecnocrático de elite. Golpeado, enredado, confundido, desprestigiado. Y la izquierda, para qué decir. Sea en su versión socialdemócrata o su encarnación más radical, el socialismo está confundido. Enredado, parece no tener ideas, norte ni ganas. El mismo asegura estar en crisis, que debe repensarse. De todos lados van y vienen las tesis reconstructivas. Bueno, acá tienen las dos una tradición imprescindible desde la cual rearticularse, repensarse, recuperar energías, refrescar el manantial. 

Vivimos en un mundo de un salvajismo inédito. El Papa habla de la cultura del poder. El afán a toda costa por tener y acumular poder, más y más poder a toda costa. Como tal, normaliza la guerra, convirtiéndola en una simple opción tan normal como dialogar y llegar a acuerdo. Implica también la utilización de la fuerza sin limitaciones. El poderoso aplica con brutalidad la fuerza sobre el débil sin escrúpulos ni proporcionalidad. Conecta las armas con la inteligencia artificial, dándole autonomía para matar sin saber lo que hace. La cultura del poder actúa en nombre de un supuesto realismo político para el cual no hay más intereses que las conveniencias propias, y todo lo demás, un bien común, un orden compartido superior a cada cual, es pura y simple ingenuidad. Por eso, acaba con el diálogo y todo lo que se había avanzado con el multilateralismo. 

El Papa insiste, en cambio, en la necesidad de construir una civilización del amor, cuyas raíces se hunden en la historia. Parece querer decir que hay que perseverar en ella, no dejarse desviar por la cultura del poder. Y tiene cosas simples que decir de cómo contribuir a ella.

Llama a desarmar las palabras. A no usar el lenguaje, esa capacidad humana magnífica, como máquina de guerra. Usarlo para conversar, para dialogar, no para ofender y agredir. Pide evitar el lenguaje ofensivo, agresivo, el lenguaje que minusvalora y desprecia.  

A ponerse en el lugar de las víctimas. En toda relación, en toda interacción, hay víctimas posibles. El Papa pide actuar teniéndolas siempre a la vista. A los desposeídos, los débiles, los con menos poder, los menos competentes y preparados, los más humildes, los que tienen miedo, los sin patria, los migrantes.

Llama por lo mismo a construir la paz con justicia. A no dejarse engañar por la falsa paz injusta, el diálogo impuesto, el acuerdo meramente aparente de la transacción, el deal ventajista o resignado. Es fácil interpretarlos en lo grande y lo pequeño, lo importante y lo cotidiano, lo colectivo y lo personal. 

A cultivar un realismo sano. El Papa pide no ser cínicos, no dejarse llevar únicamente por las conveniencias propias. Pero tampoco idealistas, exigiendo estándares ideales imposibles. Llama la atención un cura con esta preocupación pragmática por lo que es posible, por evitar exigentes alturas virtuosos en las nubes. Parece querer decir que la civilización del amor la construyen muchos, que en ella caben todos, no solamente los idealistas, los puros y angélicos, sino todos quienes no se dejan arrastrar por el cinismo de la cultura del poder. 

Confirma esta intuición su llamado final al multilateralismo y la diplomacia. El mundo debe pasar por un momento de salvajismo demasiado brutal para que el Papa considere que es parte de la civilización del amor el simple diálogo internacional, las prácticas de la diplomacia.

Encarga, finalmente, orar con esperanza. El que tiene fe sabe qué hacer. El que no la tiene, que porfíe para no perder la esperanza, que busque todos los apoyos posibles para no dejarse invadir por tristeza del desaliento.

 Si a un liberal o un socialista le preguntan qué hay que hacer, seguro que no está seguro. Sí lo está este hombre de buen humor, sereno y sin aspavientos que se presentó como obispo de Roma y pastor de los católicos, evitando el título de Papa, en el parlamento español hace unos días. Que menciona y cita a Nelson Mandela, Luther King, Víctor Frankl, Marie Curie, Benazir Bhutto, Nguyen Van Thuan, Hannah Arendt, Tolkien, con un ecumenismo sin atados que no convierte en consigna.    

Vale la pena leerla. Los liberales y socialistas no católicos con mayor razón, obviamente. 

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1 comment

jorge julio 14, 2026 - 4:42 pm

Así es Mario, asi como luchamos por restablecer la democracia porque creíamos en que la dignidad de las personas y sus derechos tenían que prevalecer, ahora también se suma a esa convicción el vehemente llamado de Leon XIV a no dejarse someter a quienes tratan de imponer su poder para instalar una cultura de la deshumanizacion…tambien en Chile

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