Leo y escribo buscando en las palabras lo que no sé de la vida. Escudriño lo que esconde cada palabra hasta comprender su significado. Escribo como si estuviera armando el mundo con piezas de Lego. Pieza por pieza. Buscando todas las formas posibles, hasta alcanzar la figura que me deja satisfecho, tranquilo, con una sonrisa en el rostro. La existencia tiene muchas formas, diversos sentidos; vivir, sufrir, ser feliz, morir. Quizá eso sea lo único verdadero de la escritura, que la realidad la tenemos frente a nuestras narices y no queremos mirar, ni aceptar lo irremediable, el tiempo.
Así he ido armando mi escritura. Con una crítica fiera al presente y una nostalgia intensa por lo que ya viví. Atesorando imágenes y experiencias como si se tratara de un trastorno de acumulación compulsiva por las imágenes del pasado. Sin serlo aún del todo, me asombra lo viejo que me siento. A veces creo que ya no tengo edad para dedicarle la respiración a la poesía, que llegué tarde, muy tarde. Siempre he creído que la poesía requiere unos apasionamientos que los que nos sentimos viejos no logramos encontrar porque estamos atrapados en la retrospectiva de nuestras vidas. Pero aquí estoy. Sospecho que una cierta rebeldía me mantiene en pie cuando escucho rock, blues, jazz, canciones de protesta setenteras, o leo a Arthur Rimbaud, al poeta que detesté en mi escritura temprana, y que hoy leo con apasionado entusiasmo.
Escribo, leo y releo esta nota escuchando la playlist que hice en Spotify antes de la pandemia; Mis 13 años. Canciones que escuchaba bajando el cerro San Cristóbal en bicicleta. Que libre me sentí a esa edad. Del mismo modo escribo esta nota con la nostalgia de la rebeldía, despuntando los hilos de mi modo de leer, rompiendo las costuras de mi propia escritura, tratando de no perder la coherencia de lo que quiero decir porque nunca se aprende a escribir del todo. Pertenezco a esa generación que pudo haber terminado odiando la lectura y la escritura por el método con el que nos enseñaron a leer y a escribir; tiradas de patilla, gritos, reglazos, horas en un rincón de la sala, y la sobreexposición a la burla de un curso que no conoció la solidaridad, porque el maltrato estaba normalizado.
Con los años acumulados, puedo confesar que tuve que aprender a leer y escribir de nuevo. Olvidar lo aprendido para volverlo a aprender de otro modo, con otro método. Descubrí mi capacidad autodidacta para aprender. Desaprender es un verbo duro, algo ofensivo, pero he querido aquí desaprender como lector lo antedicho, aquellas cosas que están en la conciencia de una forma deficiente, para volver a entenderlas de una manera nueva, apasionante y distinta.

Recuerdo en los 90 a un vecino mayor que conocí. Había pasado por varios hogares de menores. Ya dejada atrás la adolescencia, conoció a su compañera. Se casaron, tuvieron tres hijas. Entre las cosas que comparten los vecinos, en una oportunidad me fue a devolver un alicate. Le llamaba la atención mi biblioteca. Se quedaba mirando por largo rato los lomos de los libros, los tomaba, los hojeaba, los olfateaba, los dejaba en su lugar. Una de las tantas veces que entró a mi casa, le ofrecí tomar uno prestado. La tercera vez que le reiteré mi ofrecimiento, me confesó con algo de pudor y vergüenza que no sabía leer. Le propuse aprender y me dijo que no tenía tiempo para retomar los estudios. Le insistí con un “¡Te enseño!”, pero me respondió que no me podía pagar. Le aclaré que no le iba a cobrar, que era un regalo. Así comenzó una de las experiencias más lindas que he vivido en torno a la lectura y escritura. Una amistad que duró años. Aprender a leer es una experiencia mágica que transforma a cualquier ser humano. Independiente de juntar letras y conceptos, aprender a leer es abrir sin miedo el mundo interior para conectarlo con el mundo exterior. Recuerdo que así me trató de explicar el día que leyó por primera vez la cuenta de la luz que estaba tirada en el antejardín de su casa. Me acordé de mi risa cuando encuentro la pieza de Lego que faltaba.
Nunca se aprende a escribir poesía, pero creo que ahora, cuando la leo o la escribo, palpo el precipicio con un cierto vértigo. Esa descripción me pone en alerta, pues ahí muchas veces nos aproximamos a la locura. La palabra que alumbra te rescata. En cualquier caso, esta no es una nota críptica. Al final, la oscuridad alcanza claridades inéditas y todo adquiere un orden nuevo, severo, pero también con ribetes cómicos. Aunque sí es un conjunto de ideas sobre cómo aprendí a leer y a escribir. Cómo le tomo cariño a este oficio y que a estas alturas no podría vivir sin él. En cómo “La nueva mirada” me ha dado una libertad de acción para escribir que me llena de gratitud: “Escribe lo que quieras”, ¡maravilloso! A veces no tengo que decir.
Estos meses he estado trabajando cinco textos en paralelo. No sé si alguna vez los publique. Por eso no hablo de libros inéditos, un libro inédito, no es un libro, no existe, y estos cinco textos no existen más que para mí. No escribo motivado para publicar todo lo que escribo. Escribo para hacerme preguntas, para encontrar respuestas, para sentirme tranquilo, para comprender lo que no entiendo. Cuando lo hago, trato de objetivar y verbalizar una cadena de reflexiones que no me dejan tranquilo y que se conducen a través de la palabra escrita, como en esta nota, o en la poesía que escribo la mayoría de las veces. Creo que la escritura pondera el valor de la realidad que habitamos.

Cuando leer y escribir te rescata de la oscuridad, transforma lo cotidiano en una experiencia íntima, en una práctica con sentido. Renueva el lenguaje, su belleza, conectándonos profundamente con la libertad, el amor y la condición humana con sus luces y sombras. Más allá del mero deleite estético y de poetas, filósofos y profesores que están en el candil de la vida académica y política actual, la lectura y la escritura funcionan como un abrigo espiritual y un arma de resistencia frente a la frivolidad y superficialidad del mundo, ya nos lo decía el poeta catalán Joan Margarit en su poema “Casa de misericordia”: […] El frío del mañana está en la instancia / Hospicios y orfanatos fueron duros / pero más dura era la intemperie / La verdadera caridad da miedo / Igual que la poesía: un buen poema / por más bello que sea, será cruel / No hay nada más / La poesía es hoy la última casa de misericordia. Leer y escribir se ha convertido en el último refugio, en nuestra última casa de misericordia.
Leer notas anteriores de Dante Cajales Meneses