Huérfano es un niño que ha perdido al padre, la madre o, a ambos progenitores. Huérfano es un ser humano que no recibe cuidados, protección, educación, contención afectiva y espiritual, no tiene guías ni tutores en ningún dominio. Dicho en popular, “no tiene madre ni padre ni perro que le ladre”.
Hace unos años, Sonia Montecino, destacada investigadora, nos llamó la atención sobre el concepto de “huachos” y la realidad que expresaba: nuestra sociedad, ha sido construída sobre una importante cantidad de huérfanos, hijos ilegítimos o nacidos fuera del matrimonio, seres que no pertenecían a ninguna unidad reconocida en la sociedad, situación superada en años recientes por ley. Pero el estigma y las conductas cambian más lento que la ley.
No podemos sino hablar de abandono de la infancia y adolescencia cuando observamos la realidad que viven los niños del Sename, los maltratados cotidianamente en sus familias, de quienes carecen de cobertura médica para sus enfermedades o la enormidad de colectas, rifas y bingos en beneficio de niños-as y adolescentes en situaciones críticas. Huérfanos de derechos y en los hechos.
En el otro extremo de la línea de vida, los viejos, en su gran mayoría, carecen de un sistema público que les provea de cuidados, condiciones de integración y una pensión que les permita una vida digna. Huérfanos al final de su vida.

Podríamos seguir enumerando porque ciertamente vivimos en una sociedad de huérfanos en distintos ámbitos. También viven la orfandad cientos de profesionales que trabajan en la ciencia e investigación, dependiendo de recursos escuálidos y eventuales: fondos concursables que no facilitan la continuidad de las investigaciones ni la sostenibilidad de ensayos y pruebas, existiendo la materia prima de cerebros disponibles: la ciencia y la investigación son huérfanas.
Huérfanos son el arte y la cultura concebidos como algo prescindible, algo superfluo…la música, la literatura, el teatro, el cine, la danza, la pintura, la escultura, etc., ¡el alimento del espíritu de todos y todas, lo que permite el encantamiento de niños, adultos y viejos, las herramientas que hacen aflorar la ternura y la belleza o escupir la rabia y los dolores del alma! Tampoco tiene madre ni padre, ni perro que les ladre.
La ausencia de la filosofía en la educación y sin presencia en los medios de comunicación escrita o visual – eliminada de planes de estudio en el primer año de la dictadura cívico militar, como peligroso ejercicio del pensar, reflexionar, discernir y concluir con argumentos – tan emparentada con la ética, está ausente mayoritariamente en nuestra sociedad. Huérfanos de ella, somos todos y todas.
La política, ese pensar la sociedad colectivamente, fue hace tiempo separada de la gran masa. Su responsabilidad fue adjudicada a los llamados “think tank”, lugares donde unos cuantos elegidos de la élite pensaban, analizaban y concluían por todos y todas nosotros. Los partidos recibían los documentos, dos, tres vueltas y su línea quedaba definida. Los y las militantes, poco tenían que hacer al respecto. Esta realidad, unida a las caídas de todos los paradigmas y modelos de sociedad, dejó a la gran masa de ciudadanos que participaban o se interesaban en las cuestiones esenciales de su país, sin referentes, sin propuestas, casi sin convicciones.
Huérfanos totales, los ciudadanos se transformaron en descreídos y apolíticos por exclusión.
Esta orfandad generalizada provoca un sentimiento de soledad y aislamiento muy fuerte, causando un daño tremendo en la salud mental. El huérfano no tiene pertenencia, adolece de vínculos y crecen sus dificultades para sentir afecto. Y así se acentúa la indesmentible y terrible realidad de la salud mental en nuestro país.

Un acuerdo, producto de las masivas protestas de los últimos años, abrió paso a la construcción de una nueva Constitución, un nuevo marco de acuerdo político, social, (¡tamaña empresa cívica!), a ser escrita por ciudadanos y ciudadanas elegidos-as por elección democrática y popular: resultaron electos una mayoría de huérfanos y huérfanas, gente de apellidos comunes y corrientes; la élite queda representada por una minoría.
Pero esa minoría cuestiona la legitimidad de la mayoría para definir el marco que regirá los destinos de nuestro país. El discurso es que los huérfanos no tienen competencias para hacerlo, bueno, algunos huérfanos tal vez, pero no todos.
No queremos una sociedad de señores y huérfanos. Sí una de iguales, donde las minorías tengan, como todos, resguardados sus derechos, espacio y aire para vivir sin represiones de ningún tipo.
Queremos una sociedad en que se restauren los lazos humanos. Nadie sobra en este tejido social que cubre de Arica a la Antártida: debemos reconstruirlos, como una nación acogedora, de ciudadano(a)s igualados para aportar a un bienestar común, donde nadie se sienta huérfano.

Ese difícil tránsito, plagado de obstáculos, recorren los convencionales en búsqueda de una nueva Carta Magna. La primera escrita democráticamente en nuestra República. Con imperfecciones, como toda obra humana, y la gran oportunidad histórica para ponernos de acuerdo en este tránsito de la orfandad a la ciudadanía.
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Una reflexion al hueso del ama chilena