La sabiduría derivó en conocimiento y el conocimiento en información, observó ¿T.S. Elliot? Atinó de una al núcleo del racionalismo. Una capacidad altamente sensible a la singular multiplicidad de las situaciones del mundo terminó degradada a posesión de información. Resultó de suponer que actuar con habilidad exige conocer la teoría correcta, y los datos que esta requiere. La sabiduría devino en adicción al conocimiento.

Creo que es evidente que la educación actual cultiva esa adicción en todos los campos y especialidades. Saber=Tener Conocimientos, es la equivalencia que sirve de base a las disciplinas científico-técnicas, de la subjetividad y de las relaciones sociales; hasta de la historia. Invito a observar los resultados destructivos que esto produce. De partida, no crea habilidades prácticas para actuar en el mundo compartido, al reducirlas a la mera “aplicación” de conocimientos. Puede parecer trivial a profesores competentes en transmitir información a alumnas obedientes, pero quien se haya ejercitado en cualquier disciplina ha experimentado el abismo que existe entre tener información y ser un agente competente en el mundo convivido – entre argüir explicaciones y actuar en el mundo explicado.
La educación racionalista tiene una falla pedagógica esencial: desvaloriza la acción, educando poco y mal para actuar, al mismo tiempo que trompetea a los vientos la importancia única que tiene educarse. Recuerdo los Doce Juegos denunciados por Los Prisioneros. Entregan títulos bombásticos a egresados esquemáticos y formuleros, ayudándolos de verdad muy poco.

En mi experiencia, la pedagogía racionalista es, además, una causa mayor de fracaso escolar, y la máquina perfecta para producir desvalorización personal. Una pedagogía que trivializa el ejercicio y la repetición, limitándose a trasmitir conocimientos, desalienta consigo mismas a estudiantes que saben, pero fracasan en producir resultados debidosen pruebas y controles evaluativos… Así como más tarde no consiguen desempeñarse satisfactoriamente en reuniones de trabajo, al ejercer roles de mando, al hacer ofertas, invitaciones o propuestas de cualquier clase, al relacionarse con familiares, al establecer una relación amorosa… (El mismísimo Kant, si no me equivoco, considera que la dificultad para “aplicar” teorías a la práctica define la necedad).
Lo que todo entrenador supone de entrada, que es su deber cultivar en sus alumnos estados emocionales adecuados para aprender a desempeñarse con habilidad, pasa completamente desapercibido para el maestro racionalista, concentrado exclusivamente en informar. La pedagogía de disposiciones emocionales queda, fatalmente, fuera de la ecuación Saber=Tener Conocimientos.
Al final, la educación racionalista divide el mundo en dos: quienes tienen conocimiento y quienes no, y solo pueden actuar. La división entre trabajo manual y trabajo intelectual define el mundo, como si fuera completamente de sentido común. El profesor – maestro de explicaciones – se instala por encima del actor que debe aplicar teorías que él enseñó, o, peor, de quien actúa sin muchas razones.
Habría que entrarle de otra manera a la pedagogía. Se trata de vivir, no de saber.