Recuerdo mis lecturas bíblicas. Cuando Moisés bajó del Monte Sinaí cargando las tables de la ley, dividió el mundo en dos. El de antes, con dioses egipcios y becerro de oro, terminado de una vez, y el nuevo, el reino de Yahvé, instalado con aplomo. Un ánimo similar de división de las aguas recorre Chile después de Huanchaca. No creo que sea para tanto.
Personalmente nunca he creído que una constitución nos constituya tanto. Las relaciones sociales no se arreglan mucho mediante leyes. Somos las que somos antes de las reglas que nos demos para ordenarnos, y seguiremos así después de ellas. Y si bien pienso que las reglas pueden producir cárcel con mas probabilidad que libertad, no me parece que sea el caso. El texto de constitución que leo no abre aguas. Ni acaba con un mundo, ni inventa uno nuevo.
No creo que se pueda pedir a la constitución que transforme el sistema de producción y distribución saturado de rentas, que produce la corrosiva desigualdad que tenemos, y el estancamiento. Nada que decir, tarea esencial pendiente. Quizás se podría ser más audaz con el pueblo mapuche. Se me ocurre que reconocer una nacionalidad sin territorio a un pueblo que guerreó durante tres siglos enteros con el estado español y el chileno, y mantuvo una frontera reconocida con éstos, es un poco ciego. Pero ahí está. Conflicto por enfrentar.
Lo que más le pido a la constitución es que nos permita movernos en el futuro en el desfiladero entre el orden y el desorden. Orden para estabilizar y pacificar un poco la vida, invertir, crear riqueza y espantar la miseria, conservar raíces, buscarles el lado a las contingencias del mundo. La división de poderes y el derecho de propiedad constituyen, para mí, el fundamento del orden. No los veo fatalmente comprometidos. Y la democracia debería ser buena para incorporar el desorden. No fue así en el pasado reciente. El desorden entró desde afuera al sistema político: los estudiantes, las marchas contra las AFP y por la libertad sexual, el llamado estallido social, la situación mapuche. Pienso que debe ser flexibilizada, hacerla más responsiva al ánimo ciudadano, más democrática. Encuentro que algo así se ha procurado hacer.

No soy fanático de la democracia. Tampoco del orden. Hay que dejar el espacio abierto para articularlos contingentemente hacia adelante. Durante mucho tiempo muchas personas se acostumbraron a un orden insostenible, demasiado ladeado. No muy democrático, rígido y frágil, listo para explotar. Más vale acostumbrarse a la democracia, hacerla propia y no seguir calificándola de populismo, así como así. Evitar negarse a bailar cuando ponen música. Y no desconocer que orden y capitalismo van hoy día de la mano; hasta nueva orden.
No creo que el texto de Huanchaca nos mate ni nos resucite. Por lo que leo, quizás pueda ayudarnos a navegar entre la estabilidad y el desorden mejor que la que había. Aunque me reservo el derecho a una lectura más dedicada, y a conversaciones con personas cercanas y distantes. No me olvido del refrán: el demonio está en los detalles. A mi edad, me guío más por aforismos que por teorías.