Sin lugar a dudas ello representaría un nuevo descalabro en la derecha. Peor incluso a los desastrosos resultados que obtuviera en las pasadas elecciones de alcaldes y concejales, de gobernadores regionales y miembros de la Convención Constituyente, en donde quedara reducida a su mínima expresión.
Obligaría a Chile Vamos y al propio gobierno a apoyar al candidato de la ultraderecha, sabiendo que no tiene ninguna posibilidad de ganar la elección presidencial. Lo que se llama “morir con las botas puestas”.
¿Y podría ocurrir? Los datos son inquietantes para el oficialismo. Según algunas encuestas, José Antonio Kast habría desplazado a Yasna Provoste del tercer lugar y estaría a menos de tres puntos del candidato de Chile Vamos. Kast parece ir en alza mientras Sichel va claramente a la baja. Obviamente el resultado de la votación del cuarto retiro no contribuye a reforzar su liderazgo. Y aún faltan dos meses de campaña.
Sebastián Sichel pierde competitividad y aparece cada vez más como un invento del gobierno y la derecha empresarial, que se esforzaron por buscar un candidato lo mas parecido posible a Piñera. Un candidato que viene del centro, que es independiente y se llama igual que el presidente.
Sin embargo, el invento no acaba de convencer a la verdadera derecha. Menos si
se desdibuja con facilidad. Las contaminantes especulaciones ponen en duda su
eventual paso a una segunda vuelta. No son pocos los parlamentarios de Chile
Vamos que apoyan públicamente a José Antonio Kast. Algunos decidieron renunciar
a sus partidos, en tanto que otros lo apoyan en franca rebeldía con las
directivas partidarias.
Sichel ha cometido gruesos errores en su relación con los partidos del oficialismo y sus bancadas parlamentarias. Como levantar las banderas de rechazo a un cuarto retiro, transformándolo en un test forzado para su capacidad de liderazgo, siendo evidente que varios parlamentarios de derecha lo votarían favorablemente y que él mismo realizó un primer retiro, que eludió reconocer públicamente. La aprobación del cuarto retiro en la Cámara de diputados representa un duro golpe para Sebastián Sichel.
El propio presidente de la UDI ha debido reconocer que no son pocos los militantes de su partido los que están “vitrineando” de cara a la elección presidencial, en tanto que el resbaloso mandamás de RN ha debido hacer la vista gorda respecto de los díscolos de su partido que han optado por apoyar a Kast.
Según algunos analistas, Kast habría demostrado un mejor desempeño en el primer foro televisivo, en contraste con el muy modesto del candidato de Chile Podemos Más, repitiendo lugares comunes, apelando al voto moderado o de centro y no hablándole al electorado de derecha, que encuentra en Kast alguien que habla su idioma, levanta las viejas y tradicionales banderas de la derecha, está en contra del matrimonio igualitario, del aborto y la migración. Es partidario del orden, defiende el libre mercado y propone bajar los impuestos. Mejor imposible.
Tampoco se puede descartar que la postulación de José Antonio Kast impida que Sichel pase a segunda vuelta y le abra un espacio político a la hasta hoy muy apagada postulación de Provoste, que no está muy distante en las encuestas de los candidatos de la derecha, para pasar a segunda ronda.
La derecha histórica y especialmente su sector empresarial, son muy pragmáticos y si aprecian que Sichel ni Kast tiene posibilidades de parar al candidato del pacto de la izquierda, podrían mover sus fichas a favor de la candidata de la centroizquierda, al igual como lo hicieran el año 1964, en favor de Eduardo Frei Montalva. Todo bajo la premisa del mal menor.
La experiencia no fue del todo afortunada para la derecha en aquel entonces. Eduardo Frei Montalva prometió que no cambiaría una coma de su programa ni por un millón de votos y, en lo sustantivo, mantuvo su promesa, impulsando la reforma agraria, la sindicalización campesina, la “chilenización del cobre y la promoción popular.
La derecha de aquel entonces se mantuvo en oposición a ese gobierno y terminó acusando a Frei Montalva de ser el nuevo Kerensky chileno (el mandatario ruso que le habría pavimentado el camino al partido comunista para llegar al poder).
Tampoco Yasna Provoste parece disponible para pactar con la derecha a cambio de su apoyo electoral. Identificada con los sectores mas progresistas de su partido (algunos la ubican en las fronteras falangistas), la senadora se ha pronunciado por un programa de cambios y transformaciones, que debe integrar los aportes de Paula Narváez y Carlos Maldonado, ambos representantes del espectro socialista y democrático, que tiene coincidencias y diferencias con las propuestas programáticas del candidato del pacto de la izquierda, existiendo viabilidad para avanzar en mínimos comunes, con miras a la gobernabilidad futura del país.

Todo apuntaría a que se vienen tiempos de cambios y transformaciones. La duda es si en segunda vuelta el país deberá optar entre el continuismo, que representan los candidatos de la derecha, y el cambio, que con distintos énfasis representan las candidaturas de Boric y Provoste. O, para desastre mayor del actual oficialismo, deberá optar por una de estas dos alternativas de cambios, si ambos postulantes desplazan las cartas de la derecha.
Y es más que probable que la derecha continúe siendo una minoría más acentuada en el futuro parlamento. Primero, porque debe cargar con la pesada herencia que deja el actual gobierno. Además, se suma que viene de una verdadera debacle electoral pocos meses atrás y es muy difícil que pueda remontar, En tercer lugar, porque se presenta dividida entre dos listas competitivas.
Los sectores progresistas y de izquierda están desafiados por gran responsabilidad a la hora de asegurar la gobernabilidad futura del país y viabilizar el proceso de cambios que una mayoría ciudadana demanda. La herencia que recibirá el próximo gobierno es más que compleja. Con un proceso de reactivación desigual, modestas proyecciones de crecimiento futuro, fuerte rezago en los empleos, alto endeudamiento, crisis social, violencia, crimen organizado, crisis migratoria y una pandemia, cuyos efectos no acaban por superarse.
El país no puede asegurar su gobernabilidad futura sin mayorías solidas que la sostengan, a nivel político, parlamentario y social.
Es evidente que existen claras diferencias entre la centro izquierda y el pacto de la izquierda. Diferencias políticas, ideológicas y programáticas, que hicieran fracasar la unidad ampla y sin exclusiones, que muchos demandaban.
Pero es innegable que existen coincidencias respecto a la necesidad y urgencia de impulsar un proceso de cambios y transformaciones que una mayoría del país demanda. Impulsar ese proceso de cambios requiere construir mayorías sólidas que lo puedan respaldar. Y ellas sólo se pueden sustentar en un pacto de gobernabilidad, no necesariamente de gobierno, en base a mínimos comunes, además de un pacto de apoyo reciproco para el candidato o candidata que pase a segunda ronda.

En paralelo a la elección presidencial, parlamentaria y de consejeros regionales, el país se encuentra abocado a un inédito proceso constituyente en democracia. Con convencionales íntegramente elegidos, cuya misión es proponerle al país una nueva constitución que deberá ser ratificada en un plebiscito de salida de este proceso.
Es mas que evidente que este proceso no es completamente independiente del resultado de la próxima elección presidencial y parlamentaria. Sin lugar a dudas, de imponerse una opción continuista, ello pondría trabas al proceso constituyente, que se potencia de imponerse una opción de cambios.
En verdad, es mucho lo que se juega en la próxima elección presidencial y parlamentaria. Una elección que aun presenta muchas incertidumbres que tan solo se despejarán a la hora de contar los votos. Mas de 15 millones de chilenos y chilenas tiene derecho a participar en las próximas elecciones. Y es de esperar que una amplia mayoría concurra a las urnas para un hito más que decisivo para un futuro plagado de interrogantes.