Estoy muy impresionado por las decenas de mensajes que me llegan por Instagram promoviendo loteos semiurbanos o semi rurales en muchas comunas del país.
Desde Coquimbo hasta Aysén. Sin duda una tendencia de los negocios inmobiliarios que responden a una “moda” y que también la inducen.
Es posible que la vida en las ciudades se esté convirtiendo en algo apabullante: delincuencia, inseguridad, asaltos, portonazos, arrebatos de celulares, acoso a las mujeres, congestión en la circulación, irritabilidad de los ciudadanos por cualquier cosa, carestías y especulaciones en los mercados, mala atención por parte de los dependientes y un largo etc. Temas amplificados histéricamente por los matinales simultáneamente entre las 8 y las 10 AM. Cada una de estas circunstancias tiene su posible explicación. Pero el resultado es que el “mercado” captó que la gente quiere irse de las ciudades.
Los resultados y consecuencias de esta moda y del entusiasmo que alientan las empresas del negocio inmobiliario sobre las gentes son previsibles y muy complicadas para las armonías y lógicas saludables que sí se pueden ordenar. El asunto es que en el estado actual de esta tendencia provoca “externalidades negativas” como dicen los economistas, en muchos ámbitos y sentidos.

La propaganda está llena de imágenes de paisajes bucólicos que denotan tranquilidad. Lo deseado. El problema es que son suelos “pelados”, a lo sumo con dotación de electricidad soterrada. (No pocas veces con problemas para demostrar su calidad). Total, después el comprador reclamará a la compañía que distribuye la energía. De agua e infraestructuras diversas, los municipios y los ministerios se encargarán. ¿No están para eso?
Los bancos participan gustosos con créditos hipotecarios a tasas más que convenientes para la entidad prestataria. Podría agregar otras consecuencias, pero dejemos hasta aquí estas tendencias.
De paso, les cuento que mi hija Rocío concejal de la Municipalidad de Puerto Varas ha logrado parar 4 de estas parcelaciones. Papá chocho.
Continúo con esta conversación compartida con cercanos interesados en la cuestión urbana, denominación dada por Manuel Castells a un proceso que era un tanto más complejo que la migración campo-ciudad como se trató en América Latina en los años 60.

Ciertamente he seguido con interés los debates en la Convención Constitucional sobre esta cuestión. Allí se concluyó la necesidad de agregar en el capítulo de los derechos fundamentales, el “derecho a la ciudad” (concepto que me recuerda los inicios de mi inquietud en el tema cuando leí el libro notable e inspirador de Henri Lefevre en 1968 “Le droit a la ville”. Ignoro si algún convencional haya leído el libro).
Quiero destacar que me parece bien decir el derecho a la ciudad. Pero quisiera contextuar el asunto respecto de la realidad chilena. No estoy seguro de que los ciudadanos que habitan las ciudades hoy en Chile estén entusiasmados con eso del “derecho a la ciudad”.
Más bien creo que los habitantes de las urbes chilenas tienen algo así como “miedo a la ciudad”.
En mi percepción y por las tendencias descritas creo que se produce el proceso de “descarmelización”.
No tengo mayores datos, pero sí olfato. Los profesionales jóvenes de clases medias, premunidos de sus capacidades y habilidades aprendidas, escapan del miedo a la ciudad.
Siento que hay una distancia psico-emocional entre la aspiración de los convencionales por asentar un concepto tan pesado como el derecho a las ciudades, versus lo que se experimenta crecientemente: inseguridad y miedo a vivir en ellas.
Quizás estas exageraciones contribuyan en algo para reflexionar más atentamente sobre lo que realmente está pasando en nuestras ciudades y el propio vínculo que establecemos con ellas.
Con respecto al título de estas notas, les recuerdo que la Carmela se venía a la ciudad “con la cara sonriente ¡ay que felicidad!”