¿Con quienes gobernará Gabriel Boric en la eventualidad que gane la elección? ¿Y jugando con la imaginación, Sebastián Sichel, Yasna Provoste, Marco Enríquez, Franco Parisi o Eduardo Artes? La pregunta no es ociosa. Todo indica que el próximo gobierno no contará con mayoría parlamentaria y estará obligado a buscar acuerdos para no repetir el desastre de la administración actual.
En la eventualidad que Sebastián Sichel resultara electo las posibilidades de ampliar su base de sustentación se reducen a un acuerdo con los republicanos de J. A. Kast.
Lamentable proyección.
En el caso de la oposición, la situación puede ser más favorable, toda vez que existen áreas de coincidencia programática entre Gabriel Boric y Yasna Provoste. ¿Cuánta mesura es viable a la hora de regular la competencia?
La Concertación de partidos por la Democracia fue minoritaria (por incidencia de los senadores designados y el sistema binominal) durante los gobiernos de Patricio Aylwin, Eduardo Frei, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, en su primer mandato, obligando a la vilipendiada política de los consensos o democracia de los acuerdos, mientras la derecha retuvo celosamente la famosa “llave de las reformas”. Tan solo en su segundo mandato, Michelle Bachelet contó con una precaria e inestable mayoría parlamentaria, con no pocos “díscolos”, que no se habían dado el trabajo de leer con atención un programa de gobierno que habían contribuido a elaborar.
Sebastián Piñera ha debido gobernar sin mayoría parlamentaria, aun cuando es preciso reconocer que tampoco tiene una oposición muy cohesionada al frente, Baste con señalar que preside la Cámara de diputados un representante de la derecha, pese a no contar con mayoría. No ha habido una oposición, sino varias, con serias dificultades para construir acuerdos. Tampoco la derecha ha mostrado mucha cohesión. Fracturada en diversas sensibilidades- ultraderecha, derecha dura, derecha social- ha propinado duras derrotas a su gobierno en materias sensibles como los sucesivos retiros de ahorros previsionales, temas valóricos y otros no menores.
Sea quien gane la presidencial próxima enfrentará un desafío no menor de gobernabilidad. Es mas que evidente que aquella contienda electoral se resolverá en una segunda vuelta, en donde la derecha, con dos candidatos, no tiene nada asegurado. Sebastián Sichel, que representa el continuismo de Piñera, contaría con escasas opciones, frente a una oposición que, más allá de sus diferencias, optaría por “el mal menor”.
En la oposición, la competencia está centrada en la opción encabezada por Gabriel Boric, que se impuso rotundamente en las primarias legales, liderando hoy las encuestas, frente a Yasna Provoste, que alimenta la expectativa de un paso a segunda vuelta.
Si quien enfrente a Boric en segunda vuelta fuera Sichel – algo probable según las encuestas – es más que evidente que el electorado progresista se inclinará por el candidato del Frente Amplio. El escenario se complejiza algo si Yasna Provoste logra desplazar a Sichel e inscribe su nombre en la papeleta de segunda ronda.
Seria inédita una competencia entre dos opciones mayoritarias de la oposición, reproduciendo, con sus obvias diferencias históricas y políticas, el escenario de 1964, cuando la derecha optó por apoyar al candidato de la Democracia Cristiana para impedir el triunfo de Salvador Allende.
Pero Yasna Provoste, identificada con las corrientes mas progresista de la Democracia Cristiana, no es Eduardo Frei, ni Gabriel Boric un nuevo Allende. Provoste no puede constituirse en la opción para derrotar al candidato del pacto de la izquierda, ni Boric en el candidato del estallido social. Ambos apuestan a encarnar opciones de cambios estructurales luego de un fracasado gobierno de derecha.
¿Un pacto de gobernabilidad?

En el perfilado escenario, ambos sectores de la actual oposición se necesitan a la hora de asegurar la gobernabilidad futura del país. El candidato o candidata que resulte triunfante en segunda ronda no contará con una mayoría parlamentaria y estará obligado a establecer un pacto para viabilizar la conducción del Ejecutivo.
Es mas que evidente que quien gane la elección tiene el legítimo derecho a conformar la nueva administración e impulsar el programa de gobierno ofrecido al país, sin entrar en negociaciones o componendas con sectores ajenos a su coalición. A lo más integrar a independientes que den garantías técnicas y políticas.
Otra cosa muy distinta es el tema de la gobernabilidad futura del país. Ello requiere de un pacto de mayorías – distante de las famosas “garantías democráticas” que la DC exigiera de Salvador Allende – y compromisos programáticos en la senda de los cambios y transformaciones, que asegure una mayoría social y política que los respalde.
En esa perspectiva no es un problema menor que todo apunte a una mayor dispersión y fragmentación en el futuro parlamento. Cual mas cual menos, todos los partidos con representación parlamentaria están amenazados con disminuir la actual, producto de una fragmentación de las listas en competencia. En primer lugar, la derecha, que bien pudiera reeditar la debacle que sufriera en la pasada elección municipal y de gobernadores regionales, enfrentando ahora la contienda parlamentaria dividida en dos listas competitivas que – pese al bien financiado esfuerzo electoral de los partidos que apoyan a Sichel – podría concluir con una fuerte reducción de su actual representación.
Pero también los llamados partidos tradicionales de la actual oposición – varios de cuyos actuales parlamentarios están impedidos para una nueva reelección – enfrentan un riesgo similar. En especial, el Partido Socialista – que cuenta con 17 diputados y siete senadores – derrotado en la reciente consulta ciudadana de manera contundente. Similar situación enfrenta el PPD y los integrantes del Nuevo Trato.
Ciertamente el riesgo pareciera menor para los partidos que integran el pacto de la izquierda. Sobre todo, si Gabriel Boric pasa a segunda ronda, como indican las encuestas. Una de las batallas emblemáticas se dará en la región metropolitana, que elige cinco senadores, en donde el PC aspira a elegir a Guillermo Teillier, mientras Karen Oliva, ex postulante a gobernadora llega con el antecedente de una alta votación. En el papel, las dos candidatas que representan al eje socialista parecen más débiles y son menos conocidas.
En cualquier caso, el futuro gobierno estará desafiado a un serio esfuerzo de articulación política a la hora de conformar mayorías parlamentarias que puedan viabilizar su agenda legislativa.
Por ahora, los esfuerzos de los partidos y coaliciones están concentrados en la primera vuelta y las elecciones parlamentarias, que se deciden en noviembre. Normalmente el candidato que gana la primera vuelta se impone en segunda ronda. Y ello pareciera especialmente válido si finalmente pasan a segunda vuelta Gabriel Boric y Sebastián Sichel. Si Yasna Provoste consigue desplazar al candidato de la derecha y se instala en segunda ronda, el resultado es menos predecible. Quiérase o no, buena parte del electorado de derecha podría optar por el mal menor en ese escenario.
En la ya citada campaña de 1964, cuando la derecha apoyó al DC, Eduardo Frei Montalva, éste aseguraba que no cambiaría una coma de su programa, ni por un millón de votos. Por su parte, Radomiro Tomic sentenciaba que cuando se gana con la derecha, es la derecha la que gana. Y no son pocos los sectores de la derecha dura que no parecen dispuestos a repetir lo que estiman una mala experiencia.

Pero nunca la historia se repite de la misma manera. La situación que hoy vive el país es muy diferente a la de 1964. A tropezones, saliendo de una crisis sanitaria, económica y social de proporciones. Una amplia mayoría social demanda cambios y transformaciones urgentes, en medio de un proceso constituyente que debiera traducirlas y abrirles camino.
Sería muy extraño que, en ese marco, una mayoría ciudadana optara por el continuismo. Todo apunta a que la disputa electoral favorecería a las opciones por el cambio y ellas están llamadas a la colaboración, buscando asegurar la gobernabilidad futura del país, con un claro compromiso por las transformaciones demandadas largamente y acentuadas desde el estallido social que desfondó el programa de Sebastián Piñera y abrió paso al inédito proceso constitucional hoy en curso.
Ciertamente aquello requiere de un pacto de gobernabilidad entre los sectores progresistas. Debiera transformarse en un tema de debate en la aún incipiente campaña presidencial, junto con un compromiso de apoyo reciproco para quien gane en primera vuelta, o una competencia regulada, en la alternativa que ambos deban competir en segunda ronda.