La mentira tiene patas cortas. Por Victoria Gallardo

por La Nueva Mirada

La sabiduría popular acumula en asertos verificables y a menudo simpáticos, las experiencias acumuladas por los humanos en su convivencia. Y el que encabeza esta columna da cuenta de cómo por más que se mienta hasta la hartura, la vida se encarga de poner la verdad sobre la mesa, en letras grandes bien definidas.

La derecha, desde que quedó en minoría en la Convención Constitucional, puso en marcha una campaña de desprestigio de la instancia a todo vapor. Y no estamos desconociendo las dificultades para establecer diálogos constructivos, los hechos deshonestos de uno, ni la agresividad de otros. 

Tampoco que los representantes de la derecha enfrentaron la situación histórica inédita de configurar una absoluta minoría.  Desconcertados y nostálgicos de reverencias, apertura de puertas y cafecitos servidos por garzones uniformados, cayeron entre la depresión y la rabia. Comprensible.

Por la prensa se lamentaban de ser poco escuchados y que algunos de sus escritos no eran siquiera leídos. Duele ¿no? ¿Se han preguntado cuántos años han experimentado algo similar la mayoría de las comunas al margen de la cota mil? ¿Han conectado su epidermis siquiera un instante con los ninguneados de siempre?

Se aferraron a la rabia, la descalificadora odiosidad y, en su gran mayoría, se empeñaron en descalificar el proceso constituyente, reviviendo campañas del terror ya viejas y desgastadas, pero no por ello menos dañinas.

Fueron incapaces de entender, salvo honrosas excepciones, que se trataba de abrir puertas al futuro, que las estructuras políticas, económica, sociales y ambientales, estaban crujiendo hace rato y sin un cambio sustantivo el futuro se prefiguraba tan oscuro como lo hizo evidente la crisis terminal de 2019. El cambio de fondo era más que necesario, imprescindible para sostener una convivencia pacífica que incluyera mayorías y minorías en un esfuerzo de mantener un país para todos en dignidad.

Aunque hoy pretendan, con indisimulada soberbia, borrar la historia reciente, parece imprescindible que no la olviden para evitar que ella termine porfiadamente pasándoles por encima. 

Tampoco escapan a este desafío mayor algunos sectores de la izquierda que andan con “un ojo que mira pa’l norte y el otro que no se resuelve” y los del centro que quieren sentarse en el trono de los justos cuando han colaborado bien poco con la justicia.

Nadie se salva sino con los otros: ese es el destino de la Humanidad y a ver si atinamos antes que sea demasiado tarde.

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