La ¿nueva? violencia escolar. Por Sergio Canals L

por La Nueva Mirada

“Dile a la tierra inmóvil: yo fluyo; /Al agua veloz dile: soy”. (En la estela de Rilke)

“Hay preocupación” por el aumento de la violencia generalizada en los colegios. Los vanos y estériles intentos de explicaciones en la prensa y la televisión comienzan siempre de la misma forma: “Después de estar más de dos años encerrados, se han afectado en forma radical las formas de socialización y convivencia, lo que se expresa en diversas formas de violencia”. “Necesitamos programas socioemocionales”, (incluyendo, “yoga y meditación)”.

¡Hasta cuando con estas respuestas y su asentimiento acrítico! Nunca estuvieron dos años completamente encerrados en soledad. La reincorporación total de golpe, en medio de una pandemia muy activa (aumentan los contagios escolares) junto al retiro de la trazabilidad y medidas de prevención con un evidente sub diagnóstico, ha generado un gran estrés en las comunidades educativas.

Estrés= angustia y ansiedad = miedo= irritabilidad= agresión = violencia= posible depresión.

Desde otra mirada complementaria, es posible observar en los medios como se consignan diversas territorializaciones y des territorializaciones espaciales y simbólicas asociadas a escuelas y colegios donde primaría en unas una violencia en crecimiento, ligada finalmente a un relato de inseguridad y seguridad, física, mental, social y sexual.  Zonas de Santiago y del país de riesgo y vulnerables que serían violentas e inseguras (incluyendo la educacional). Se contrastan implícita o explícitamente, con otros territorios seguros y pacíficos, (generalmente de altos recursos) y escuelas que comparten estas mismas características. Se deja de lado de lado una reflexión crítica sobre realidades espaciales educacionales a veces indignas, como salas pequeñas y deterioradas, baños sin servicios de calidad, y sin lugares adecuados para juegos y deportes, donde la naturaleza y la belleza además brillan por su ausencia.

Ya antes de la pandemia y del estallido revolucionario social, la Agencia de la Calidad de la Educación mostraba que más del 60% de los escolares privilegiaban los métodos violentos para la resolución de conflictos.

Distorsiones en principios y prácticas ético y valóricas= violencia.

Conductas violentas, disruptivas, acoso escolar incluyendo el sexualizado, maltrato entre iguales y otras formas violentas en los colegios y escuelas, no son más que un reflejo de nuestra sociedad y la cultura, intensificadas por el proceso turbulento de transformación actual, pandémica, social, y política, asociados a un sistema económico muy competitivo e individualista.

“Parece que un gran tsunami de violencia inundara nuestra cultura del siglo XXI: violencia consumista (y adictiva), racista, xenófoba, de género, violencia ecológica, sistémica (y simbólica), interiorizada, del futuro y el pasado, de los adultos, los jóvenes y los iguales”.

La violencia sistémica simbólica escolar, (muchas veces, invisible, no consciente e implícita), en general, se refiere a cualquier práctica o procedimiento institucional, como parte de los objetivos y funcionamiento de un proyecto y prácticas de la comunidad educativa completa, (educadora, familiar y comunitaria), que impide a los y las estudiantes, “llegar a ser lo que desde niños prometían ser”. Es decir que les impida desarrollar sus potencialidades y capacidades mediante una educación y aprendizaje, causándoles dolor y sufrimientos que tarde o temprano se expresará violentamente.

¿La solución? Una “educación en libertad” para el bien y el otro.

En momentos como estos (que vive nuestro país), la educación en general y las escuelas en particular, se convierten en las papeleras (y basureros) de la sociedad. Receptáculos políticos en los que se deposita lo no resuelto de la sociedad y los problemas insolubles” (Hargreaves 1994).

“Es paradójico hablar en las escuelas de convivencia, diálogo, interculturalidad, mediación de conflictos, cuando los estados resuelven los conflictos con la guerra, los políticos (y la sociedad) frecuentemente dan un espectáculo dantesco de enfrentamientos desintegradores y destructivos. Las escuelas no se pueden aislar de la violencia.” (Armas 2007).

Yo diría, que los países, las personas, ni las democracias se pueden aislar de la violencia. La violencia como una realidad sólo controlable, pero no evitable, siempre es parte de un nudo fuertemente entrelazado, político, social, económico, y cultural. Sus redes de origen y sujeción son éticas y morales.

Los colegios adolecen en sus programas prácticos educativos -aunque se contemplan transversalmente-, de una formación ética moral política sistemática y coherente que se inicie desde el nivel preescolar más allá de lo socio emocional. Parecen no existir programas que enseñen sobre la práctica y lucha con la fuerza de la no violencia, basados en los derechos humanos, valores y principios fundamentales como el de la vida y la dignidad absoluta del otro, de cualquiera, desde sus orígenes, especialmente de los más débiles y vulnerables “más allá del legado del individualismo (…) con una nueva reflexión sobre la libertad social”.

Pero no puede olvidarse que “la violencia siempre se interpreta”. Es una violencia que necesita de un pensar crítico reflexivo permanente y un sentir más allá de lo instrumental (causas, fines y efectos).

En palabras de Judith Butler, “La violencia es menos una falta de acción, que una reafirmación física de las reivindicaciones de la vida, una afirmación, viva , un reclamo que se hace con la palabra, los gestos , la acción (la reflexión crítica sobre la realidad), mediante redes, acampes y asambleas, (reflexiones comunitarias educativas), con el fin de redefinir a las personas como dignas de valor, como potencialmente dignas de ser lloradas, precisamente en condiciones en las cuales se las borra para que no se las vea o se las abandona en firmas irreversibles de precariedad…empujándolos más allá de los márgenes, hacia las zonas del no ser”.

Esta lucha necesita de un nuevo imaginario igualitario (…) La violencia contra el otro es contra uno mismo”. Necesitamos luchar contra una deshumanización violenta nunca vista.

Necesitamos de un nuevo diálogo en comunidad sobre “el universo creado, el destino del hombre (y la otredad)”. Una corriente de transformación (un “flujo”), que nos permita decir al otro, tú eres mi hermano, y soy tú guardián. Frente a lo “inmóvil”, “fluyo”. Eres, somos y “soy”.

Colaboraron Judith Butler “La fuerza de la no violencia”, y Manuel Armas: “Prevención e Intervención ante problemas de Conducta” y como invitado especial, Rainer María Rilke.                                                                                 

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