¿Cómo interpretar los silencios de los candidatos ante los temas verdaderamente cruciales?, ¿la idea-país en la Cumbre de Glasgow será que estamos re-descubriendo nuestras raíces ancestrales? Sin un medioambiente adecuado, no habrá reforma, ni revolución, ni ajustes sociales, ni humanización del modelo ni nada.
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El país ya está inmerso en una atmósfera electoral y, como corresponde, se trata de un momento pletórico de energía, lleno de brotes verdes presagiando un nuevo ciclo político. En tal sentido, Chile no es ajeno a aquel precepto universal de que tal atmósfera es por naturaleza controversial. Siempre marcada por una ebullición de discusiones sobre la pertinencia de los debates, sobre el tipo y profundidad de las preguntas que se les hace a los candidatos y el alcance de sus respuestas. Se indaga en sus programas, sobre sus sentires y pareceres.
Visto en abstracto, son momentos en los cuales los aspirantes tienen una cita con el destino. Están en vogue; se esfuerzan por transmitir sus habilidades tribunicias y mediáticas. Y, aunque rara vez aparece un Demóstenes cargado de inmensos recursos retóricos, por lo general consiguen un mínimo aceptable, alcanzando un un volumen básico de mensajes.
Sin embargo, en el naciente ciclo político nacional se observa una tendencia a eludir los temas verdaderamente cruciales y en materia de opiniones gravitantes siguen al debe. Surge entonces una gran interrogante: ¿responde esa conducta a una ignorancia generalizada o a una perturbación cognitiva?
El silencio más impactante es el referido a la emergencia climática del planeta y, por cierto, del país. El reciente Informe de la ONU ha confirmado la centralidad de este tema. Pese a ello, los candidatos parecieran encontrarse en estado zen y no toman en cuenta que, sin un medioambiente adecuado, no habrá reforma, ni revolución, ni ajustes sociales, ni humanización del modelo ni nada. ¿Cómo interpretar los silencios?

Difícil. Sólo resta lamentarse. Habría sido tan interesante conocer, por ejemplo, ¿cómo va a descarbonizar la economía J.A. Kast?, ¿qué reflexión habrá hecho C. Maldonado sobre algunas de las 97 referencias a Chile contenidas en el último Informe del IPCC?, ¿cuál es el compromiso de S. Sichel para reducir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero, ¿qué tiene en mente Y. Provoste para atacar en serio el tema de la sequía que ya afecta al 72% del territorio nacional y lleva 13 años de manera sostenida?, ¿qué estará esperando G. Boric para condenar el bloqueo de caminos con árboles y las fogatas con neumáticos o la quema de buses del Transantiago? (¿tendrá alguna ligera sospecha que son altamente contaminantes?), ¿qué propondrá P. Narváez para el manejo del 80% de déficit de agua observado en el país y revertir la dramática situación del 90% de los embalses?
Los más optimistas apuestan a que las respuestas individuales ya vendrán y que por ahora todos juntos preparan una sorpresa mayúscula, redactando sugerencias compartidas para que el Presidente de la República lleve una maciza propuesta-país a la cumbre de Glasgow en noviembre. Otros, dotados de singular paciencia, se conforman esperando la Constitución verde, comprometida con la reversión del calentamiento al umbral de +1,5 ºC, que están redactando nuestros flamantes convencionales.
Más allá de tales conjeturas, podría asegurarse que todo el tráfago de preguntas se plasma en una duda capital, ¿habrá calculado alguien el costo para el medioambiente de la revuelta de Wallmapu? Llevamos ya varios años viendo a diario quemas de maquinaria, casas y bosques, para nada inocuas. Sin embargo, tal duda podría ser una extravagancia. Ponerse a medir costos medioambientales en un movimiento tan peculiar (al encerrar el respeto más profundo por los elementos autóctonos), podría tomarse como una excentricidad. En esta línea, podría darse el caso de que esta duda sea incluso del todo inatendible. ¿Qué tal si estas demandas ancestrales responden a conductas sacrificiales exigidas por alguna deidad misteriosa? (como ocurría a menudo en la América pre-colombina).
Si es así, el silencio de los candidatos se comprende. Significa que los electores deberemos aprender a depositar una confianza infinita en el ansiado retorno a lo identitario y atávico a nuestra tierra. Deberemos admitir nuestra profunda equivocación de no captar las ventajas de una arcadia aborigen por sobre la civilización tecnologizada. Así, las respuestas no están, ni estarán jamás, en la ciencia, pues descansan como piñones silvestres en las invocaciones ancestrales.

Este supuesto nos conduce necesariamente a creer que el subsuelo chileno es completamente distinto -y más seguro por cierto para el ser humano- que el de la ciudad alemana de Erftstadt, arrancado de cuajo por las inundaciones, y que el devastador incendio de Lytton en Columbia británica se debió a la desconexión de los canadienses con esta obviedad de no considerar lo aborigen para aplacar a la madre naturaleza. Deberemos ser críticos también con los chinos que han decidido ocupar su tiempo en scientific nonsense, como querer conquistar el planeta Marte o cómo ganar la guerra mundial por el 5G, permitiendo así que los coches de la ciudad Zhengzhou flotasen como peces por sus calles inundadas.
Ante tantos equívocos, cabe preguntarse qué hacemos entonces con las abrumadoras evidencias científicas frente a nuestro proceso electoral.

Por ejemplo, que julio fue el mes más cálido de que se hacen mediciones, que junio fue el mes más seco desde 1950, que este invierno hay 77% menos de nieve, que llevemos 13 años de sequía ininterrumpida en la zona central, que la disminución del cauce del río Maipo (el mismo del cual depende Santiago) sea dramática, que el 76% del territorio nacional esté afectado por falta de agua, que el avance del desierto es real y que las quemas de bosques no parecen tener culpables (al no haber acusados de ello). Y en un plano más amplio, que la última década es la más calurosa del planeta en 125.000 años, que los glaciares del mundo se están derritiendo y retrocediendo a un ritmo sin precedentes en al menos los últimos 2000 años, que los niveles atmosféricos de dióxido de carbono no han sido tan altos en al menos dos millones de años. Y, finalmente, que los cambios geopolíticos no son una simple nota a pie de página, sino transformaciones de muy larga duración, como esos 4 millones de kms2 de nueva tierra arable en las zonas árticas de Rusia y el aumento de océanos que podría hacer desaparecer a varias urbes emblemáticas de nuestra vida actual.
En síntesis, tenemos un ciclo político proyectando ciertas incomodidades. No sabemos cómo interpretar los silencios de los candidatos ante evidencias tan sólidas. Lo que debiera ser un ejercicio sencillo se está transformando en un dolor de cabeza. Nadie pide disquisiciones sobre el impacto de la cosmología en el planeta o intervenir en el debate sobre la posible naturaleza alienígena del asteroide Oumuamua. Tampoco se trata de exigirles obligaciones negociables. Simplemente, un enfoque actualizado y elemental sobre estos desafíos tan acuciantes para el país.
Son silencios sugerentes. El verdor de nuevos brotes primaverales en materias medioambientales no están a la vista. Más bien se observan capullos tempranamente marchitos y sólo queda parafrasear a Neruda. No me gustas cuando callas… estás como ausente.