Podemos obedecer, desobedecer y obedecer de mala gana. Si, no y hacer cómo que se obedece. La última es una desobediencia mentirosa.
Lo he visto personalmente cuando he querido ser obedecido. Alcancé a ser padre cuando serlo mandaba. Fui profesor que dispensaba certificados oficiales. En alguna ocasión tuve algún cargo ejecutivo que no recuerdo. También fui dirigente de alguna organización política con militantes de a pie…. Especialmente lo veo cuando obedezco.
Vigilar y castigar produce obediencia de mala gana. Lo mismo que la pura legitimidad de quien manda; siempre sujeta a discusión, por lo demás. Disciplinar mediante condicionamiento operante u otras habituaciones – por la participación en algunas coordinaciones básicas como el horario, el calendario, las cadenas de procesos, p. ej. -, no sé si puede ser considerada propiamente una producción de obediencia. Persuadir es demasiado intelectual; a menudo no obedecemos nuestras propias persuasiones. Seducir es quizá demasiado puntual; carece de horizontes. Ejercer hegemonía, por el contrario, es excesivamente exigente con quién manda: le exige encarnar narrativas culturales que hegemonicen.

Todas estas formas de producir obediencia comparten el sesgo de poner el acento en la agente que manda y ordena (Hablando de hegemonía: presuponemos que la acción humana consiste en producir resultados, no en posibilitar que algo ocurra). En mi experiencia, ser obedecidas de buena gana depende de que mandados y mandadas se apropien de las órdenes y los mandatos. Las hagan propias. Pero en ese caso no sé si tiene sentido seguir hablando de obediencia.