¡¿Dirección?!, exige el carabinero. Sale de mi boca la de mi correo electrónico. Mirada fea, corrección inmediata. Desde tiempos napoleónicos el estado nos obliga a vivir en calles bautizadas y números.
(Calle, Número), la verdad, me importa cada vez menos. Mi dirección activa es la que tengo en las plataformas digitales afuera de las cuales no puedo vivir. Google, WhatsApp, Facebook, Twitter, Amazon, Netflix, Spotify…, no se cuántas más. Me pueden ubicar, around the world, en redes de direcciones globales, en las cuales me encuentran quienes quieren decirme, ofrecerme, proponerme o pedirme algo, incluidas especialmente las plataformas.
Una plataforma es un territorio no terrestre con un soberano. Este declara las condiciones para entrar, incluyendo una identificación, y las demarcaciones, estándares y reglas que imperan en su interior. Adentro se puede actuar con libertad en el espacio de lo permitido; en general, casi todo lo que es posible hacer en los espacios terrestres y mucho más. Existe en otra dimensión que los territorios terrestres. No usa sus pasaportes ni sus medios de pago, no sabe de nacionalidades. Es un territorio con un orden obviamente político, si se presta atención a las categorizaciones que establecen clases diversas de actores, pero no es un estado.
El soberano de la plataforma ejerce el poder de una manera especial. No persuade, no castiga ni disciplina, ni siquiera ejerce hegemonía; simplemente convierte la imposición en conveniencia. Tal como la cuadrícula de las calles de una ciudad obliga sin hacerlo aparente. Lo ejercita con destreza, usando algoritmos estructurados por las acciones en la plataforma, que la modifican constantemente para hacerla más conveniente. Así espanta a las competidoras.

Ni ciudadanas ni clientes, en las plataformas somos usuarias. Nuestra ciudadanía queda afuera, y no pagamos a cambio de las conveniencias recibidas (o remuneramos menos que su costo). Las plataformas no son estados ni mercados. Cómo hacen dinero con usuarios no clientes es harina de otro costal.
Pienso que la estructura de plataformas globales es el nuevo mundo en el que vivimos por obra y gracia de la revolución digital. En él habitamos usuarias ubicables como claves en redes globales de direcciones. Perfora el espacio terrestre de los estados nacionales, y al mercado. Hasta hace muy poco, los únicos centros de soberanía en el mundo, y la principal manera de intercambiar en éste. Pone en su lugar al soberano del estado nacional, dueño del derecho de mandar en su territorio. Y jaquea al capitalista industrial. Las plataformas constituyen la estructura líquida del mundo líquido. Sus aguas profundas, imagino que podría decirse.
Más le vale al soberano del estado nacional territorial descubrir las bases de una nueva humildad. Ya no manda en el mundo en el cual todos existen, como hasta hace poco. Gran parte de la vida de la mayoría transcurre hoy en el universo de plataformas digitales. Y también le valdría la pena sintonizar con las maneras como se ejerce el poder en ellas: sin argumentar, sin persuadir, sin pretender hegemonizar, simplemente haciendo conveniente.
¿Esperar humildad y sensibilidad del soberano? ¿Justo en el momento en que se constituye como tal? No me queda otra… ¿Y por qué no?