Todo pareciera indicar, elección gobernadores mediante, que el veto PC a la candidata socialista, con pretexto del apoyo PPD, conducirá a restablecer el entendimiento PS-PDC que suscita fuerte críticas desde las posturas autodefinidas “antineoliberales y sin medias tintas”.
Estas posturas, planteadas con singular sectarismo verbal, reponen una versión 2021 del “avanzar sin transar”, que surgió en tiempos del gobierno de Salvador Allende. Entonces desconocieron y/o desvalorizaron que cerca del 80% que sumó la votación del PDC y la Izquierda Socialista, en las elecciones de 1965 y 1969, fuera fruto de un largo y sostenido esfuerzo porque las ideas democráticas y avanzadas de la época se hicieran hegemónicas en nuestra sociedad.
Las hoy aparentemente rejuvenecidas posturas izquierdistas reproducen errores del pasado, tienden a expresar a quienes actúan en política sin haber aprendido nada de lo viejo y sin mayor noción de dónde residen las potencialidades del futuro.
En efecto, en aquel momento el PDC y la izquierda constituida como Unidad Popular(UP) vieron frustrados sus anhelos democráticos y progresistas, en buena medida por sobrevalorar sus propias fuerzas en desmedro de una alianza mayoritaria, ciertamente compleja de construir por factores históricos con incidencia de la compleja política internacional de entonces. Con todo, aquellas ideas predominantes en el apoyo popular nunca fueron inequívocamente derrotadas.

Y, pese a todo, ambas formaciones políticas se concibieron como alternativas y competitivas entre sí por largas décadas. En un curso histórico de avances progresistas y democráticos, ambos sectores acumularon apoyo popular de forma autónoma y a costa del deterioro y pérdida de la hegemonía de los poderes conservadores y refractarios al cambio social.
Sin embargo, unos y otros no advertimos que el cambio social para su profundidad y velocidad exige sumar fuerzas superiores para concretarlo, sostenerlo y consolidarlo. En dicho sentido valga recordar que la Reforma Agraria de Eduardo Frei Montalva difícilmente se habría logrado si no hubiera sido apoyada por la izquierda y, también, habría sido por lo menos dificultoso concretar la Nacionalización del Cobre sin el concurso de los DC, o más precisamente, sin el “consenso nacional” que se alcanzó en aquella oportunidad.
Entre otras cosas porque no bastaba, en ambos casos, con una mayoría legislativa. Resultaba imprescindible que ella tuviera su correspondiente reflejo en el plano de las ideas, lo que hoy se llama un “consenso social” (baste nada más con recordar la tenaz resistencia de los latifundistas). También corresponde sostener que esas mayorías legislativas no se alcanzan sin un predominio de las ideas. Una y otra van de la mano.
Pues bien, los nuevos izquierdistasen boga, con algunos rasgos de soberbia y desprecio por la historia vivida y sufrida por tanto(a)s, parecieran reproducir las antiguas miopías, sin advertir el actual predominio de un sistema, ciertamente en crisis, pero hegemonizado por el capital financiero a escala mundial.
Para aquella observación indispensable, hoy como ayer, se requiere de fuerzas democráticas renovadas y de gran envergadura política y alcance social, que construyan mayorías sustantivas y sólidas para impulsar los cambios y resistir las embestidas refractarias.

En el actual contexto, postular una formación política con un tercio del electorado es renunciar a la mayoría y así difícilmente se puede construir “una opción real frente al neoliberalismo”. Pareciera incomprensible celebrar alianzas estrechas y excluyentes, cuando la historia no deja de enseñar que esa miopía autorreferente sólo ha conducido al descalabro.
La historia es porfiada y, más allá del verbo fácil, un somero análisis retrospectivo nos ilustra que en el sentido democrático-progresista existe entre el PDC y la Izquierda una mayor continuidad de la que comúnmente constatamos.
Obviamente que tal vinculación de propósitos no los percibimos con rigor en su momento y por ahora se ha tendido a valorarla esencialmente en función de la lucha contra la dictadura, lo que por cierto no es algo menor y palmariamente ilustrativo de la cantidad y calidad de fuerzas que fue necesario reunir para ese objetivo.
Pequeñas pruebas de la historia al canto: el gobierno de Frei Montalva inició obras de gran envergadura como la doble pista en la ruta 5 o el Metro de Santiago, ambas continuadas por la administración del Presidente Salvador Allende, en un tipo de iniciativa gubernamental que hoy se llama “modernización” del país. No deja de ser sintomático e ilustrativo que con la derecha en el gobierno esas obras fueran canceladas. Lo mismo se puede decir respecto de las realizaciones de ambos gobiernos en materia de viviendas populares, construcciones educacionales y hospitalarias.

También hubo continuidad entre la “chilenización” y la nacionalización del cobre. Ciertamente la nacionalización fue un logro esencial. Nada más lejano que la privatización (de un 20%) de Codelco que planteó Sebastián Piñera en su primera campaña presidencial.
Similar continuidad se puede establecer con el resultado de la Reforma Agraria. Y valga recordar que el gobierno de Frei Montalva impulsó, con el concurso de la Izquierda y resistencia de la derecha, la Ley de Sindicalización Campesina y el Fondo de Educación y Extensión Sindical, cuyo objeto era fortalecer el sindicalismo agrario.
Ciertamente no tiene sentido forzar la historia y sus semejanzas, ni existen continuidades perfectas, exentas de contradicciones. Pero las señales históricas mencionadas están muy lejos de las casualidades o interpretaciones antojadizas. Más aún si en el contexto de la época referida se imponía la hoy ignorada Guerra Fría, que entonces acentuaba factores de distanciamiento al interior de la centroizquierda y el progresismo, estimulando el antagonismo político.

Con todo, la convergencia de propósitos para conquistas democráticas y progresistas desde la derrota de la dictadura en adelante es historia conocida. Y, ciertamente, el alto nivel de convergencia que expresó la Concertación no estuvo exento de problemas, suspicacias y contradicciones.
La hoy denostada Concertación nació como una alianza política que expresaba una diversidad de intereses sociales. Lo que prevaleció en aquella pluralidad social e ideológica fue la constatación de que aquellos podían concretarse con el restablecimiento de un sistema democrático, terminando con el lastre de la dictadura y “calculando” que el objetivo democrático sólo era posible por la vía electoral reconquistada con el plebiscito-1988.
Con esas lecciones de la historia cuesta apreciar la ceguera y sectarismo del pretendido nuevo “izquierdismo”, apostando a una victoria de minorías con división de las fuerzas democráticas y progresistas. No es la hora para “vírgenes necias”, que apuestan a un minuto de gloria, tan efímero como puede resultar el “ombliguismo” y “faroleo” que se autosatisface en las redes sociales.
2 comments
Fernando Avila trae el escenario de los 60’ y principios de los 70’ a la coyuntura actual olvidando mas de medio siglo de historia, con 17 años de Dictadura de la derecha mediante y un modelo neoliberal extremo protegido por una Constitución para una democracia asfixiada y actores políticos que han tenido conductas muy distantes a las del pasado.Ese salto al vacío lo hace equivocarse. Por cierto sigue siendo válida la necesidad de alianzas amplias.Pero obvia reflexionar si hoy existen consensos que permitan avanzar en la perspectiva de cambios que se manifiesta con fuerza desde el Estallido del 18-O . No repara en el divorcio con sectores que sienten afinidad con lo existente, ni en el cuestionamiento válido a la experiencia concertacionista. En suma, cae en una nostálgica de tiempos pasados que no son los de hoy.
Quienes no estudian profundamente la historia si no han tenido la suerte o la desgracia de vivir los acontecimientos que la marcaron, no serán jamás capaces de construir un proyecto para el futuro de su pueblo. Cualquiera que haya estudiado el materialismo histórico como método de interpretación y, el que no lo ha hecho le recomiendo pegarle una mirada, sabe que la historia es un proceso que se desarrolla en una verdadera espiral y como un continuo y, por eso, hay fenómenos políticos o sociales que se repiten a lo largo de la vida de un pueblo. Esto quiere decir, para expresarlo más claro, que la historia no comienza cuando llega uno a ser parte de ella por eso, el negacionismo de algunos sobre períodos de la historia reciente es sólo expresión de soberbia y tentativas de hegemonismos quefueronsepultados en el pasado con la caída de los muros y las catedrales.