Vergüenza nacional. Por Marcelo Contreras N.

por La Nueva Mirada

Es una vergüenza nacional que se les quemen sus pocos enseres a inmigrantes. La imagen ha recorrido el mundo. Una vergüenza que más de 100 familias de ellos tengan que acampar en una plaza pública en Iquique, sin agua, luz y servicios sanitarios, y no se instale un campamento de acogida, ofrecido por organismos internacionales, para otorgárselas de manera provisoria. Que la policía los desaloje de manera violenta, con amplia cobertura mediática, sin darles una solución provisoria o alternativa. Que más de cinco mil personas marchen en contra de los inmigrantes y que se convoque a una manifestación en “contra de la invasión de inmigrantes” en la capital Que el gobierno no controle las fronteras. Y que se insista en deportaciones sumarias, como la única manera de controlar el fenómeno.

La Corte Suprema ha objetado estos procedimientos, que no se ajustan a nuestra legislación y nada le permite al gobierno insistir en una manifiesta ilegalidad. La administración de Sebastián Piñera tiene responsabilidades políticas ineludibles en la situación generada. Su política frente al fenómeno migratorio no solamente es deficiente, sino también muy poco humanitaria,

En febrero pasado viajó al país una misión de Naciones Unidas para investigar en terreno el problema migratorio generado en el norte de Chile con la masiva presencia de inmigrantes ilegales, que debían pagar a bandas organizadas para cruzar la frontera. Esa misión evacuó un informe, de carácter reservado, con recomendaciones para asegurar una acogida digna y segura. Ninguna de esas recomendaciones fue acogida por el gobierno chileno.

Nuestro país tiene una deuda en materia de inmigración, Mas de un millón y medio de chilenos debieron optar por el exilio durante el régimen militar y recibieron una acogida humanitaria no tan solo en Europa. También en América Latina, incluyendo Venezuela, de donde hoy en día proviene una importante cantidad de inmigrantes, muchos de los cuales se sintieron invitados por el propio presidente de la Republica en su desafortunado viaje a Cúcuta.

Algo deberíamos haber aprendido de esa experiencia cuando miles de chilenos se beneficiaron de una amplia y comprometida solidaridad internacional. Bien pudiera ser que la derecha, que asumió esa solidaridad como una intromisión en nuestros asuntos internos, no entienda el problema de fondo que se esconde tras el fenómeno migratorio y la humanidad que allí está en juego. Pero nada justifica el trato abusivo y degradante hacia los inmigrantes, producto de una política equivocada para enfrentar el tema. Y menos actitudes xenófobas, que tan solo degradan la imagen internacional del país.

No son pocos quienes lucran con la extrema necesidad de inmigrantes que buscan un lugar para vivir y un trabajo decente para sacar adelante a sus familias. Además de las bandas que trafican con personas en la frontera, abundan los que ofrecen trabajos precarios y mal remunerados, arriendos de piezas a precios exorbitantes y en condiciones de hacinamiento. Incluso, explotación sexual.

Nuestro país, como tantos otros, enfrenta un fenómeno de xenofobia, la mayoría de las veces inducido y alimentado por sectores conservadores y chauvinistas, y no pocos medios de comunicación, que fomentan la desconfianza, el rechazo, cuando no el odio, a los extranjeros. Aquella miseria humana no solo sucedió en la Alemania de Adolf Hitler, sino que se repite a lo largo de la historia, en todas las latitudes.

No sería ocioso investigar a los autores de la convocatoria de la marcha en contra de los inmigrantes en Iquique. Así como también a quienes han decidido convocar a una marcha para este 2 de octubre en Santiago en “contra la invasión de inmigrantes”. Seguramente allí estará la mano de la derecha, con fines netamente políticos y electorales.

Venezuela, al igual que Haití, vive un drama humanitario, que ha obligado a miles de familias a buscar el camino del exilio, recorriendo kilómetros interminables en muy difíciles y precarias condiciones. Muchas de ellas con sus hijos pequeños, pasando hambre y frio, exponiéndose a enormes peligros y penurias, para llegar a un país que, en la mayoría de los casos idealizan, pensando que aquí pueden tener una segunda oportunidad para ellos y sus familias. Todo esto en condiciones de pandemia. No son pocos los que han perdido la vida en el intento.

Es más que evidente que el país tiene el derecho y el deber de intentar controlar este fenómeno, pero debe hacerlo con un sentido humanitario, respetando los derechos humanos de los inmigrantes, implementando medidas de acogida dignas.

El país -que envejece rápidamente, – necesita de una inmigración que venga a aportar a su desarrollo (como también sucede en EE.UU. y la mayoría de los países desarrollados). No son pocos los agricultores y otros sectores productivos, con crecientes dificultades para conseguir mano de obra (en lo posible barata), que hoy demandan visas temporales para inmigrantes que puedan suplir empleos que muchos chilenos esquivan (por salarios exiguos). Ello es completamente contradictorio con las manifestaciones xenofóbicas que hemos conocido por estos días,

Resulta indispensable, junto con el esfuerzo de educación de la ciudadanía en materia de derechos humanos y solidaridad, definir una política migratoria moderna, eficaz y marcada con un claro sello humanitario, que aborde y controle adecuadamente un fenómeno imparable en el convulsionado escenario que presenta nuestra región y el mundo.

Este deberá ser una tarea prioritaria para el próximo gobierno.

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1 comment

Ximena Canales septiembre 30, 2021 - 2:36 pm

Buen artículo. Una vergüenza. Acá es didáctico demostrar porqué una persona se inclina a la derecha.

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