Según la reciente encuesta del CEP (esta vez de carácter presencial), más del 60 % de la población no tiene decidido su candidato o candidata presidencial, o muestra preferencias por candidatos (a) que no estarán en la papeleta de primera vuelta. Y no deja de sorprender que los candidatos que aparecen liderando la encuesta (Boric y Sichel), no superan el 15 % de las preferencias y la distancia entre ellos sea estrecha.
El otro dato interesante que muestra la encuesta, además de relevar como la primera prioridad de la ciudadanía la seguridad, es una cierta tendencia a la moderación política, una baja en la aprobación de las protestas, un rechazo a la polarización y la valoración del diálogo y los consensos, antes que a los enfrentamientos. Un dato aparentemente contradictorio con quienes lideran la encuesta,
Ello parecería indicar que la elección, a escasos dos meses, está aún muy abierta, que la campaña aún no se despliega y que la mayoría de los chilenos y chilenas no sabe aún por quién votar. Ello habla no solo de la debilidad de los liderazgos en competencia, sino también de la crisis por las que atraviesan los partidos políticos y la política, en general.
Sebastián Sichel no es el líder de su coalición, no tiene partido y enfrenta una tenaz competencia por la representación de su sector de parte de José Antonio Kast. Yasna Provoste aun debe probar si puede convocar a la centroizquierda y Gabriel Boric enfrenta una compleja cohabitación con el PC
Nadie sabe lo que representa Franco Parisi (¿conoce algún adherente o votante suyo?). Y persisten las dudas acerca de si finalmente aterrizara en el país para ponerse el frente de su campaña. De Marco Enríquez Ominami se sabe un poco más, excepto las razones que lo impulsan a una nueva postulación, luego que su partido participara en la consulta ciudadana organizada por la centroizquierda. Lo de Eduardo Artes es más claro. Una postulación testimonial para levantar las banderas del Partido comunista, acción proletaria, de inspiración maoísta,
Razones para confundirse…
Hasta ahora, la carrera presidencial ha estado presidida por grandes vicisitudes. Con candidatos que se suben y se bajan. Decisiones judiciales que un día le impiden a un aspirante postularse y el día siguiente se lo permiten. Con otro candidato que vive en EE.UU., que enfrenta un juicio por alimentos, con una orden de arraigo pendiente, que le impediría aterrizar en el país, so pena de no poder salir. Una candidatura fallida de la lista del pueblo, por presentar 23.000 firmas autentificadas en una notaría cerrada y su notario fallecido. Una consulta ciudadana tardía para designar una candidata de la centro izquierda, dos días después.
El otro dato, que no deja de llamar la atención, es que, hasta ahora, faltando menos de dos meses para la elección, aún no se desplieguen las campañas. Como las de antaño. Con mensajes claros, movilizaciones ciudadanas, rayados, concentraciones, marchas, puerta a puerta, banderas, carteles, panfletos y consignas.
Es verdad que la pandemia conspira en contra de la posibilidad de hacer campañas como las de antaño y que las redes suplen con desventaja las movilizaciones, pero no necesariamente contribuyen a clarificar lo que representan y proponen cada uno de los candidatos. Sin generar el fervor y entusiasmo esperable de una contienda presidencial.
Ciertamente ello debiera cambiar al inaugurarse ayer el período legal para hacer campaña. Los foros televisivos debieran contribuir a clarificar lo que cada candidatura representa, cuáles son sus diferencias y lo que proponen al país. La propaganda tal vez ayude, así como la franja televisiva. Pero sigue faltando el despliegue territorial. El fervor de la gente Las ideas fuerza de cada candidatura. Los mensajes capaces de sumar adhesiones, la convicción de los adherentes. La mística necesaria para cambiar el curso de la historia.
Se dice que las elecciones las gana la infantería. El despliegue territorial. El trabajo puerta a puerta de militantes y adherentes. No parece ser el caso de la presente elección. Quizás sea el signo de los tiempos. O la nueva política en clave digital. Vaya uno a saber.
Una mayoría por los cambios

Es mas que evidente que los candidatos que se impusieron en las primarias legales, registrando una participación de mas de tres millones de votantes, partieron con ventaja en esta peculiar campaña presidencial, pero parecieran afectadas por un parcial estancamiento, al igual de lo que sucede con la campaña de Yasna Provoste, que partió tardíamente y sin mayor dinamismo. El republicano José Antonio Kast es el único que aparece creciendo, en desmedro de Sebastián Sichel.
Faltan escaso dos meses para la votación y la campaña debiera entrar en tierra derecha. No tan solo la postulación de Yasna Provoste requiere de un replanteamiento, como lo planteara el senador Carlos Montes. Para Sichel es de vida o muerte y para Boric, más que necesario. Comienza entonces a jugarse la suerte de la elección, no tan solo a nivel presidencial sino también parlamentario y de consejeros regionales. Es decir, el futuro político del país.
En las pasadas elecciones municipales y de gobernadores regionales, que normalmente anticipan los resultados de la elección presidencial y parlamentaria, los partidos de la centroizquierda se transformaron en el principal bloque político del país, eligiendo más aspirantes, en tanto que la derecha sufría una verdadera debacle, perdiendo en todas las comunas emblemáticas y ganando tan solo una de las gobernaciones en juego.
Es evidente que no son elecciones comparables. Pero la derecha enfrenta estas elecciones en momentos de gran debilidad. Con un gobierno de salida, con una coalición dividida, bajos niveles de apoyo, dos candidatos a la presidencia y dos listas parlamentarias competitiva entre sí.
Un pacto por la gobernabilidad futura

Aquel escenario ofrece a la oposición no tan solo alguna oportunidad para dejar a la derecha fuera de la segunda vuelta, sino también conquistar una sólida mayoría parlamentaria comprometida con un proceso de cambios y transformaciones. Y ello debiera materializarse en un pacto de gobernabilidad futura y un acuerdo de apoyo reciproco en segunda vuelta.
Ese pacto de gobernabilidad resulta indispensable para el candidato o la candidata del mundo progresista que pase a segunda vuelta. Y cobra aun mayor significación y trascendencia en la alternativa que ambos candidatos progresistas inscriban su nombre en la papeleta de segunda vuelta. Yasna Provoste no puede convertirse en la candidata de la derecha para frenar a Boric, por más que muchos votantes de la derecha decidan optar por el mal menor, sino en una clara opción por el cambio, comprometida con un acuerdo de gobernabilidad con los sectores progresistas que compiten por liderar ese proceso.
El gobierno que suceda al actual recibirá una herencia más que pesada. Con una pandemia que no acaba por ser controlada. Una reactivación económica desigual, rezago en la recuperación de los empleos, alto endeudamiento y numerosas asignaturas pendientes, Entre otras, la reforma del sistema previsional, puesto en jaque por sucesivos retiros de los fondos previsionales y bajas proyecciones de crecimiento futuro.
Todo ello exige construir sólidas mayorías que puedan respaldar un proceso de cambios y transformaciones, con solvencia técnica y seguridad. Y claramente no es lo mismo ser oposición que fuerza de gobierno.