Bárbara Strozzi ¿Cortesana o compositora? Juicio histórico a una mujer libre

por Cristina Wormull Chiorrini

En el corazón del Barroco veneciano, Barbara Strozzi cantó al amor sin dejar que el mundo supiera a quién. Su música, intensa y desgarrada, parece contener los ecos de pasiones vividas o imaginadas, pero su biografía guarda silencio. No hay cartas, ni nombres, ni confesiones. Solo la sospecha —esa forma de violencia histórica— que la llamó cortesana por atreverse a publicar, a cantar, a existir. En un tiempo que negaba a las mujeres el derecho a la autoría y al deseo, Strozzi convirtió su voz en refugio y resistencia. Tal vez su único amor fue la música: ese cuerpo sonoro donde pudo ser libre, deseante y eterna.

Barbara Caterina nació en 1619 en Venecia, y aunque no se conoce la fecha exacta del parto, fue bautizada el 6 de agosto de ese año. En 1628, el poeta y abogado Giulio Strozzi la adoptó, es decir, la reconoció como «hija electiva«. De hecho, es probable que fuera realmente su hija. Quizás para evitar problemas, en el acta notarial la niña aparecía como Bárbara Valle. Su madre, Isabella Garzoni, conocida como “la Greghetta”, trabajaba y vivía en la casa de Giulio. Strozzi estableció que Bárbara sería su única heredera, pero solo si había sobrevivido a los Garzoni. Esto indica que no había otros hijos en juego y, sobre todo, que Strozzi seguía una tradición veneciana que permitía la emancipación de la mujer y la posibilidad de heredar, una costumbre muy peculiar del Estado de Venecia.

Giulio Strozzi | Barbara Strozzi

Giulio, hijo natural y luego legítimo de Roberto Strozzi, pertenecía a una de las familias más ilustres de Florencia. Amaba la música como quien ama el aire y con el tiempo se convirtió en uno de los libretistas más fecundos del siglo XVII. En Roma, había sido protonotario apostólico y miembro de la Academia de los Ordenados. En Venecia, se unió a los Incogniti, y en 1637 fundó su propia constelación: la Accademia degli Unisoni, donde Bárbara brillaría como estrella y talismán.

Barbara estudió música con Pier Francesco Cavalli, maestro de capilla y cantor de San Marco, compositor de cielos barrocos. En 1638, el organista Niccolò Fontei la llamó “la cantante más virtuosa” en la dedicatoria de una serie de Bizzarrie publicada en Venecia. Pero como era costumbre en la Serenissima, los elogios venían acompañados de sombras. Los reportajes de las Vigilias de los Señores Académicos Unisoni, celebradas en la casa de Giulio Strozzi, están dedicados a Bárbara —ya llamada “Strozzi”— y la recuerdan como artista central, musa inquieta, “amuleto de la suerte” de aquel círculo que la escuchaba como quien escucha el porvenir.


Che si può fare?

A chi si fida amor, sempre tormento.

¿Qué se puede hacer?

A quien se fía al amor, siempre le espera tormentoChe si può fare (Aria, Op. 8), Barbara Strozzi

Bárbara nunca se casó, pero tuvo cuatro hijos. Tres de ellos fueron de Giovanny Paolo Vidman, quizás su relación de pareja más duradera. Tan seria fue esta unión que la familia Vidman proporcionó la dote necesaria para que dos de las hijas de Bárbara ingresaran a un convento. Esta actitud de libertad —y el retrato que “supuestamente” le hizo el pintor y exfraile Bernardo Strozzi (sin parentesco con ella, aunque compartían apellido), conocido como el Capuchino o el Sacerdote Genovés— fueron el origen de su fama como cortesana.

La reputación de Bárbara como “cortesana”, sin embargo, se debe sobre todo a un retrato atribuido a Bernardo Strozzi, quien la habría pintado semidesnuda, con una viola da gamba en las manos y una mirada melancólica. La obra, conocida como La tañedora de viola, fue durante siglos el punto de partida de su fama como mujer “pública”. No obstante, muchos sostienen que la retratada no es Bárbara, sino una de las tantas prostitutas que circulaban por Venecia. Cierto o no, bastó para alimentar las habladurías.

¿Qué hace falta para que una mujer sea recordada como artista y no como escándalo?

En la Venecia del siglo XVII, Barbara Strozzi compuso más música vocal que ningún hombre de su tiempo —y de todos los tiempos. Publicó ocho volúmenes, escribió cantatas, arias y madrigales con una libertad formal y emocional que desbordaba los límites del canon. Muy significativos son los textos poéticos que emplea para sus composiciones, pues traduce en música los versos que su padre, libretista de Monteverdi, escribe para ella. Y sin embargo, la historia la envolvió en un rumor: cortesana. Solo recientemente se trabaja en el rescate de su monumental obra poética y musical.

La obra de Barbara Strozzi se enmarca en el Barroco veneciano del siglo XVII y, estilísticamente, en la tradición de la seconda pratica. Hay varias compositoras relevantes de este periodo, como Isabella Leonarda, Élisabeth Jacquet de La Guerre, Élisabeth Sophie Chéron y Francesca Cassini. Y quizás convenga mencionar a prime donne de entonces, como Andreana Baroni y sus hijas Leonora y Catterina, que lograron gestionar sus carreras con cierto éxito.

Para la historia no bastaba su talento, ni su formación con Francesco Cavalli, ni su rol central en la Accademia degli Unisoni, donde su padre adoptivo —el poeta Giulio Strozzi— la presentó como musa y anfitriona. La sospecha se impuso como biografía. Porque era mujer, porque cantaba, porque publicaba. Porque su voz no pedía permiso.

Barbara Strozzi no tuvo mecenas eclesiásticos ni un apellido legitimado por el matrimonio. Su cuerpo, su voz y su pluma fueron su capital. Y eso bastó para que la crítica de su tiempo —y de siglos posteriores— la juzgara más por su género que por su genio. 


Lagrime mie, a che vi trattenete? Lagrime mie” 

Perché non iscendete a ristorar il mio cor nel duol che sente?

Lágrimas mías, ¿por qué os contenéis?

¿Por qué no descendéis a consolar mi corazón en el dolor que siente?

Lamento OP 7, Barbara Strozzi

Voglio, voglio morire,

se non posso parlar del mio dolore.

Quiero, quiero morir,

si no puedo hablar de mi dolor.

 “L’amante segreto” (Cantata, Op. 2), Barbara Strozzi

Barbara Strozzi no dejó cartas de amor, ni diarios, ni confesiones. No sabemos a quién amó, si fue amada, si deseó. La historia no se ocupó de registrar sus afectos, pero sí de sospecharlos.

Lo que sí quedó fue su música. Cantatas que hablan del abandono, del deseo, de la espera. Arias que se quiebran en susurros y estallan en lamentos. Madrigales que parecen escritos desde una herida que no se nombra. ¿Fue ella quien amó así? ¿O fue su voz la que encarnó los amores de otras?

En un tiempo que negaba a las mujeres el derecho a la intimidad creadora, Barbara convirtió su cuerpo vocal en refugio. Cantó lo que no podía decir. Compuso lo que no podía vivir. Su voz fue su casa, su amante, su libertad. Y en cada nota dejó una huella de sí misma: no la biografía que le negaron, sino la existencia que se atrevió a cantar.

Hoy, siglos después de su último canto, Barbara Strozzi vuelve a sonar. Ya no como sospecha, sino como legado. Musicólogos, intérpretes y escritoras han comenzado a escucharla con otros oídos: no como cuerpo juzgado, sino como voz creadora. Su obra se interpreta en salas de concierto, se estudia en universidades, se graba con respeto.

La historia, aunque lenta, afina. Y en ese gesto de reparación, no solo se recupera a una compositora, sino a todas las mujeres que fueron silenciadas por cantar demasiado, por escribir sin permiso, por vivir sin marido. Barbara Strozzi es hoy símbolo de una libertad que no pidió disculpas.

En total, durante su vida, Barbara lanzó 125 piezas de música vocal. Y mientras su música recorría las calles de Europa, se cree que murió, en 1677, en Padua, en el olvido y en la escasez de medios y que habría sido enterrada en la Iglesia de los Eremitas.  Pero no se ha podido confirmar.  Una mujer en esos años no ameritaba una tumba destacada.

Hoy, al escuchar sus cantatas, no buscamos pruebas ni escándalos. Buscamos el eco de una mujer que fue música antes que mito, libertad antes que rumor, genio antes que género.

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1 comment

F noviembre 20, 2025 - 12:06 pm

Me encanta lo que se plantea: «¿Qué hace falta para que una mujer sea recordada como artista y no como escándalo?» y «La historia, aunque lenta, afina». Con esto último, imaginé como el agua lentamente afina rocas… Una bella forma de mostrar esperanza en la perspectiva que da el tiempo.

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