El gran funambulista. ¿El ocaso de Pedro Sánchez en España?

por Patricio Escobar

Ocasionalmente en la antigua Roma, entre combates de gladiadores que estremecían al público, un silencio tenso como una corriente de aire frío se extendía por las tribunas. Los asistentes volvían la mirada hacia el cielo y, entrecerrando los ojos, podían distinguir una cuerda que, en lo más alto, cruzaba el Coliseo de uno a otro extremo. En medio de un silencio expectante, desde uno de los muros, un concentrado caminante provisto solo de una larga vara, iniciaba su recorrido posando un pie delante del otro por sobre la cuerda. Era el funambulus, del latín funis (cuerda), y ambulare (andar). Más que un ejercicio físico es un arte, donde el funambulista mide cada movimiento para anticipar lo imprevisto, una corriente de aire o el vuelo de un pájaro. Tensando algunos músculos, juega con su propio peso para conservar el equilibrio buscando alcanzar su meta.

No resulta simple definir qué es un buen político. Si atendemos a la definición de la actividad, tampoco avanzaremos demasiado, dado que resulta amplia la gama de significados que pueden encontrarse para ella. Sin embargo, y atendiendo a lo básico, en que la política es el conjunto de acciones relacionadas con el gobierno, sea de la polis en el mundo clásico o de las sociedades contemporáneas, un buen político sería aquel cuya acción contribuye a ese fin desde su particular posición y de los intereses que representa en el sistema que comparte junto a otros actores políticos. Aunque también podría definirse como un sobreviviente que transita por un campo minado que no tiene fin o por una delgada cuerda floja que no cuenta con un extremo al frente.

Mi corrupción y la tuya

A mediados de este mes de junio, y a las puertas de un caluroso verano que siempre deja en suspenso la vida política en España, estalló una bomba cuyo efecto expansivo alcanzó hasta la presidencia del Gobierno. Un informe de la Guardia Civil sobre la intervención telefónica en una investigación por corrupción involucraba al diputado del PSOE y secretario de Organización del partido, Santos Cerdán, en el cobro de comisiones a empresas constructoras a cambio de adjudicaciones de obras públicas. El mismo caso que tiene sometido a proceso al exministro de Fomento de Pedro Sánchez y su exhombre de confianza, José Luis Ábalos.

Ciertamente la corrupción no nació en este gobierno del PSOE. De hecho, Pedro Sánchez llegó a la Moncloa encabezando una moción de censura en contra de Mariano Rajoy, cuando su partido, el PP, fue acusado por la justicia de mantener una estructura ilegal de financiamiento que se alimentaba también de comisiones por adjudicación de obras públicas que luego servían para pagar sobresueldos a sus dirigentes. Hasta hoy, esos dirigentes del PP y el propio Mariano Rajoy nunca han podido identificar a un tal “M. Rajoy” que figuraba en la libreta de pagos irregulares que manejaba el tesorero del partido.

Un poco más atrás, y solo por mencionar algunos ejemplos, destaca el gobierno de José María Aznar, también del PP. Durante su gobierno (1996 – 2004) se produjo una gran expansión del sector inmobiliario, lo que luego alimentó una burbuja catastrófica que abrió las puertas a toda clase de relaciones corruptas con el poder económico. En ese ámbito, la recalificación del suelo con el fin de maximizar los desarrollos urbanísticos fue una de las vías preferentes para financiar las actividades del partido y el bienestar de sus dirigentes.

El caso de Felipe González (1982 a 1996) tampoco es distinto. Durante su largo periodo se repitieron ese tipo de prácticas delictivas, combinadas con abundantes partidas del gasto público que, en la forma de gastos reservados, financiaban, entre otras cosas, las acciones de guerra sucia contra el independentismo vasco de ETA. Los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL), cometieron toda clase de crímenes contra los militantes de la organización, su entorno e incluso personas ajenas por completo al conflicto. Las veces que se le preguntó a Felipe González si conocía a “Mr. X”, como fue denominado el máximo responsable de los GAL, lo negó sin inmutarse, al igual que Mariano Rajoy se exprimiría luego los sesos tratando de saber quién podía ser ese tal M. Rajoy.

Se puede seguir más atrás y llegar a la dictadura franquista, donde las correrías del Caudillo harían palidecer a Pinochet y sus míseros ochenta millones de dólares que acumuló saqueando el patrimonio nacional de los chilenos. La familia Franco resultó mucho más entusiasta en dicha labor: apropió bienes públicos, creó y mantuvo una red clientelar con la oligarquía española y realizó toda clase de tropelías hasta acumular un patrimonio que se estima cercano a los siete mil millones de euros.[1]

La historia de España y la de gran parte de los países del mundo, si no de la totalidad, está plena de esta clase de transgresiones que parecen estar en la base de la gestión del dinero público, y mientras más atrás en la historia se escarba, más esperpénticos resultan algunos casos. A finales del siglo XVI, Juan Pantoja, duque de Lerma, que poseía un gran ascendiente sobre el rey Felipe III, compró importantes extensiones de tierras en Valladolid, localidad que está a doscientos kilómetros al noroeste de Madrid. Acto seguido logró convencer al rey para trasladar la corte del reino hasta dicha localidad. La ganancia inmobiliaria obtenida de sus propiedades súbitamente revalorizadas, la invirtió en comprar buena parte del ahora depreciado territorio de la antigua capital, para, algunos años más tarde, persuadir al rey de que el cambio había sido una mala idea y lo mejor era retornar a Madrid. En fin…, todo un emprendedor.

El hábitat político

La trayectoria de Pedro Sánchez puede ser muchas cosas, pero nunca la historia de un burócrata aburrido. Continuamente se ha visto en medio de situaciones límite y sus cercanos lo retratan como un gran tomador de riesgos. Aunque más bien ha cultivado una notable expertice para realizar huidas hacia adelante. En realidad, a Sánchez hay que entenderlo en el contexto de su hábitat natural que es el PSOE, organización que experimentó una de las metamorfosis más importantes dentro de la izquierda europea durante los años ochenta, y en ello, a Felipe González le cupo un papel protagónico. 

Luego del largo recorrido desde la situación de clandestinidad en el franquismo hasta la elección de González en 1982, el PSOE supo purgar de sus principios fundantes todo rasgo ideológico que lo vinculara al marxismo para abrazar aquellos de la socialdemocracia. El paso siguiente fue transformar su identidad ideológicosocial desde entenderse como un partido político de izquierda con un claro referente social en el mundo de los trabajadores, a autodefinirse como un “partido de Estado”. Un partido que tomó en sus manos la integración de la España posfranquista en una Europa que aún miraba con cierta desconfianza sus nuevos ropajes democráticos. Sin embargo, ese importante logro tenía un precio alto, muy alto: la propia alma del socialismo español. Felipe González llegó al gobierno con una campaña fundada en la modernización del país, y ello suponía la entrada en la UE, pero sin que ello supusiera mantenerse dentro de la OTAN, símbolo de la sumisión de Europa a los dictados de Washington desde la posguerra y a la cual España pertenecía desde el gobierno de Calvo Sotelo en 1982. 

Sin embargo, ambas cosas iban en un solo paquete. Si lo sabía o no el propio González tiene ya escasa relevancia. Lo significativo fue ver al nuevo gobierno socialista convocando a los pocos años a un referéndum sobre la permanencia en la alianza atlántica y al gobierno socialista llamando a votar que sí. ¿Se puede cambiar de opinión en un corto plazo? Es claro que sí. Hacerlo sin despeinarse cuesta un poco más, pero seguramente fue un aprendizaje clave para enfrentar el calvario de justificar la guerra sucia posteriormente. 

Es ese el hábitat político de Pedro Sánchez, y en él aprendió tempranamente a moverse, neutralizando los lastres ideológicos que impiden flotar con la libertad que necesita la “política moderna” desprovista de esas anclas. Más aún en el marco de un bipartidismo que había gozado de muy buena salud hasta hace pocos años.

Una vida en la cuerda floja

El año 2010 Pedro Sánchez arribó al Congreso español en reemplazo de alguien que debió abandonar su plaza. Para las elecciones del 2011 iba en la lista del PSOE, pero no logró ser elegido, aunque el año 2013 otra vacante disponible por la misma razón anterior le permitió retornar al Congreso. Desde allí, realizó una intensa campaña al interior de su partido en la perspectiva de convertirse en el candidato a las elecciones generales de 2015, cosa que logró al recabar un amplio apoyo de la militancia socialista que veía en su juventud un necesario aire de renovación, convirtiéndose en el primer logro de importancia en su carrera política. Hasta ese momento solo había conseguido un cargo como regidor del Ayuntamiento de Madrid.

Sin embargo, el 2015, año de su debut, no resultaría un buen año para el PSOE. La crisis de 2008 que debió gestionar su correligionario Rodríguez Zapatero aplicando la austeridad que dictaba Alemania, tuvo un impacto devastador en el Gobierno. En medio de masivas movilizaciones sociales, nacía el partido “Podemos”, situado ideológicamente a la izquierda del PSOE y de una ya residual Izquierda Unida. Desde allí atacaba a la “casta política” encarnada en el duopolio PP/PSOE. Junto a “Ciudadanos”, que nacía como una derecha liberal, presagiaba un aparente fin para el bipartidismo y, con él, del espíritu de la Transición o del “Régimen del 78” como se le conoce, derivado del pacto constitucional. Las elecciones las ganó el PP y Sánchez no. El problema era que el PP no alcanzaba la mayoría suficiente para formar gobierno. Hay que considerar que España es un régimen parlamentario en que la ciudadanía vota por listas de partidos y según esa votación estos obtienen escaños de diputados, los que luego eligen un presidente del Gobierno. Si alguien consigue mayoría absoluta (176 escaños) es fácil; si no, no.

En ese marco, Sánchez prefirió buscar un acuerdo con Ciudadanos, que había conseguido 40 diputados, antes que con Podemos, que tenía 42, en un ejercicio que mostraría las dotes de equilibrista que le caracterizan. El objetivo del PSOE y sus 90 diputados al aliarse con Ciudadanos era encajonar a las fuerzas progresistas para que con sus votos evitaran la llegada de la derecha a la Moncloa, en una clásica maniobra extorsiva dirigida contra Podemos y que la socialdemocracia ha patentado en el mundo entero. Sin embargo, ello no resultó, y Podemos se mantuvo en su negativa de apoyar a una coalición en que participaba un partido de derecha. 

Frente a tal adversidad, Pedro Sánchez puso toda la carne en la parrilla. No estaba dispuesto a pactar con Podemos, porque el nuevo partido suponía una amenaza existencial para los socialistas, aunque ello habría dado lugar a una coalición claramente de izquierda no vista desde la Segunda República. Antes, bien valía buscar algún tipo de acuerdo con los grupos soberanistas de Catalunya o Euskadi, que en el caso catalán venían mejorando significativamente su representación desde el año 2009. Según fuentes periodísticas, Sánchez se reunió con los catalanes y les manifestó su convicción de que Catalunya tenía derecho a decidir su destino, y que si alcanzaba el Gobierno no utilizaría la represión del Estado contra el independentismo. No es claro si los catalanes le creyeron o no, porque antes de algún acuerdo, trascendieron esos acercamientos y ello provocó la insurrección del socialismo de toros y monarquía, y tras un corto y explosivo interregno, Pedro Sánchez fue defenestrado como líder del partido. Todo mal. Tratar con los soberanistas había sido una huida hacia adelante con un triste final.

Sin embargo, si alguien creía que Pedro había pasado a mejor vida, estaba equivocado. De inmediato se dedicó a tiempo completo a recorrer el país, juntando adhesiones para las primarias del partido a realizarse a principios de 2017. Lo había desbancado una conjura de los llamados “barones” (líderes del PSOE en las comunidades autónomas), pero él volvería en brazos del “pueblo socialista”. Y así lo hizo. Recuperando el liderazgo del PSOE, y sin perder la compostura, guillotinó a aquellos que se habían confabulado en su contra, lo que incluyó el exilio de Josep Borrell, antigua figura más cercana en su época a la izquierda del PSOE (que sí la hay). Peor le fue a Susana Díaz, la dirigente andaluza que acabó sus días políticos en su casa. Borrell, que era más bien una figura incómoda por sus declaraciones desafortunadas, fue destinado a ocupar un cargo irrelevante en la UE (Comisario de RR.II.), cupo que les correspondía a los socialistas españoles. Bueno, convengamos que no era fácil prever que desde allí pudiera acabar azuzando una guerra con Rusia.

Frente a la imposibilidad de formar Gobierno por parte del PP y el PSOE, el camino fue llamar a nuevas elecciones en 2016, donde el PP logró quedarse con la presidencia del Gobierno luego de la abstención de los socialistas. Pero ello fue efímero, ya que los casos de corrupción dejaron al partido muy tocado, al punto que en 2018 una moción de censura encabezada por el propio Pedro Sánchez acabó con el gobierno de M. Rajoy. 

Pero antes de eso, se había producido el hecho que supuso el mayor cataclismo político en España desde la dictadura. Se trató del ascenso del independentismo en Catalunya. La política española, como otras, en condiciones normales se mueve en un continuo que tiene polos de izquierda y derecha. En el modelo bipartidista de la Transición, la izquierda tenía más vocación de Estado que de experimentos más hippies, al tiempo que la derecha, en general, tendía a volcar su conservadurismo furioso en las misas de los domingos. Los días de semana eran bastante normalitos: les agradaban las privatizaciones, el clientelismo con el poder económico y el Real Madrid, pero no eran una horda especialmente fanática. Lo más insurgente que se le escuchó a Aznar como líder de la oposición contra el gobierno socialista en aquellos años, fue: “Váyase Sr. González”.

Sin embargo, existe una variable que hace saltar por los aires esa cierta parsimonia soporífera de las sesiones del Congreso de los Diputados en Madrid: el soberanismo de vascos, gallegos o catalanes. La activación de esa variable en la política española tiene el mismo efecto que alimentar o poner bajo una ducha a un montón de “gremlims” después de medianoche. Ambos polos se transforman, y en cada uno emergen verdaderos cruzados en pos de la unidad de España, lo cual trastoca completamente el eje izquierda – derecha. Así, puede haber socialistas que encajan bien en el sector progresista del partido (que lo hay), como Borrell, pero que no se pierde frente al nacionalismo catalán y se forman junto a VOX y el PP para exigir la mano más dura frente a quienes desean “romper España”. Lo propio ocurre en la otra esquina, donde jóvenes liberales de traje sin corbata, acaban levantando el brazo derecho como si fueran a llamar un taxi.

Enfrentado nuevamente a la conducción del PSOE, le tocó asumir dos desafíos imperiosos: el desafío soberanista en Catalunya y la corrupción rampante del partido del Gobierno, el PP de M. Rajoy. En el primer caso no tuvo grandes problemas en borrar con el codo todas sus convicciones federalistas y de respeto por el derecho a decidir de las naciones; también de reconocerlas como tal, por cierto, entregándose abiertamente a apoyar la política represiva de un Estado PP ultraderechizado frente al independentismo catalán, mediante la aplicación del artículo 155 de la Constitución, que permite intervenir una comunidad autónoma. Cosa inédita.

En el segundo caso, se encontraba igualmente forzado por los hechos. No era solo que los casos de corrupción en el PP estuvieran fuera de todo límite, puesto que, en realidad, esos límites han sido siempre bastante flexibles para ambos lados. El problema es que ahora había nuevos comensales en la mesa que no se cansaban de agitar lo intolerable que significaba para la democracia española el tener gobernando a un partido condenado por corrupción. Una cosa es ser corrupto, pero otra muy distinta es que no solo eso se conozca, sino además que te condenen por ello. Es lo que hacía Podemos dentro y fuera del hemiciclo, en todo horario. Finalmente, y con muy pocas ganas, Pedro Sánchez llevó adelante la moción de censura contra M. Rajoy. 

Pedro presentía que no era una gran idea, puesto que al año siguiente (2019) habría elecciones y el PP igualmente pagaría una elevada factura electoral por los hechos conocidos. En cambio, defenestrar al presidente del Gobierno sería una afrenta que el PP jamás perdonaría, y sabiendo lo que ocurre habitualmente con la tortilla… Pero la contrapartida era que cada minuto que pasaba sin la moción de censura, solo iba en beneficio de Podemos, que desde la primera hora denunciaba la inacción del PSOE frente a M. Rajoy. El caso es que finalmente Pedro, con la moción de censura, se convertía en presidente del Gobierno de España sin haber necesitado de las urnas.

Las elecciones de 2019 mostraron la condición caótica en que se encontraba el sistema político en España. Izquierdas y derechas catalanas se unían en contra de la represión del Estado español, que había encarcelado a la mitad de su Gobierno y exiliado al resto, y se encontraban prestos a vender muy caro cada voto que el españolismo, del color que fuera, quisiera obtener de sus diputados. La derecha, tocada por la corrupción, encontró como tabla de salvación el proceso de independencia en Catalunya, que le permitió salir del foco mediático. Pero se veía obligada a radicalizarse cada vez más siguiendo la estela que dejaba VOX, declarando inaceptable negociar nada con los que querían “romper España”. Por otra parte, en la izquierda, Podemos articulaba un programa de transformaciones en que abundaban esas cosas tan de izquierda como los derechos sociales y un mayor papel para el Estado, y que hace mucho resultaban una rara avis en los programas socialistas. Aun antes de votar y conocer los resultados, se sabía que nadie obtendría la mayoría absoluta, y el juego de las alianzas amenazaba ser un thriller de suspenso. En la campaña, y previendo que la lucha más encarnizada estaría en la izquierda con Podemos, Sánchez afirmó, frente a una alternativa de coalición, que “no podría dormir tranquilo sabiendo que Podemos está en el Gobierno de España”, tratando de congraciarse con un electorado de centro-derecha que se sabía sin esperanzas de ganar.

El PSOE sacó una distancia considerable al PP, pero muy lejos de la mayoría absoluta (120/176). El caso es que Pedro necesitaba ahora no solo a Podemos o los independentistas para lograr ser investido presidente. Necesitaba a Podemos y los independentistas, e incluso los votos que ellos pudieran arrastrar. Haciendo toda clase de equilibrios y desconociendo lo señalado el día anterior, finalmente logró su objetivo. 

Debió formar una coalición con Podemos, llevarle al gabinete de ministros e incorporar un conjunto de propuestas de sus nuevos socios en su plan de Gobierno, todo lo cual supuso una serie de logros en materia social que se acompañaron de notables resultados económicos de crecimiento, empleo y mejoras salariales. Frente al independentismo, se comprometió con una amnistía general que liberara al Gobierno catalán de la cárcel y el exilio, un conjunto de aspectos que mejoraban la situación de Catalunya y Euskadi, ampliando las competencias de los Gobiernos autonómicos. Con dificultades, y a su manera, Sánchez fue cumpliendo algunos de sus compromisos, con lo cual alcanzó cierta estabilidad, pero buena parte de sus promesas quedaron entrampadas en las redes del Deepstate, del que forma parte el Poder Judicial, pero eso…, ya no era su culpa. Así, tempranamente comenzó a preparar el divorcio de ese incómodo conviviente en la Moncloa que le tenía la oreja izquierda con una grave inflamación. En la otra esquina, la derecha derrotada por las dotes del funambulista, lamía sus heridas mientras denunciaba la felonía de los pactos del PSOE con los enemigos de España. 

Impulsado por conflictos internos y, según algunos analistas cercanos a Podemos, con no poca intervención socialista, se produjo una fractura en Podemos, y el PSOE aprovechó la coyuntura apostando por fortalecer al sector que le era más cercano ideológicamente y más cómodo para estar en el Consejo de ministros, prescindiendo de las figuras principales de Podemos. En el periodo anterior hubo de bregar con la pandemia y con la subsecuente crisis mundial, pero con una gestión eficiente, la economía española logró sortear relativamente bien la inédita coyuntura en el contexto de los países de la UE.

El año 2023, nuevamente el PP lograba ganar las elecciones, creciendo significativamente en escaños, pero los malos resultados de VOX acabaron alejándolos de la Moncloa, otra vez. Ciertamente Sánchez había resistido, pero extender su ocupación en la Casa de Gobierno no era solo producto de que el PP no obtuviera suficientes votos. Se trató de un ejercicio de orfebrería a la hora de tejer alianzas, mezclando las ofertas de trajes a medida para partidos chicos, promesas de todo tipo que siempre se pueden interpretar a la hora de hacerlas efectivas, y toda clase de   equilibrios propios de un funambulista consumado. Eso no lo puede hacer el PP: su techo de alianzas alcanza hasta VOX y un diputado navarro generalmente muy extraviado.

No es claro que Pedro Sánchez pueda terminar su periodo legislativo en 2027. Existe el hecho de que la derecha PP/VOX no tiene los votos para una moción de censura que los llevara a reemplazar a Sánchez. Sin embargo, los apoyos que le permitieron la investidura están exigiendo más explicaciones por el último capítulo de una serie con demasiadas temporadas. 

Cada día que pasa crece la necesidad de separar aguas con el PSOE por parte de los otros partidos del arco político, pero no es claro que estuvieran disponibles para apoyar una moción de censura encabezada por la ultraderecha. Saber eso supone un cierto alivio para el Gobierno. Sin embargo, el PSOE también sabe que mantener una mínima agenda legislativa hasta el 2027, podría implicar pagar un precio político exorbitante por cada voto. Eso, más que la presión de la ultraderecha, podría llevarlos a adelantar las elecciones. 

¿Sobrevivirá nuevamente el funambulista hasta poner un pie en su meta inmediata, que es el 2027? Eso es demasiado tiempo para cualquier análisis político. Pero si lo hiciera, no sería raro que hubiera Pedro Sánchez para otro rato. Si no es el caso, y debe llamar a elecciones anticipadas, no es claro que se pueda formar un gobierno PP/VOX. Los soberanismos en el Parlamento español preferirían pactar con Sánchez, a un precio que los acercara más a sus metas de independencia, lo cual provoca una desagradable y peligrosa arritmia en la derecha socialista. Pero para Pedro Sánchez todo eso sería un problema para abordar otro día.


«He visto suspenso en el camino del aire un hombre que tenía la planta del pie más ancha que la senda por donde iba».

Claude Saumaise


[1] Sánchez Soler, Mariano (2003) “Los Francos S.A.” Ed. Oberon. Madrid, España.

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