Presagio
Termino de escribir estas líneas en los momentos en que el gobierno decreta el estado de emergencia en Lima y Callao. La medida tiene un objeto declarado y otro oculto. El primero dar una señal pública de que el Estado está dispuesto a enfrentar con contundencia y resolución a la delincuencia. El segundo aprovechar la limitación de garantías individuales y sociales que la medida entraña, para impedir que el pueblo se manifieste y termine siendo el verdadero protagonista de las soluciones a la grave crisis política y social en que se encuentra Perú. Podemos adelantar que el gobierno no conseguirá ni lo uno ni lo otro: Porque el pueblo ve al congreso de los delincuentes no como la solución sino el problema. Ahí están los fundamentos de la degradación institucional y la complicidad con el crimen organizado. Tampoco conseguirá acallar el descontento y la rebeldía, porque ya es tarde. Pero, con policías apoyados por el ejército en las calles, hago mis votos más sinceros para que esto no acabe en tragedia.
Presiento, sin embargo, que acabará mal.
Si este es el presagio de un derrumbe, lo que sigue es su contexto.

Acostumbrados a sacar presidentes y poner al que le venga en gana el parlamento peruano eligió a José Enrique Jerí Oré de prisa y corriendo.
No solo fue la crónica de una muerte anunciada. Era también una paradoja: No solo la ilegitimidad de su origen hacía posible que Boluarte ostentara la banda presidencial sino la condición de no serlo. La presidenta lo era porque no gobernaba. Y el parlamento le soltó los frágiles apoyos que la sostenían en el mismo momento en que dejó de serles útil. Acaso por eso, el gobierno nació desde la mentira que se encerraba en la declaración hecha por la mandataria que prometió que convocar a elecciones en el plazo de seis meses y la accidentada bitácora de vuelo de su gestión, que incluyó de todo y casi todo muy poco decoroso: el rolexgate, dudosas transferencias millonarias al gobernador regional de Ayacucho donde estaba su generoso wayki Wilfredo Oscorima, el escandaloso ausentismo de su cargo para realizarse onerosas cirugías plásticas. Pero, lo más significativo fue y, que, sin duda, la perseguirá en el futuro, su responsabilidad política y penal por los más de 49 homicidios y 937 heridos -que incluyen niños- por la represión de manifestantes en las protestas de 2022 y 2023.
Impresentable y cobarde Dina Boluarte ni siquiera concurrió a dar la cara cuando el congreso discutía y votaba su destitución mediante el mecanismo de la vacancia. Ese mismo mecanismo que en los últimos 24 años ha llevado a Perú a tener 11 presidentes.

Finalmente, en la madrugada del 9 de octubre del 2025 y con 122 votos a favor, se aprobaron las cuatro mociones presentadas por varias bancadas parlamentarias invocando actos de corrupción, abandono del cargo, uso irregular de viajes oficiales, omisión de actos para enfrentar la inseguridad ciudadana, y otros. El congreso declaró la permanente incapacidad moral de la mandataria y en su virtud la destituyó con duras palabras de algunos parlamentarios: No debe quedarse ni un minuto más en el gobierno. Que no haya venido a defenderse demuestra su incapacidad de enfrentar sus propios actos, dijo el congresista Guillermo Bermejo, durante su intervención.
Dina se fue como había entrado, sin pena ni gloria y en deuda política y moral con todos.
Sin embargo, y cuando parecía que los peruanos se habían acostumbrado a que el parlamento cambiara de presidentes como de camisa, las cosas, esta vez, parecieron no ser tan sencillas ni la naturalización de la degradación del sistema político presidencialista tan aceptada.
Declarada la destitución de la presidenta, había que acordar, su reemplazo: el elegido fue el congresista José Jerí Oré del partido Somos Perú, un político, hasta ahora, completamente desconocido para la mayoría de los peruanos, de 38 años. Su derrotero político es el de un funcionario trepador: empieza realizando asesorías hasta ser considerado por sus pares como apto para postular al congreso. En el año 2021 postula por un escaño y fracasa en el intento. Obtiene escasos 11.000 votos. El que si fue elegido fue Martín Viscarra, que merced a su prestigio y popularidad de entonces, permitió que ese partido llegase al parlamento. El resto es conocido: Martín Viscarra fue inhabilitado judicialmente para ocupar cargos públicos y por eso José Jerí Oré se convirtió así en un parlamentario accesitario; modo de señalar que un parlamentario accede no por el voto popular sino por la incapacidad legal del diputado titular que le deja su puesto. O sea, la calidad parlamentaria la obtuvo en la lotería sustitutiva. Para que engañarse.
Por eso, la sustitución en la presidencia produjo un amplio rechazo por parte de la ciudadanía no por haber sacado a la presidenta que ya no tenía respaldo alguno sino por la forma sediciosa en que el parlamento de los delincuentes ejerció el poder con desprecio a la ciudadanía.

Recordemos que al presidente José Pedro Castillo también lo sacaron con malas artes y, además, lo encarcelaron hasta hoy, so pretexto de un golpe de estado que nadie ha visto hasta hoy.
Entretanto la percepción de la gente es que la salida de la Boluarte más que un alivio era la crónica de una muerte anunciada. La opinión pública harta de sandeces y de declaraciones estúpidas ha trasladado su malestar con Dina, al Congreso; que actuaba no solo como su fiador sino más bien su dueño. Y esto no solo por el hartazgo de ser representados por presidentes ilegítimos, sino porque ahora los congresistas ya no pusieron un presidente títere, sino que decidieron gobernar directamente al ejecutivo. Por eso, no cambiaron la mesa del Congreso y elegiendo a su presidente casi sin debate ni condiciones.
Jerí sigue siendo un mar de dudas: ¿Dónde están sus apoyos políticos? ¿tiene un plan? ¿Qué hará hasta las elecciones del próximo año? Lo que sí se sabe es que tiene malos antecedentes en sus comportamientos ético privados: ha enfrentado una acusación grave de violación sexual en el contexto de una fiesta de Año Nuevo, en Canta, al Noroeste de Lima, en una casa de campo. Jerí negó todos los cargos, pero un juzgado impuso medidas de protección para la denunciante, ordenando un tratamiento psicológico por impulsividad y conducta sexual patológica. El acusado incumplió la orden por lo que la fiscal del caso procedió a incoar un proceso por desobediencia a la autoridad. Finalmente, y en un cuestionado fallo, el fiscal Tomás Gálvez Villegas ordenó archivar la denuncia por falta de evidencias. A estas denuncias se suman otras por corrupción cuando dirigía la comisión de Presupuesto.

Sus primeras actuaciones son erráticas y, lo que es peor, siguen la tendencia represiva de los anteriores mandatarios: La muerte de Eduardo Ruiz el 15 de octubre, de un joven músico que participaba en una manifestación en contra del presidente recién nombrado, por arma de fuego perteneciente a la policía peruana, vino a crispar aún más una situación crispada, en medio de las declaraciones contradictorias del gobierno. Porque, aunque ya está identificado el autor del disparo, el suboficial de la policía Luis Magallanes son contradictorias las versiones sobre lo sucedido: Mientras el gobierno insiste en que se trató de un acto de defensa propia por parte de un funcionario policial rodeado y atacado por manifestantes, entre ellos, el joven fallecido; se desarrolla un fuerte cuestionamiento de la formación, capacidades y profesionalismo de la Policía del Perú.
En ese errático actuar de este improvisado presidente junto con declarar haber recibido el país con demandas desatendidas, llamando al diálogo y la unidad de la nación, nada muy novedoso, señala a los manifestantes un grupo minoritario que intenta generar el caos, menos novedoso aún.

Refugiado en el marketing para restaurar su marchitada imagen, se saca fotos en cárceles, con presos arrodillados en el suelo, con sus manos en la cabeza, al más puro estilo Bukele. Pero pocos le creen a este presidente de prestado que intenta subirse por las olas agitadas de la legítima insatisfacción por la inseguridad que la ciudadanía percibe, azotada como está por las extorciones, el sicariato, y los secuestros, que en el último tiempo ha afectado principalmente a los transportistas. Porque, ¿cómo creerle a ese mandatario que no tuvo remilgos en apoyar todos los proyectos de leyes que favorecían a los delincuentes?
Es difícil predecir el momento y lugar de un estallido social. También en el Perú. Pero como en otros lugares y países, cuando el malestar social se acumula, y las poblaciones empiezan a desconfiar sistemáticamente de sus instituciones, carcomidas por la corrupción y la venalidad de sus autoridades, se van creando condiciones para que se produzca.
Hasta ahora, el pueblo peruano, históricamente resignado, ha empezado a levantarse, en medio de amplios movimientos sociales que han agrupado a sectores tan diversos como los estudiantes, transportistas, trabajadores, profesores, y sobre todo pobladores en localidades tan distantes como Arequipa y Ayacucho. En las últimas semanas han aparecido también mujeres, como las que se manifestaron recientemente, frente al congreso, realizando la performance del grupo feminista chileno El violador eres tú.

No es una casualidad que el nuevo presidente interino haya sido recibido con una gran protesta este 15 de octubre por diversos colectivos juveniles y sociales en diversos puntos del centro de Lima. El enfrentamiento con la policía que se produjo frente al Congreso tuvo el trágico resultado del fallecimiento de Eduardo Ruiz, como se ha dicho, tras recibir varios disparos.
Es la repetición de un guion demasiado conocido, en un ambiente político que se calienta en medio de las protestas que solo en este año muestra un malestar creciente de la sociedad peruana, como se puede observar de un ligero recuento de los últimos dos meses: el pasado 15 de septiembre se produjeron marchas en el centro histórico de Lima. El 16 de septiembre se convocaron manifestaciones para el día 20 de septiembre cuando se publicó la ley del octavo retiro de los aportes de AFP. Las manifestaciones se extendieron a todo el país. Hubo duros enfrentamientos con la policía. Parte del frontis del edificio de la Fiscalía es quemado. Se bloquearon la Avenida Abancay. El 21 de septiembre, en la segunda jornada de las protestas, un fotoperiodista del diario Wanka fue herido por un impacto de bala y varios manifestantes resultaron heridos en la avenida Grau. Se unen a las manifestaciones estudiantes de la Universidad Mayor de San Marcos. A las 21:00 la policía ataca a los manifestantes que se encuentran en el Real Plaza del Centro Cívico. Dos días más tarde, el 23 de septiembre, una planta de procesamientos de minerales de Hudbay debe cerrar temporalmente debido a protestas que implicaron bloqueos de rutas. El 27 de septiembre cientos de manifestantes compuestos por jóvenes y transportistas se dirigen al Congreso enfrentándose a la policía. Hay detenidos y un policía herido por quemaduras de una mólotov. El 28 de septiembre hay concentraciones en la Plaza San Martín de Lima compuesto principalmente por transportistas, mientras un grupo de estudiantes se manifiestan en el Parque Universitario. Ese día la policía agrede brutalmente a un adulto mayor lo que provoca las protestas, entre otros del Cardenal Carlos Castillo, que declaró: aquí no hay terroristas, hay personas con dignidad.

Ese mismo día se registraron enfrentamientos entre manifestantes y la policía en la zona de la Plaza de Toros de Acho. El 2 de octubre la policía detuvo a 17 personas en una marcha contra la inseguridad en Lima, manifestación convocada por los transportistas. El 4 de octubre los jóvenes del denominado colectivo generación Z y algunos gremios de emprendedores, se juntan en el Cercado de Lima. La manifestación contó con el apoyo del cardenal Carlos Castillo Mattasoglio. El 5 de octubre hay protestas en la Plaza de Armas de la ciudad de Moquegua. El 6 de octubre en conjunto con los gremios de transportistas se convoca a una protesta tras el asesinato de un chofer de autobuses de Lima. En la madrugada se expresaron en un apagón de motores, llevando a varios establecimientos a cambiar a clases virtuales. Los graves enfrentamientos hicieron que el Metropolitano suspendiese sus servicios. Hay varios heridos y detenidos. Finalmente, y horas antes que la presidenta Dina Boluarte fuese destituida de su cargo, un grupo de manifestantes se reunieron alrededor de la residencia de la expresidenta en Surquilloy la embajada de Ecuador en Perú, para impedir que se fugara del país.
En este contexto y más allá de cualquiera especulación teórica es claro que el pueblo está no solo descontento con el actuar ineficiente de las autoridades y la complicidad con las mafias, por lo que no en vano el periodismo independiente moteja a los congresistas como el parlamento de los delincuentes. Es más que eso. La última manifestación muestra que el pueblo peruano está harto de la expropiación de su soberanía, como quiera que, siendo un sistema constitucional con forma de gobierno presidencialista, en la práctica se comporta como un régimen parlamentario pues, con el sistema de vacancia, sustituyen al presidente por un vicioso mecanismo de destitución política mal disfrazado de destitución penal. El uso abusivo de ese mecanismo por parte del congreso tiene varios inconvenientes, siendo el peor, sin duda, que el pueblo vota, elige, decide, por presidentes que no gobiernan y son representados, finalmente, por presidentes que el pueblo no ha elegido y ni siquiera conoce. Hay consenso que la fronda parlamentaria tiene que acabar, aunque hay también convicción que la atomización de partidos ha favorecido hasta ahora, el contubernio, el clientelismo y la sedición. Mala mezcla.
Y este es, en mi opinión, el caldo de cultivo de cualquier levantamiento social: el pueblo empieza a tomar conciencia que la salida está más allá de las insatisfacciones específicas derivadas de un sistema injusto. Cada vez, los peruanos entienden con mayor claridad que necesitan una salida política. Porque cuando el estado fallido empieza a percibirse como una fatalidad inmanente de la realidad objetiva, el pueblo empieza a cultivar dos ingredientes que son como la mecha y la pólvora: el sueño colectivo de liberarse de un estado de opresión y el espíritu de rebeldía que es su alimento. A partir de allí todo es posible.
Si habrá estallido social en el Perú, es algo que Dios no ha revelado a los hombres todavía, pero cuando el río suena es porque piedras trae…